Dominio público

Abril Republicano

Joan Tardà i Coma

Imagen de archivo. Huelga general en Catalunya. Manifestación estudiantil en Barcelona.- Germán Lama / Europa Press

Que el mes de abril sea el momento del año en que se celebra el mayor número  de actividades y actos en los que el republicanismo comparte y renueva  públicamente sus  ideales y compromisos se explica evidentemente por el imperativo del calendario conmemorativo. Ello es mucho, pero a la vez nadie  debería llevarse a engaño sobre una realidad. La concentración efemérica refleja que el republicanismo vive todavía atrincherado en el parapeto del historicismo en el que se vio forzado a resguardarse para afrontar un segundo exilio, en este caso interior, desde la Transición. Lo refleja el hecho que, si bien la ardua batalla establecida por el movimiento memorialista denunciando la impunidad del régimen franquista y en favor de la Verdad, la Justicia y la Reparación de las víctimas de la Dictadura permitió hacer emerger y popularizar un tanto el debate sobre la ilegalidad del Franquismo golpista, no se ha conseguido, ante las nuevas generaciones, romper una cierta asociación entre republicanismo y pasado histórico.

Debería ser, pues, atractiva para el conjunto de la izquierda española una mirada hacia el singular caso del  republicanismo catalán como ejemplo de resiliencia exitosa. Una tarea de interés para el resurgimiento del republicanismo de ámbito estatal si se pretendiera metabolizar  prejuicios paralizantes enquistados en el seno del electorado progresista español que consideran obsoleta la militancia antimonárquica, desestabilizadora la reivindicación de un referéndum sobre la forma de Estado o ajena a las clases populares y  causante del resurgir del nacionalismo español la conquista del ejercicio del derecho a la autodeterminación.

Todo ello producto de desconocer que, al igual que en otros territorios del Estado, en Catalunya los fundadores de su autonomía (el nacionalismo de matriz pujoliana y el socialismo) asumieron fervientemente, también, el statu quo, alabaron la reinstauración borbónica patrocinada por Franco y contribuyeron en igual medida a diluir todo atisbo de republicanismo a fin y efecto de cortocircuitar el relato de la legitimidad de las instituciones de la II República abortadas por un golpe militar e impedir su  restitución. Tan solo la existencia de ERC consiguió, siempre presente en el escenario catalán aun cuando como fuerza minoritaria en las instituciones al ser  estigmatizada por no haber votado favorablemente la Constitución monárquica, que el republicanismo no fuese barrido en su totalidad en el conjunto del escenario político español. Porque, desgraciadamente, ningún partido republicano español consiguió representación en el nuevo marco post 1977, sus líderes  históricos fueron ignorados incluso  en los nomenclátor de pueblos y ciudades  y la bandera tricolor desapareció a  lo largo de décadas de calles e imaginarios. Celebremos, pues, el acierto del republicanismo catalán de haber mantenido el testigo y haber sabido  converger sus aspiraciones con el soberanismo en la década de los noventa del siglo pasado, lo cual  permitió su puesta al día y dar respuesta a demandas populares,  masivas y crecientes de resolución del conflicto "territorial"  presente en el Estado español.  Un proceso que le ha permito situarse como tercer agente que, frente a nacionalistas y constitucionalistas, aspira, desde la presidencia de la Generalitat también, a la hegemonía y a convertirse en el eje de la construcción de la República catalana.

Todo ello sin un atisbo de duda respecto a la fraternidad hacia los pueblos hermanos del Estado español y sus fuerzas progresistas, tal como se desprende, por ejemplo, del voto favorable a la investidura en el año 2004 de Rodríguez Zapatero o, a pesar de la judicialización, represión y encarcelamiento de los líderes de ERC, del apoyo a un gobierno en el que participa Unidas Podemos. Y recordando que desde el republicanismo catalán se dejó sentado a lo largo de los últimos años, en los que el "procés" ha zarandeado el tablero político español, que el parto de una  hipotética república catalana conllevaría inevitablemente un shock al actual estatus quo monárquico.  Convencidos que, por mucho que sea rechazado por un sector del independentismo catalán de ADN nacionalista y por ende reacio a la fraternidad y a la alianza con el republicanismo español, la oportunidad de un proceso constituyente español de matriz republicana llevaría  adjunto  también el reconocimiento del derecho a la autodeterminación de las distintas naciones que en la actualidad lo componen.

La izquierda española tiene ante si retos trascendentales y globales en el ámbito tecnológico, ecológico y económico para hacer competitivas las potencialidades productivas de la sociedad en el marco del capitalismo globalizado y así aspirar a la sostenibilidad de un estado del bienestar que tan solo ha permitido socializar un porcentaje mínimo de la riqueza, ha perdido fuelle y, hoy por hoy, no sólo ha enterrado el ascensor social sino que contempla una acelerada fractura social.

Atrapados en un sistema de libertades que fue construido, a diferencia de los acuñados en las democracias europeas a partir de los materiales nobles procedentes de la derrota del nazismo y del fascismo, con los productos de derribo proporcionado por el pacto entre la oposición democrática y el poder franquista representado en la institución monárquica, deberíamos preguntarnos si su baja calidad podrá dar respuesta a las incertidumbres que nos van deparando las tres primeras décadas de siglo.

En definitiva, anclados en un escenario lastrado por la no metabolización de los déficits heredados de la Transición,  secuestrado por poderes fácticos de ADN franquista e incardinados en el deep state. Y para ejemplo, tantos botones como se quieran a nuestra disposición: desde la respuesta violenta del Estado ante la demanda del pueblo de Catalunya a decidir su futuro mediante un referéndum acordado (como expresión del enquistamiento de la no resolución de las distintas realidades nacionales existentes en el Estado español), hasta la incapacidad de conformar un sistema democrático en el que la separación de poderes no se confunda con un mero reparto de intereses, pasando por la banalización de la corrupción, la supeditación a los poderes oligárquicos reflejada en la gestión de las crisis económicas cíclicas, la no asunción del debate constitucional, la normalización de la ultraderecha, etc… En definitiva,  ejemplos palmarios del cul-de-sac en el que se haya la Segunda Restauración Borbónica, que hemos convenido en denominar Régimen del 78.

Resulta sorprendente que, con estos mimbres,  se pretenda desde la izquierda encarar con éxito las adversidades a superar en los próximos años.  Empresa inalcanzable, máxime en tiempos de reduccionismos, populismos y alboroto fascistoide al amparo del resurgimiento de ideas que quizás ingenuamente se habían creído ya metabolizadas desde Nuremberg, si no se apuesta por desplegar una verdadera campaña de alfabetización republicana y de  fraternidad entre lenguas, culturas y naciones peninsulares, que estimule a los movimientos sociales, al asociacionismo popular, al mundo académico y a las organizaciones políticas a asumir la herencia republicana compartida y a construir un relato fundamentado en los valores republicanos suficientemente atractivo a las nuevas generaciones, tal como ocurrió en 1931, que los asocie  a modernidad.

Buenos los días, los de abril, para reflexionarlo.