Dominio público

La retórica del monstruo

Toni Ramoneda

Comunicólogo y profesor de español en Lyon

El 22 de marzo, tras más de treinta horas de sitio, Mohamed Merah, asesino de siete personas, entre ellas tres alumnos de una escuela judía de Toulouse, fue abatido por las fuerzas de asalto de la policía francesa. Las cámaras de televisión, los periódicos y sus ediciones digitales, las radios con desconexiones en directo, así como las distintas redes sociales, mantuvieron la atención del público sobre el piso del barrio popular de la ciudad rosa en el que se había atrincherado. "Merah no es un loco, ya que si lo fuera no podría ser considerado como responsable, Merah es un monstruo" afirmó el presidente Nicolas Sarkozy una vez el asalto finalizado y el asesino abatido por las fuerzas especiales.

En plena campaña electoral y con la UMP de Sarkozy y el FN de Marine Le Pen disputándose una parte del electorado de derechas, el fantasma del terrorismo islamista se ha convertido en una oportunidad política. Para la derecha más populista, la fórmula terrorismo islamista condensa todos los elementos de su discurso: el terrorismo es fuente de inseguridad extrema al ser imprevisible, potencialmente indiscriminado y, en sociedades democráticas, carente de legitimidad y esta inseguridad (terreno abonado del FN) sumada al término islamismo permite la estigmatización del extranjero y de todo aquello que se supone ajeno a la cultura nacional. Pero Sarkozy decidió hablar de monstruo.  Lo monstruoso es algo propio de la humanidad. Un monstruo no es ni un animal, ni un loco, ni un extraterrestre, ni un extranjero; el monstruo es una criatura humana. El monstruo lo creamos nosotros mismos y sin ser responsables de sus actos, somos responsables de su presencia: no hay monstruo sin sociedad.

Frente a la figura del monstruo caben tanto los análisis sociológicos sobre las injusticias socio-económicas propicias para su emergencia, como los análisis psicológicos sobre las carencias afectivas o estructurales del individuo capaz de perpetrar el crimen y a partir de ahí los discursos políticos más dispares: los que denuncian el laxismo ante el islamismo, los que denuncian la estigmatización de las distintas comunidades, los que recuerdan las injusticias sociales, los que claman contra la violencia generada por las altas tasas de paro... Dicho de otro modo, Mohamed Merah se ha introducido en la campaña mediante la figura del monstruo y Nicolas Sarkozy se ha endosado el traje de Presidente para la ocasión.

Desde que Mohamed Merah fuera abatido por la policía, las redadas contra supuestos islamistas radicales se han sucedido en distintas ciudades del país, la última el miércoles 4 de abril en Roubaix, Marsella, Pau y Valence. La AFP (la agencia francesa de noticas) es sistemáticamente informada por el ministerio del interior para asegurarse de que ninguna detención pasa desapercibida y la explicación policial niega cualquier relación con el caso de Toulouse salvo que "se trata de individuos aislados con perfiles similares a los de Mohamed Merah". Así, estas detenciones, sumadas a la expulsión de cinco religiosos extranjeros, tres imanes y dos militantes islamistas, permiten a Nicolas Sarkozy presentarse como el héroe capaz de liberar a la sociedad de sus monstruos más temidos. ¿Pero de qué monstruos hablamos exactamente, entonces?

La figura del monstruo es un mito propio de toda sociedad. En todo grupo humano hay monstruos, se trata de las figuras que permiten, precisamente, mostrar aquello que no funciona, aquello que se sitúa fuera de las normas establecidas. El monstruo actúa, ya desde la mitología griega, como una alarma, como una advertencia de lo que nos puede ocurrir si nos alejamos demasiado del orden social. Pero al monstruo y esto debería saberlo Nicolas Sarkozy, no se le puede expulsar. A lo sumo se le mantiene alejado y si se le mata, como a Mohamed Merah, podemos estar seguros de que sólo hemos acabado con una de sus cabezas. Por eso la retórica presidencial no sólo pierde sentido cuando se transforma en acción puramente electoralista (expulsar o detener a terroristas islamistas potenciales) sino que pone en peligro la propia sociedad porque identifica al monstruo con un cuerpo social determinado.

Sí, el asesino de Toulouse es un monstruo, porque es humano. Pero precisamente por eso deberíamos ser capaces de ver en él los límites de nuestras propias sociedades (y no sólo de la sociedad francesa). El escritor Olivier Rolin lo dijo de manera fantástica en Le Monde des livres del 30 de marzo al recordar a Dostoievski y a ese monstruo tan monstruosamente humano que es Raskolnikov. Hay que ser capaces, sin tener miedo de ello, de designar a alguien como culpable e incluso de identificar en él un mal, por ejemplo el islamismo radical, pero no olvidemos que su muerte no es el fin del mal sino la prueba de nuestra propia impotencia. Por eso el discurso de Sarkozy se convierte en retórica cuando pretende identificar, detener o expulsar a los futuros monstruos como si acabara así con el mal que los engendra. Estas acciones no son sino una prueba más de la impotencia de nuestra política contemporánea. Una política empeñada en cortar cabezas que no tardarán en crecer de nuevo e incapaz de pararse a reflexionar sobre cómo hemos llegado hasta los dominios de la monstruosidad.