Dominio público

Lucrecia y Carlos

Manifestación en recuerdo a Carlos Palomino celebrada en Madrid

Pasan las nueve de la noche y cientos de personas guardan silencio ante la estación de metro de Legazpi, en Madrid. Tan solo se oye el sonido de una enorme bandera ondeando con el rostro de un joven dibujado y que alguien agita perfectamente, mientras el resto permanece inmóvil. El silencio se rompe de repente al grito de ‘¡Carlos vive, la lucha sigue!’. Allí mismo, hace ahora catorce años, era asesinado de una cuchillada en el corazón Carlos Javier Palomino, un joven vallecano de 16 años que se dirigía a protestar contra una manifestación racista. Sus amigos salen cada 11 de noviembre a recordarlo. Depositan flores y colocan una placa en su memoria. El asesino, un militar profesional, se dirigía a un acto convocado por un partido neonazi en el barrio de Usera, donde residen numerosas personas migrantes, y coincidió en el metro con varios jóvenes antifascistas que acudían a protestar contra esta provocación racista. Al primero que se le acercó, le clavó una navaja en el pecho. A sus amigos que intentaron defenderlo, los intentó apuñalar también, hiriendo gravemente a dos de ellos.

Carlos acababa de nacer cuando mataron a Lucrecia. Fue también en noviembre, quince años antes, a pocos días del 20N, la fecha fetiche de los fascistas españoles que recuerdan las muertes de Franco y Primo de Rivera. Aquel noviembre de 1992, un comando neonazi liderado por un Guardia Civil quiso celebrar la efeméride matando, y lo hizo disparando contra un grupo de personas migrantes y pobres que vivían en una discoteca abandonada de Aravaca. Lucrecia tenía 32 años y trabajaba de empleada doméstica. Sobrevivía como podía, y aquella noche, a la luz de las velas, el comando neonazi la mataría, dejando huérfana a una niña, la hija de Lucrecia.

Tan solo dos días separan en el calendario ambos tristes aniversarios. Carlos fue asesinado el día 11. Lucrecia, el 13. Por eso, el mes de noviembre, Madrid siempre sabe agridulce. Se mezcla el recuerdo triste y la rabia con la esperanza de ver tantos años después a miles de personas recordándolos. A Lucrecia también la recordaban este fin de semana en una manifestación antirracista que recorrió el centro de Madrid. La marcha denunciaba el racismo institucional, los cada vez más normalizados discursos de odio racistas y recordaba a otras víctimas recientes del racismo como Younes Bilal en Mazarrón (Murcia), el hombre marroquí asesinado a tiros el pasado mes de junio por motivos racistas. Pero no es el único de estos últimos 30 años. La lista de los asesinatos por motivos racistas que pudimos documentar el compañero David Bou y yo desde los 90 hasta hoy se puede consultar en el proyecto crimenesdeodio.info donde hay más de un centenar de casos por diferentes motivos de odio, además del racismo: homofobia, transfobia, aporofobia y otras manifestaciones de intolerancia. Y no todos cometidos por neonazis. Este odio que hoy muchos han aceptado como una opinión respetable más en democracia, e incluso llegan a equipararla con quienes lo combaten.

A estas alturas, tras años reivindicando la necesidad de combatir los discursos y los crímenes de odio, nos encontramos ante una macabra distopía en este terreno. Lo que la sociedad reclamaba ante estos crímenes y contra quienes nutrían ideológicamente a estos criminales fue siempre una implicación efectiva de las instituciones para no banalizar estos hechos y que legislase para proteger a los colectivos que más sufrían la acción de los intolerantes. Como ya se hizo con la Ley contra la Violencia Machista, quisimos una legislación de delitos de odio que corrigiese esas desigualdades estructurales y protegiese a las víctimas, pero nos la sirvieron con recargo. Incluyendo a los nazis como colectivos vulnerables, y acusando a activistas LGTBI, antirracistas y antifascistas de delito de odio por defenderse y enfrentarse a quienes odian a todos.

Invertir el delito de odio y aplicarlo a quienes lo combaten es precisamente lo que reclama la ultraderecha en la Ley de Violencia de Género: quitarle el adjetivo de machista a la violencia y substituirlo por ‘intrafamiliar’. Así, se difumina cualquier problema estructural y todo pasa a ser ‘violencia’ a secas. Y si no hay problema de machismo, no hay ninguna necesidad de legislar para corregirlo. Lo mismo está pasando hoy con la legislación de delitos de odio.

La conexión entre Lucrecia y Carlos, pese a la distancia y las diferencias, es ineludible. A ambos los mataron unos neonazis. A ella por ser migrante y pobre. A él por defender a personas como ella, contra quienes los neonazis dirigían sus campañas. Esta semana vimos una gran movilización antirracista en Madrid que la recordaba, y que nos recordaba a los demás que el racismo no es solo la bala de un neonazi o el exabrupto de un cuñado, sino que está bien inserto en nuestra estructura social como lo está también el machismo. Y que no es cosa de quien lo sufre, sino que debe arrancar un compromiso social de cualquiera que de verdad crea en los derechos humanos.

El recuerdo de estos tristes crímenes no ha sido un simple llanto. Más allá de la pérdida humana, estos sucesos demuestran no solo la vigencia del racismo y de la intolerancia y su capacidad y su intención de hacer daño, sino la indolencia y la mala praxis institucional en la lucha contra el odio. Este mismo año en que mataban a Younes y a Samuel, un grupo de neonazis se paseaba por Chueca al grito de ‘¡Fuera sidosos de Madrid!’ y esta semana, recibiremos a varios fascistas europeos que participarán en los actos convocados por la ultraderecha española en honor al dictador Francisco Franco y a José Antonio Primo de Rivera.

Sólo hace falta echar un ojo a cómo anda hoy el patio de revuelto, y cómo aquello que cacareaban los cuatro rapados en los 90, se dice hoy en sede parlamentaria y en prime time en televisión con absoluta normalidad. No pidan entonces desde sus cómodos sofás que quienes perdieron a un amigo, a una hermana o quienes se indignen por todo esto, permanezcan sentados viendo como todo va a peor. No tengan la cara tan dura. Y si al menos no son capaces de acompañarlos tras las pancartas, no insulte la memoria de los muertos atacando a quienes los recuerdan y demuestran que solo se tienen los unos a los otros, que las instituciones no han estado a la altura, y que más que probablemente, nunca quisieron estarlo.

"Porque esta lucha es por la vida", decía el comunicado que se leyó para concluir el homenaje a Carlos. Algunos por supervivencia. Otros, por no querer regalarle a nadie su destino. Ni al que te odia, ni al que te dice representar. "Solo nos tenemos las unas a las otras, y solo la solidaridad con nuestra gente, la organización, la conciencia y la lucha nos puede salvar. No podemos permitirnos el desánimo ni el miedo, porque juntas somos imparables", concluía el comunicado. Pensemos qué tipo de sociedad tenemos, que deja solos a quienes luchan por erradicar el odio.