Dominio público

Sin pedir permiso

Mónica García

Portavoz de Más Madrid

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, presenta la reunificación de tarifas de transporte público para 129 municipios de la región, en un acto celebrado este sábado en la Real Casa de Correos.- EFE/Fernando Alvarado

De un tiempo a esta parte parece que en algunas coordenadas de la discusión política pública se ha renunciado al debate argumentado, serio y riguroso. Una renuncia que supone un deterioro del clima político, del nivel parlamentario y de la propia esfera pública.

Cuando se rechaza el intercambio de ideas honesto, la contraposición de modelos sociales y la discusión sosegada se pervierte la política. Cuando eso, además, lo hace un gobierno, como es el caso de la Comunidad de Madrid, se pone en juego la base misma de la democracia. Lo que debería ser un desempeño honrado al servicio del bien común se corrompe y se transforma en una actividad alejada de la cotidianeidad de nuestros vecinos y vecinas, una especie de carril paralelo donde existen una serie de monólogos cruzados que nadie parece prestar atención y que deja de dar respuesta a los problemas de la ciudadanía. Es en esa escalada de decibelios donde quienes odian la política, la honrada y con vocación de servicio público, se hacen fuertes y se frotan las manos.

En ese contexto debemos entender la decisión de la presidenta de la Comunidad de Madrid de pasar a engrosar las filas de los que deciden traspasar todos los límites e instalarse en el insulto personal, el bulo y la descalificación con nombres y apellidos. Una decisión consciente y fruto de un cálculo político, cuyas consecuencias pasan, además de por el envilecimiento del ambiente político y fanatización de quienes siguen al otro lado de la pantalla, por el cuestionamiento hasta el ridículo de la legitimidad de quienes plantamos cara y proponemos otra política y otras políticas.

Les reconozco que pensaba que, tras recibir ataques directos de la propia Isabel Díaz Ayuso sobre mi manera de vestir, de bailar, de alimentarme, de desarrollar mi vocación profesional o incluso de sonreír,  habíamos tocado techo. Sin embargo, parece que solo es el pistoletazo de salida para poner a funcionar la máquina de odio. No hay que ser un lince para unir los puntos que van desde sus contestaciones en el pleno de la Asamblea de Madrid, donde sin dignarse a mirarme a la cara, pone el foco en dónde vivo, al acoso sistemático en redes a través de bots y amenazas para terminar con una reportera de un medio de comunicación -siendo generosas con la definición- buscando mi portal para tocarle el timbre a mis vecinos para preguntarles qué les parece que viva ahí. No quiero pensar que el objetivo de todo esto sea el hostigamiento al adversario político, pero, a veces, incluso mi optimismo se agota.

Creo firmemente que merecemos algo mejor. No podemos permitir que con sus malas artes expulsen del debate público a quienes no estamos dispuestos a entrar en su barrizal. Es precisamente lo que pretenden, que nos autoexcluyamos. Buscan generar tal sensación de desafección e incomodidad que acaben quedándose solos. Pretenden que nos lo pensemos dos veces antes de hacer frente a sus desmanes por si nos orquestan la enésima campaña de acoso, que dudemos si denunciar sus chanchullos por sí pondrán en el foco a nuestros familiares y amigos o que nos echemos atrás antes de ofrecer una propuesta de futuro por si molestamos algún interés privado. Pero se equivocan si creen que lo van a conseguir.

A la derecha que intenta marcarnos el paso, que pretende que pidamos disculpas por hacer política o que nos avergoncemos de quiénes somos, le respondo sin temor alguno: os habéis equivocado. ¿Acaso vais a decirnos cómo tenemos que vestir para defender la sanidad pública? ¿O dónde tenemos que vivir para defender la educación pública? ¿O qué profesión debemos tener para querer respirar un aire no contaminado? Nadie va a decirnos si podemos hacer política, nadie nos va a atrapar en sus caricaturas, nadie nos va a obligar a encajar en sus esquemas.

Creo en la capacidad transformadora de la política, creo en la política como una de las formas más bellas de resolver nuestros problemas y avanzar hacia un mundo más justo. Estoy decidida a hacer política, a hacer buena política, y voy a hacerla sin pedir permiso.