Dominio público

Benidorm Fest o los límites de la democracia

Elizabeth Duval

Momento de la votación del jurado en el Benidorm Fest.- RTVE

Aclaraciones preliminares. No me interesa meterme con Chanel, que era una de mis opciones favoritas, aunque yo fuera con Rigoberta Bandini; lo que percibo en el ambiente es que el Benidorm Fest, concurso patrio para escoger nuestro representante eurovisivo, se ha convertido de golpe en un debate de Estado, en el que se implican tanto formaciones políticas como sindicatos, guerreando tras los resultados como si las placas tectónicas de nuestra vida política les fueran en ello. Decía en Twitter el editor Santiago Gerchunoff que Zizek ya escribió una novela río, dos guiones para películas, cinco libros de relatos y un diccionario etimológico sobre el veredicto del Benidorm Fest; a favor de la teta habrá otros trescientos artículos, sobre la plurinacionalidad, lo gallego y la inminente proclamación de la República Ceibe de Galiza habrá proporcionalmente otros trescientos. ¿Cómo justificar el ejercicio de escribir el enésimo texto sobre el Benidorm Fest? Es injustificable, pero tampoco me apetece mucho hablar de otra cosa.

El gran embrollo, repito, no es que haya ganado Chanel, cuya letra me encanta como ejercicio dadaísta, cuyos pasos de baile me parecen muy chulos, sin importarme particularmente la teorización suya sobre el empoderamiento o las pajas mentales ajenas sobre lo mala feminista que es por volver locos a todos los daddies; el problema del Benidorm Fest, según se descubre mientras una va leyendo, ni siquiera es que detrás de Chanel hubiera perras, discográfica y una producción descompensada con el resto de participantes; el problema del Benidorm Fest es cómo explicita los límites de la democracia cuando unos poderes X quieren limitar el alcance de la voluntad popular, sea lo que sea esta última, y acaban siendo víctimas de gritos muy parecidos a los del "no nos representan" y "democracia real ya".

Seguimos resumiendo: sin que Chanel tenga ella culpa alguna, pues no deben pagar justos por pecadores, el sistema de votación del festival Benidorm Fest era un sistema con amplios contrapesos diseñados para diluir todo intento de democracia directa. Vamos a explicarlo. En el Benidorm Fest, los puntos asignados a cada artista estaban divididos de la siguiente manera: un jurado profesional con cinco miembros, escogido por RTVE, cuya opinión valía por la mitad del puntaje total; un misterioso jurado demoscópico compuesto por 350 personas (los mismos que diputados en el Congreso) "representativas de la sociedad española, que contaba por un 25%; finalmente, las llamadas y mensajes, el "voto popular", que representaba un 25% del puntaje total. Pero hay un matiz importante: el voto popular y el del jurado demoscópico no transmitían directamente la proporcionalidad de lo votado. Quien quedara en primer lugar en cada uno de esos dos ámbitos tendría 30 puntos, el segundo 25 y el tercero 20, con ninguna importancia otorgada a la distancia entre el primero y el segundo, o el primero y el tercero: un artista posicionado en primer lugar con un 50% de los votos tendría los mismos puntos según el jurado popular que otro en primer lugar con 30%.

Las acusaciones de tongo vienen por la presencia de las dos semifinales antes de la final, que empleaban el mismo sistema. Según las malas lenguas, que afirman que ha habido tongo, esa primera vuelta habría servido para calcular cuántos puntos de distancia serían necesarios en la votación del jurado para impedir una victoria de Tanxugueiras, aprovechando la proporcionalidad distorsionada. No tengo particular inclinación por las teorías de la conspiración, pero sí por los análisis de terremotos traumáticos; varios han deslizado por Twitter que RTVE estaría tan afectada por el troleo de Buenafuente con el Chikilicuatre que habría comenzado a practicar el despotismo ilustrado en terreno televisivo.

Si nos ponemos con las metáforas un poco divertidas, podríamos afirmar lo siguiente: el jurado "profesional" o "de expertos" representa una suerte de aristocracia degenerada en oligarquía, cuyas decisiones finalmente pueden llevarse por delante las de todos los demás grupos; el jurado demoscópico es o bien un experimento mental digno de estudio o la forma de democracia directa más ridícula (por poco transparente) pensada por el ser humano; el jurado popular podría ser sufragio censitario, pero como su voto, al final, no sirve para nada, se queda simplemente en el equivalente eurovisivo a jugar a las tragaperras. En contra de lo que han dicho algunos, Tanxugueiras no pierde porque haya división del voto popular entre ellas y Rigoberta Bandini: pierde porque, frente a la puntuación del jurado profesional, no tiene escapatoria, no puede ganar. No importa que sean las preferidas del fantasmagórico jurado demoscópico, ni que el pueblo (no sólo gallego) las vote masivamente: sin el beneplácito de los profesionales, los optimates, no hay victoria.

No podemos culpar a RTVE de sus decisiones o hacer como que no estamos acostumbrados. Los dichosos checks and balances son para Montesquieu necesarios en cualquier sistema democrático porque el pueblo, siempre efervescente, se deja llevar por pasiones en lugar de ver las cosas a través de la razón. Demasiada democracia directa lleva a la corrupción del pueblo, a su perversión: hace falta democracia, pero tampoco democraciaje, porque el pueblo es potencialmente burro, potencialmente imbécil, demasiado potencialmente popular. Escogerán a unas mujeres que cantan en gallego en lugar de lanzarse por la fórmula cómoda que un grupo de boomers con traje conciben que es hoy el mainstream: preferirán una propuesta con mensaje a unos fuegos artificiales.

De lo que han hablado en ocasiones los partidos surgidos del 15M es de una radicalización de la democracia, en la línea de lo propuesto por pensadoras como Chantal Mouffe. Lo divertido es que hoy el público del Benidorm Fest se encuentre ante esa misma tesitura que la política española hace no tantos años: un tapón, un bloqueo generacional que impide que se rompan las inercias, que se abran los candados y se debatan nuevos consensos.

Se equivocan quienes afirman que lo único que hay que hacer ante los resultados del Benidorm Fest es aceptarlos y apoyar sin ambages a la seleccionada candidata española: en democracia se aceptan los resultados, pero para que unos resultados sean aceptables el juego tiene que haber sido justo (y hay dudas). La práctica más sana será la que construya experiencias políticas (¡porque toda votación tiene su parte de política!) que enfrenten a quienes de ellas participan a los límites de sistemas "democráticos", plantando en muchas cabezas la semilla de una pregunta: ¿por qué no cumple esta "democracia" con su promesa de interpelarme, de representarme, de incluirme?

Benidorm Fest no será el origen de ninguna revolución o movimiento ciudadano multitudinario, por más que canciones como Terra o Ay Mamá se hayan convertido en himnos; no hace falta que lo sea. Intentemos ver en la sobreproducción de análisis de los próximos días un fenómeno lo más alejado posible al acoso a la cantante ganadora y lo más cercano posible a una reflexión sobre justicia y corrupción, democracia y ruptura de la representación, la representación y los límites de su lógica. Quizá entonces, más allá de bailar Slo-Mo, que es muy bailable, lo que está pasando nos enseñe alguna cosa.