Dominio público

Cuidar el feminismo

Noelia Adánez

MADRID, 01/12/2022.- La ministra de Igualdad, Irene Montero, durante el pleno celebrado este jueves, en el Congreso de los Diputados en Madrid. EFE/ Javier Lizon

En un tiempo de enorme tensión política -que lo es no solo a escala nacional, sino planetaria-  las agendas feministas polarizan. No puede ser de otra manera. Hay que estar dispuestas a defenderlas: hay que continuar con los activismos si se es parte consciente de la sociedad civil  y hay que hacer políticas feministas cuando se está en las instituciones. Pero desde las instituciones no solo se diseñan y ejecutan políticas públicas, también se deben comunicar a la ciudadanía en general y, con el mismo cuidado y nivel de atención, a los operadores sociales que se van a ver más directamente afectados por los cambios que tales políticas puedan introducir. Más aún cuando estas políticas están destinadas a exponer y desbaratar los dispositivos culturales que hay detrás de muchas de las violencias que sufrimos las mujeres, arraigadas en comportamientos sociales, prácticas jurídicas, laborales, etc. Como su propósito es modificar representaciones de la realidad y comportamientos profundamente enraizados, es lógico encontrar resistencias en el peor de los casos, incomprensión y suspicacias en el mejor de ellos.

La agenda del ministerio que dirige Irene Montero no es fácil de implementar y, a estas alturas, diría que este ministerio -que trabaja mucho y en una situación de notoria adversidad por las campañas de odio de las que la ministra Montero es víctima recurrente- ha recibido de todo: resistencia, incomprensión, suspicacia y toneladas de mala fe.

La vida política de Montero y su equipo no está siendo nada fácil y, en este sentido, comprendo que en la defensa de su agenda necesariamente ponen mucho de autodefensa. No sería humano de otra manera; vaya esto por delante. Y sin embargo, creo que ese cierre en torno a las leyes -que tan mal resultado ha dado con la aprobada hace apenas dos semanas en términos de estrategia- les está impidiendo hacer una comunicación pedagógica de sus políticas.

Tanto la llamada popularmente "ley del solo sí es sí" como la conocida como "ley trans" -ambas leyes cuyo espíritu y oportunidad comparto plenamente- llevan necesariamente aparejada una pedagogía y es trabajo del ministerio y sus integrantes elaborarla y difundirla. Es, si me lo permitís, una jodienda, pero la comunicación de un ministerio de Igualdad tiene que tener una carga pedagógica que no se precisa en otros ámbitos de acción política o al menos no con el mismo nivel de intensidad y sistematización.

La campaña del PP en Galicia contra -supuestamente- las violaciones de mujeres -que pone el énfasis en la víctima tutelándola y, eventualmente, colocando en ella la responsabilidad de una posible agresión- es un ejemplo de cuán poco interiorizada tienen aún sectores muy amplios de la población una educación feminista y de lo importante que es su difusión.

Por esta misma razón, creo que Irene Montero perdió ayer una oportunidad de hacer pedagogía feminista en el parlamento explicándoles a sus señorías lo que es la cultura de la violación y los peligros de que "se cuele" en las políticas públicas disfrazada de protección a las mujeres. Eligió, en su lugar, utilizar el asunto de la cultura de la violación para confrontar. (Dejo a un lado la actuación lamentable de Meritxel Batet que merecería pieza aparte).

Bajo mi punto de vista un feminismo confrontacional en las instituciones puede tener un efecto negativo en los feminismos de base de esta década inclemente. La confrontación genera una sobreexposición que entiendo que puede tener interés a efectos de construir una candidatura, pero que en un ecosistema adverso a los feminismos nos juega muy a la contra. Nos distrae, nos obliga a ser más declarativas que proactivas, nos aleja de nuestros objetivos, nos desvía. Mi sensación es que los feminismos de hoy no necesitan confrontar para sostenerse, sino cuidarse mucho, con inteligencia y virtuosismo.

Como dije antes, el feminismo polariza por el mero hecho de existir. Seamos realistas, en la España de Vox e Isabel Díaz Ayuso se cuestiona la mera existencia de un ministerio de Igualdad. Cuando lo que tienes que ir a defender al Parlamento no son solo tus políticas sino tu propia institucionalidad, que se sostiene en la fuerza de movimientos sociales de base, debes cuidar lo que eres para garantizar que las otras existan.

No se trata de comparecer enfadada o contenta, ni siquiera del tono más o menos bronco que se utilice -personalmente el acting de las políticas me da totalmente igual y creo que si Montero ha elegido presentarse como se siente está en su derecho de hacerlo- se trata de abrazar esa institucionalidad y defenderla.

Este ministerio de Igualdad, tan vilipendiado e injustamente zaherido, tiene en estos tiempos de derechización cultural una misión que debería estar por encima de todas las demás: garantizar la sostenibilidad de un feminismo transformador en el medio plazo. Las leyes son hitos, jalones, pero lo que hace de los feminismos una fuerza política relevante es su impulso. Nada que comprometa la energía que requiere contribuirá a mantenerlo.