Dominio público

Italia ha votado y ha ganado Meloni: ¿ahora qué?

Daniel V. Guisado

la ultraderechista Giorgia Meloni gana las elecciones en Italia. -REUTERS
La ultraderechista Giorgia Meloni gana las elecciones en Italia. -REUTERS

Giorgia Meloni consigue el sueño de su padre político, Giorgio Almirante, cuando en los años 70 pretendió ser una alternativa moral y política al régimen antifascista surgido al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Y lo hace con la ayuda inestimable de la derecha llamada a ser liberal. Casi tres décadas de la primera participación en el gobierno de los herederos del posfascismo, Hermanos de Italia consigue ganar con holgura las elecciones y cobrarse una venganza histórica: basta agachar la cabeza y ocultar las creencias, gritó en uno de sus últimos mítines.

Esta rotunda victoria (Meloni ha obtenido casi tres millones de votos más que sus compañeros de la derecha) se debe a un motivo coyuntural y otro de larga trayectoria. Este último, ya citado anteriormente, alude a cuando para llegar al poder Silvio Berlusconi tuvo que apoyarse en dos partidos excluidos del poder históricamente como eran la Liga Norte (ya entonces con un fuerte discurso xenófobo) y la Alianza Nacional heredera del posfascismo. El magnate no dudó en integrar ambas fuerzas e indirectamente normalizar ideas, valores y políticas propias de ambas fuerzas. Años después nadie puede extrañarse de los resultados.

Un último motivo inmediato apunta al descrédito que cíclicamente sufre el sistema de partidos italianos. Cuatro años con tres gobiernos distintos, crisis, cambios de bancadas parlamentarias y desafección creciente han convertido a Meloni en la única opción viable para muchas personas. El ascenso de su figura, por tanto, responde a un doble voto: contestatario e ideológico.

El futuro gobierno (uno de los electos más derechistas de Europa) no estará exento de problemas. La pata débil de la coalición la constituye la Liga de Matteo Salvini, que ha bajado del 10% que muchos opositores internos auguraban para saldar cuentas pasadas. El actual secretario nacionalizó una formación que pocos años antes insultaba al sur del país y únicamente se presentaba en las regiones del norte, desde las que pedían la independencia de la Padania, y esto no gustó internamente. Mientras su estrategia daba frutos (en las elecciones europeas del 2019 la Liga obtuvo el 34%) las criticas estaban silenciadas, pero ahora que se observa un crepúsculo político de Salvini cada vez más claro no son pocas las voces que exigen volver a la autonomía norteña.

Silvio Berlusconi, por su parte, ha conseguido mantener lo que preveían las encuestas y será la llave de gobierno que, a pesar de su abultada mayoría, sufrirá momentos importantes de crisis. La primera llegará con Ucrania, cuando Italia tenga que seguir la senda de armas y sanciones o abandonarla. Meloni, mucho más otanista que europeísta, es partidaria de seguir los designios de Estados Unidos en materia internacional. Salvini y Berlusconi, por el contrario, tendrán que hacer valer su amistad con Putin mostrándose ambivalentes. El primero justificó la ineficacia de las sanciones y el segundo la invasión de Ucrania recientemente.

Estas tres patas políticas han obtenido el 42% de los votos que, como consecuencia de la desproporcionalidad del sistema electoral, se ha convertido en un 60% de los escaños. También han conseguido armar un fuerte dominio entre las clases productivas del norte del país (donde Meloni ha conseguido hasta el doble de apoyos que la histórica Liga) y las capas más mayores de la población.

La segunda cara de la moneda corresponde al resto de formaciones con resultados heterogéneos. El Partido Democrático ha acabado con una sangría doble: la defensa de Mario Draghi y la tibieza de sus propuestas ha provocado la deserción progresista hacia el Movimiento; la ambigüedad de sus alianzas y la debilidad de su líder ha engordado las filas del centrista Tercer Polo de Carlo Calenda y Matteo Renzi.

