Dominio público

La ultraderecha rezagada: Vox y la imitación de Giorgia Meloni

Daniel V. Guisado y Jaime Bordel Gil

Autores de 'Hijos de la misma rabia'

16 de noviembre de 2021, Italia, Roma: Giorgia Meloni, presidenta del partido Hermanos de Italia, reacciona durante la Asamblea Nacional Confesercenti de 2021, en su 50 aniversario, en el Salone delle Fontane. Foto: Gloria Imbrogno/LPS vía ZUMA Press Wire/dpa

Desde hace tiempo, la globalización también ha llegado a la política. Los ecosistemas políticos se componen de actores que cada vez guardan más similitud entre ellos, en parte debido a una mayor homogeneización de los fenómenos nacionales. Las crisis, aunque puedan partir de diferentes causas, tienen unas consecuencias e implicaciones cada día más similares, y las especificidades nacionales han dejado paso a un mayor intercambio de estrategias políticas entre formaciones de distintos países.

No se trata de un fenómeno nuevo, y durante el último medio siglo Italia ha destacado como uno de los grandes exportadores de ideas y estrategias políticas. Del llamado laboratorio político de Europa salió el eurocomunismo que los partidos comunistas español y francés trataron de replicar; el berlusconismo, que cambió la forma de entender la relación de la política y los medios de comunicación; y una ultraderecha que inspiró a figuras tan importantes como Jean Marie le Pen, que eligió como símbolo de su Frente Nacional la misma llama que portaba el Movimento Sociale Italiano (MSI).

En la actualidad, el país transalpino despierta un efusivo y renovado interés en la conversación de la derecha radical europea. El éxito de Fratelli d’Italia (FdI), que ha conseguido pasar de la marginación política y electoral a hegemonizar el debate público en Italia, es un espejo en el que fijarse para muchos partidos en Europa, especialmente para Vox. El partido liderado por Santiago Abascal mantenía hasta la irrupción de FdI una relación tormentosa con la ultraderecha italiana, debido a las simpatías que la Lega de Matteo Salvini tuvo en su momento hacia el independentismo catalán. A pesar de las similitudes y cercanías entre ambos países, Vox no se dejaba ver mucho por Italia, y prefería buscar socios en otras latitudes. Pero tras el auge del FdI de Giorgia Meloni y el declive de Matteo Salvini, la derecha radical italiana se ha convertido en el principal referente de los españoles, que han recurrido incluso a Giorgia Meloni para la actual campaña de Andalucía.

Meloni es exactamente lo que quiere ser Abascal. Una líder que ha fagocitado a las otras derechas antaño hegemónicas (Salvini y Berlusconi) y que es capaz de determinar el debate político nacional. Por eso, desde hace tiempo Vox se deja ver cada vez más con FdI y hasta le ha lanzado un guiño en su eslogan de Andalucía. "Patria, Tierra, Libertad, Familia" se podía ver en un spot electoral de Macarena Olona, un lema muy similar a la histórica tríada "Dios, Patria y Familia" del neofascismo italiano recuperada por Meloni.

Como ya hicieran con Trump en su última etapa en la Casa Blanca, los de Abascal quieren seguir al dedillo los pasos de Meloni para alcanzar lo que parece que la líder de FdI estaría a punto de lograr: llegar al gobierno en una posición de fuerza. Sin embargo, como el alumno que llega al examen sin prepararlo confiando en la destreza del compañero, Vox parece tratar de copiar algunos aspectos de Fratelli d’Italia sin haber estudiado lo suficiente.

Desde hace tiempo, la impronta de Meloni y FdI se aprecia con bastante claridad en el discurso de Vox. Unas veces con más tino, pero otras en las que parece que el partido español no hubiera pensado lo suficiente cómo adaptar lo que está funcionando en Italia a las coordenadas españolas.

El primer problema que sufre Vox cuando trata de parecerse a la formación de Meloni reside en cómo ambos han gestionado sus raíces históricas. Como explicamos en nuestro libro, Hijos de la misma rabia (Apostroph, 2022), Fratelli d’Italia tiene una pesada herencia histórica debido a su estrecha vinculación con el fascismo italiano. Antiguos líderes y fundadores del MSI, partido del que es heredero FdI, como Giorgio Almirante ocuparon cargos importantes en la República de Saló (régimen de ocupación nazi-fascista del final de la Segunda Guerra Mundial), y durante décadas la formación no escondió ni su nostalgia fascista ni su rechazo a las reglas liberales y democráticas fundamentales.

Sin embargo, esto no ha supuesto un gran problema para los de Meloni, que juegan con bastante habilidad a reivindicar e ignorar las partes que le interesan de la historia de su partido. Siguiendo lo que se conoce como dog-whistle politics, Meloni silba (lanza el anzuelo) haciendo alguna mención a la tradición, a antiguos líderes del MSI, o al linaje de algunos de sus compañeros de partido con antepasados colaboracionistas. Una estrategia que le sirve más que para movilizar para provocar a sus adversarios y conseguir que se mantengan en el marco de antifascismo vs fascismo que hasta el momento se ha demostrado estéril en Italia y otras latitudes. A pesar de todas estas referencias Meloni no se reconoce públicamente como fascista y, de hecho, tacha de locos u obsesionados a quienes les acusan reforzando este marco en el que mientras ellos se ocupan de los problemas de los italianos la izquierda solo le hace acusaciones exageradas sin fundamento.

