Dominio público

En el mundo ideal, la gente como Fran cuelga de una grúa

Miquel Ramos

Varias personas durante una concentración convocada por colectivos LGTBI+ de Madrid para denunciar las agresiones que sufre el colectivo, en la Puerta del Sol, a 11 de septiembre de 2021, en Madrid (España).- Alejandro Martínez Vélez / Europa Press

Siete años ha tenido que esperar Fran Pardo para ver sentado ante un juez a uno de los neonazis que lo amenazó de muerte cuando era menor de edad. Solo uno, pues la policía dice que no ha podido encontrar al resto, una veintena, que desde Twitter se dedicaron a insultarle y a amenazarle de muerte durante años por ser gay, con mensajes como el título de este artículo. Esperó a tener 18 años para denunciar y contárselo a sus padres, a quienes no quería preocupar a pesar del miedo que pasó ante las reiteradas amenazas.

Esta semana, el único de los neonazis que amenazaba a Fran que la policía dice que pudo identificar, fue condenado a nueve meses de prisión, al pago de una multa de 1.000€ y a realizar un curso de Derechos Humanos para eludir la cárcel. La pena, aunque puede parecer insuficiente, es de las primeras que considera en unas amenazas el agravante de motivación ideológica por orientación sexual, al menos en València. Lo que resulta obvio para cualquiera, no lo es sin embargo para algunos, que en muchas ocasiones han dudado a la hora de considerar la existencia del prejuicio a pesar de los numerosos indicios. Como que te llamen maricón de mierda mientras te matan de una paliza, por ejemplo.

Un año después de denunciar las amenazas de muerte, en 2016, Fran y su pareja fueron víctima de una agresión neonazi después de la tradicional manifestación valencianista del 9 d’Octubre. Se dirigían hacia su coche cuando fueron asaltados por un grupo de varias personas que, como ocurría siempre que se manifiesta la izquierda y el valencianismo, merodeaban por los alrededores en busca de presas fáciles. Fran, que acababa de cumplir la mayoría de edad, denunció los hechos en comisaría, pero cuenta que los agentes que le atendieron no se tomaron muy en serio los hechos, e incluso le preguntaban insistentemente cómo sabía que eran neonazis. Cualquiera que haya asistido a las manifestaciones del 9 d’Octubre en València (y también la policía) sabe lo que pasa con estos grupos de cobardes que apalean entre diez a una o dos personas que van solas. Es como un rito. Una costumbre que ya vivieron nuestros padres y madres desde la Transición, y que, desde hace pocos años, se ha logrado parar concienciando a los manifestantes de que nunca vuelvan solos y organizando grupos de autodefensa.

Se podría pensar que la agresión de 2016 tenía relación con las amenazas, pero no hay ninguna prueba de ello. Tampoco lo sabremos nunca, pues el caso quedó en nada. Y los agresores, impunes. Y eso que la zona, la misma Alameda de València, está plagada de cámaras. Sin embargo, muchos de los perfiles que amenazaron a Fran y que la policía "no logró" identificar, siguen activos. Es curioso que se haya detenido tuiteros con seudónimo por insultar a la monarquía o a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, y cuando amenazan a un menor de edad por su orientación sexual, cueste tanto. Ayer mismo, Fran me pasó los perfiles de quienes le amenazaron, y que hoy todavía siguen activos.

A Fran no le quita el sueño ya nada de esto. Si los ultraderechistas pretendían amedrentarlo, no lo consiguieron. Nunca se ha escondido, da la cara siempre, y es un militante convencido. De hecho, él sí que ha sido identificado y multado. Pero por protestar contra el bus con mensajes tránsfobos que una organización ultraderechista paseó por todo el país en 2017. Le cascaron 700€ de multa con la Ley Mordaza. En 2019, de nuevo, Fran sería denunciado por esta misma organización por protestar también contra el odio machista que difundía un nuevo bus que lucía el rostro de Hitler y acusaba a las feministas de nazis. Esta vez fue denunciado por delito de odio junto a dos activistas feministas, pero finalmente, tan solo serían condenadas por daños por haber desgarrado parte del vinilo que decoraba el vehículo.

Fran tiene un entorno que lo ha apoyado y que lo ha cuidado siempre. Tiene visibilidad en redes y sabe manejarse con los medios. Pero no es lo habitual. A lo largo de estos años, quienes hemos estado cerca de víctimas de agresiones motivadas por el odio racista, homófobo o de cualquier tipo, sabemos que el miedo, las dudas y la falta de confianza en las instituciones es lo normal. Muchas de estas ni siquiera llegan a denunciar. Una vez, una mujer nigeriana me dijo que ‘entendía’ que hubiera gente que actuara agresivamente contra ella por ser migrante, y asumía que era el precio que tenía que pagar por haber llegado aquí. Hasta este punto hemos llegado en que las propias víctimas creen merecer lo que les pasa o absuelven a sus agresores. Esto no es sino la normalización del discurso de odio, la asunción de la subalternidad que cala a veces de manera cruel incluso en quienes lo sufren.

Tras el juicio de esta semana contra uno de los neonazis que lo amenazó, Fran trató de explicar en sus redes la importancia de las denuncias como la suya. No fue tan solo una decisión para protegerse dijo, sino para visibilizar el odio ultraderechista y homófobo, y tratar de batallar en los juzgados para parar su impunidad. Porque quien amenaza a alguien por ser gay, lo hace en realidad contra todos. Como quien ataca un local feminista, un centro social o a una persona migrante, lanza un mensaje a toda la comunidad. Esa es la clave del delito de odio. No hace falta conocer a la víctima de nada. Al agresor le vale con lo que es. Y este es el peligro del discurso de odio, que es muy fácil y gratuito lanzarlo sin personalizar, pero luego son personas reales quienes sufren la materialización de ese odio en forma de agresión.

Esta vez, tan solo pagó uno de los más de veinte neonazis que amenazaron al joven valenciano con pegarle un tiro, darle una paliza o apuñalarlo. El otro señor que se sentó como acusado aquel día era el padre de otro presunto neonazi, a cuyo nombre estaba la titularidad de la línea desde la que se conectó presuntamente su hijo para amenazar desde sus redes a Fran. Este no dio la cara. Dejó que su padre se comiera el marrón. La Fiscalía pidió que se investigara.

Fran ha hablado por mucha gente que no puede hacerlo por miedo, por sus circunstancias personales o simplemente porque no confía en las instituciones. No es fácil enfrentarse en un juicio a quienes llaman a asesinarte, o a quienes lo intentaron, y por eso, la decisión de la víctima siempre se debe respetar. Esto no significa que no sea importante denunciar, a pesar de todo. Pero mucho más importante es empujar a las instituciones para que se tomen en serio los discursos y los grupos de odio. Esta vez, aunque solo sea a uno de los que amenazaron, ha habido suerte, pero ni es habitual ni debemos acostumbrarnos a que lo sea. Y mucho menos dejar a las víctimas solas ante cualquier insulto, cualquier amenaza o cualquier ataque.