La izquierda italiana ha tenido una de sus peores actuaciones, pero el rendimiento del Partido Democrático es más significativo. Han intentado conformar un bloque unitario para evitar las peores consecuencias del sistema electoral, apelar al voto útil y reducir la contienda a una decisión dicotómica entre fascismo y democracia. Todo ha sido un error y ninguna se ha logrado. Su base electoral, asentada en los centros de las grandes urbes, en las profesionales liberales y en los más acomodados cultural y económicamente representa un tapón a sus expectativas electorales. Tampoco ayuda que hayan gobernado siete de los últimos años siendo totalmente incapaces de generar interés y crecer electoralmente.

El Movimiento por su parte ha optado por una campaña claramente más progresista hablando de Rédito de Ciudadanía (una suerte de IMV que tienen más de un millón de italianos), salario mínimo, reformas laborales, políticas ambientalistas y transición energética justa. Junto con el fuerte liderazgo de Conte, uno de los pocos políticos que sigue despertando una gran simpatía, ha conseguido remontar de forma significativa los últimos compases y llegar a una (simbólica más que sustantiva) tercera posición. Con el liderazgo de Enrico Letta (PD) en el aire, es esperable que la oposición caiga en las manos del "abogado del pueblo" los próximos años.

Sin embargo, ha sido la gestión de expectativas lo que ha determinado las elecciones y facilitado la mayoría cómoda a la derecha. Las tres patas de oposición (centro-izquierda, Movimiento 5 Estrellas y el centrista Tercer Polo) han concurrido a las elecciones no para ganar sino para mantener su espacio político, ya que asumieron la derrota desde el primer día.

Todo en las elecciones ha tenido un aroma de profecía autocumplida. Desde Mario Draghi renunciando al poder sin intentar negociar hasta la agenda que el presidente de la República, Sergio Mattarella, impuso para votar y conformar gobierno rápidamente. Todo apunta a una voluntad de no estirar lo inevitable. Las negociaciones para intentar unir partidos como el PD y el M5S han sido autoboicoteadas porque ninguno creía en la posibilidad de ganar, pero sí en la de rearmarse durante cinco años en la oposición. A cambio, eso sí, de regalar el país y el poder a la derecha radical. Los resultados han demostrado que, si se hubiera logrado cierta unidad, las elecciones habrían sido mucho más competidas y Meloni podría haber tenido dificultades para gobernar.

A partir de ahora veremos dos movimientos importantes desde el nuevo Ejecutivo que salga en las próximas semanas. A nivel internacional Italia pivotará en Europa: del eje franco-alemán hacia el grupo de Visegrado, donde los líderes de Polonia y Hungría mantienen buena relación con Meloni. El país volverá a una dialéctica de confrontación con la Unión Europea para estar a todo lo bueno y nunca a lo malo. La "Europa de las Naciones", no el Italexit que tanto protagonismo tuvo hace años. Un repliegue nacional de corte chovinista.

Por el otro, a nivel nacional, veremos tanto una conservación de los pilares económicos fundamentales (Meloni, tutorizada por Draghi en este aspecto, ya ha prometido no hacer cambios significativos) como una erosión de derechos fundamentales. A la manera de las regresiones democráticas, no habrá golpes de Estado o derogación de libertades unilaterales, sino la corrosión y normalización de valores hasta ahora minoritarios. En las Marcas, región gobernada por Hermanos de Italia, la ley del aborto está intacta, pero no así su aplicación y defensa. Meloni ya anunció que su intención es dar ayudas económicas a las madres que se planteen abortar.

Este es el mayor desafío y consecuencia inmediata de su gobierno. La sociedad somatiza lo que ve en sus dirigentes; se hace más elástica y tolerante al odio, a la xenofobia y al autoritarismo. Nunca es tanto el primer impacto de la ola como el mar picado que deja tras su paso. Un último apunte para lo que ha llegado y está por venir: estas elecciones han tenido la participación más baja desde el 1948. Hará falta algo más que el miedo al lobo para cambiar este escenario.