Vox ha tratado de hacer lo mismo numerosas veces con salidas de tono como "el peor gobierno de los últimos 80 años" que llegó a afirmar Abascal en el Congreso o negándose a condenar el franquismo en varias ocasiones. Pero a pesar de que han conseguido provocar al adversario no han sido capaces de esconder la mano tan bien como Meloni, y se les identifica mucho más con el franquismo que a sus homólogos italianos con el régimen de Mussolini.  Un punto que podría chocar con la intención más reciente del partido de apelar a otros sectores de la población y penetrar en otros grupos sociales poco identificados con el franquismo como los votantes de clase obrera.

El segundo aspecto donde Vox ha tenido problemas a la hora de imitar a FdI es en su reivindicación del papel de las mujeres. Las derechas radicales en Europa han tenido un problema histórico para captar voto femenino, y en los últimos tiempos han intentado solucionarlo a través de distintas estrategias como el feminacionalismo (señalar la inmmigración musulmana como un problema de seguridad para las mujeres y un ataque a la igualdad de la mujer) o el maternalismo.

Mientras que el feminacionalsmo ha sido empleado desde hace tiempo por numerosas formaciones, el maternalismo, la reivindicación de las madres como eje central de la nación, es una estrategia algo menos común, y que Meloni ha sabido utilizar a la perfección. La reivindicación de las mujeres por parte de Meloni es muy particular, ya que sale ligeramente de las coordenadas históricas de la extrema derecha italiana. Meloni no pretende recluir a la mujer al ámbito de lo privado, defiende la conciliación, a las mujeres que trabajan y son madres y las dota de agencia, como cuando Berlusconi la criticó por presentarse a las elecciones de Roma estando embarazada y ella aprovechó para reivindicar el papel activo de la mujer en el ámbito profesional. Una estrategia que parece estar recogiendo sus frutos y que por primera vez en la historia podría terminar con la brecha de género en el voto a la derecha radical italiana (históricamente más votada por hombres).

Con igual intención, pero distinta ejecución, Vox ha apostado recientemente por alzar la voz en el tema de la mujer, principalmente a través de Macarena Olona, una figura que tiene un perfil parecido al de Giorgia Meloni. Sin embargo, aunque la pose y el objetivo sean parecidos, lo cierto es que Vox se ha aproximado al tema desde un ángulo contrario al de Meloni y FdI. En una de sus últimas intervenciones donde trató el tema de la mujer, Macarena Olona acusó al feminismo de antimaterno y antifamilia, diciendo que vendía a las mujeres "metas culturales socialmente impuestas" y que, en vez de autosuficiencia económica y éxito profesional, al final del camino solo les quedaría soledad, al no poder ser madres porque "el reloj biológico no espera". Un discurso que más que a Meloni, recuerda al de las extremas derechas italiana y francesa de los 70 y 80, que abogaban por una vuelta de la mujer al hogar y reivindicaban su papel exclusivo como madres.

De nuevo, Vox intenta parecerse, pero a la hora de la ejecución lo hacen de una manera muy distinta a sus homólogos italianos. Por un lado, Meloni se centra en las dificultades económicas de compaginar trabajo y maternidad, el mérito, y el rechazo a medidas como las cuotas de género. Y por otro, Vox habla del reloj biológico, de que la auosuficiencia económica y el éxito profesional son metas "que muchas veces no alcanzan ni siquiera los hombres", o reivindica los piropos, como hizo Clara Toscano hace unas semanas en el Congreso.

Por último, el factor económico. Sabemos desde hace tiempo que el atractivo que la derecha radical despierta entre las clases más humildes tiene dos aristas chovinistas: a la cultural (todo lo extranjero resquebraja la identidad nacional, siempre superior y en términos nativistas) le complementa la económica (un Estado de Bienestar no más fuerte, pero sí limitado para los nativos). Esta no es una combinación novedosa, pero sí efectiva que consigue atraer a perdedores y ganadores de la globalización y ha tenido resultados excelentes en muchos países.

Sin embargo, como Fidel Oliván demostró en su libro, El Toro por los cuernos, Vox es nativista, populista y autoritario, pero no chovinista del bienestar. Sus propuestas económicas poco o nada se distinguen de las del Partido Popular. Más allá de referencias discursivas, las medidas son profundamente neoliberales. Por ello, votaciones de decretos sociales, subidas del salario y aspectos laborales les generan tantas contradicciones. Saben que requieren, para crecer, plasmar sus referencias obreristas en políticas públicas, pero no pueden desprenderse de sus orígenes vitales, sociales e ideológicos.

Al lado de Meloni, nacida en el barrio popular romano de la Garbatella, criada en una familia monomarental y que tuvo que trabajar desde joven, los representantes de Vox son simple y meramente un retrato de cualquier persona de clase acomodada. Fallan no sólo en la representación sustantiva (medidas económicas), también en la descriptiva.

En estos tres aspectos Vox ha tenido debates internos profundos hasta ahora solventados por una trayectoria ascendente y una organización leninista donde no hay lugar para la discrepancia. Sin embargo, la nueva fase de coparticipación en gobiernos (Castilla y León, próximamente Andalucía) y unas expectativas demoscópicas que pueden congelarse, le colocan en una situación en la que pueden saltar estas contradicciones. Cuatro años después de su gran irrupción los de Abascal deben definir, aterrizar y concretar su ideario. El análisis les puede sugerir ir hacia tesis melonistas, pero su herencia les arrastra a las más obsoletas diatribas.