Dominio público

Los monumentos fascistas hacen cosas fascistas

Alfredo González-Ruibal

Director del proyecto 'Arqueología del Valle de los Caídos'. Instituto de Ciencias del Patrimonio (CSIC)

Los miembros de la compañía de del Batallón de Infantería Protegida (BIP) "Uad Ras" II / 31, en el Valle de los Caídos.

Para sorpresa de nadie, un edificio fascista ha vuelto a servir para hacer cosas fascistas. Me refiero, como no podía ser de otra manera, al Valle de los Caídos. Y me refiero, en concreto, a la bendición del batallón Wad Ras por parte de un religioso de su abadía. La participación de una unidad militar en un acto de naturaleza religiosa es cuando menos discutible y siempre genera polémica, porque ni el Ejército español puede privilegiar credo alguno ni se puede exigir a sus miembros adhesión a una determinada fe. Es el ejército de todos los españoles, no de los españoles católicos. Pero lo que hace de la ceremonia del Valle algo particularmente preocupante es, por supuesto, el contexto en que tiene lugar: el Valle de los Caídos. Y concretamente, la explanada del Valle de los Caídos.

Una cosa que sabemos bien los arqueólogos es que los edificios hacen cosas. De forma subliminal imponen su voluntad a las personas y nos hacen actuar de una determinada manera. Por eso bajamos la voz al entrar en una catedral. Por eso nos sentimos cohibidos al transitar por un palacio. Los edificios nos ponen en nuestro sitio. Cuando hablamos de fascismo, la capacidad de acción de la arquitectura es todavía más evidente, porque en la arquitectura fascista (y totalitaria en general) no se deja nada al azar. No se dejó en el Valle, donde todo tiene una función y un sentido, desde el bosque de coníferas a la iconografía de la basílica. También la explanada donde tuvo el acto castrense tiene una función y un sentido.

La explanada es un elemento fascista por definición. Aparece en todas las arquitecturas totalitarias de la época, desde el famoso Nüremberg al menos famoso Bückeberg, pasando por una infinidad de Thingplätze or Thingstätten, anfiteatros, plazas y espacios de reunión para eventos políticos masivos levantados por el régimen nazi. La explanada es el lugar donde el pueblo o el ejército se concentran para exaltar y mostrar adhesión al jefe de turno -Führer, Duce o Caudillo- y la ideología del régimen y para recibir su bendición. En la explanada se hace el saludo romano, se gritan consignas, se escuchan arengas, se reza. El fascismo se ha expresado históricamente de muchas maneras.

En el caso del franquismo, la Thingplatz se convierte en un espacio político-religioso, como es lógico en un régimen cuya ideología era el nacionalcatolicismo. Pero la función es la misma: movilización, exaltación, adhesión. Lo que vimos el otro día en el Valle de los Caídos no fue solo un acto religioso ni solo un acto castrense. Fue un acto fascista. Facilitado por una arquitectura fascista.


El Valle de los Caídos hace cosas fascistas. Y lo va a seguir haciendo durante mucho tiempo mientras no se acometa una transformación profunda, íntegra y radical del monumento. Una transformación que tiene que afectar a su materialidad misma. Cualquier intento de maquillaje está condenado al fracaso. Y lo está porque el Valle es una máquina ideológica, pero también material, que apela y da forma a nuestras emociones. Y es una máquina extremadamente potente y bien engrasada. No admite soluciones parciales. No estoy abogando por su destrucción. Estoy abogando, como digo, por una transformación profunda que afecte a la fábrica misma del monumento. El Valle de los Caídos tiene que convertirse en un sitio incómodo para la extrema derecha. Un sitio que rechace el fascismo de la misma manera que ahora lo abraza.

El fascismo, por supuesto, no lo hacen solo los monumentos. El Ejército español tiene un problema con su legado dictatorial. Ese legado está demasiado presente, desde los nombres de las unidades, a la simbología y la memoria colectiva de la institución. Es una forma de memoria incorporada, habitual (que se transmite a través de hábitos) y muchas veces inconsciente. Precisamente por eso más peligrosa y más difícil de desmontar. Pero es absolutamente necesario que lo haga.

El poder, escribía Elías Canetti, siempre deja clavadas sus órdenes en forma de aguijón. Y ese aguijón sigue actuando incluso después de que el poder haya desaparecido. En España el franquismo dejó clavados muchos aguijones: en los monumentos, en las instituciones, en el espacio que habitamos. "Quien quiera ejercer algún control sobre el poder", nos advierte Canetti, "deberá mirar de hito en hito y sin miedo la orden, y encontrar los medios para despojarla de su aguijón". Nosotros conocemos los medios. Solo hay que querer aplicarlos.