Dominio público

Mayo 68: en busca del tiempo invertido

CONSTANTINO BÉRTOLO

05-20.jpgUbíquese donde lo han puesto. Si lo ponen en el lugar del muerto, pues sea el mejor muerto del mundo.

Alejandro Dolina

Hacer leña
Mayo del 68 empezó exactamente la mañana del 24 de febrero de 1965. Enfrente de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, un destacamento de las fuerzas de seguridad del Estado detuvo la marcha de cientos de estudiantes que, encabezados por los profesores Santiago Montero Díaz, José Luis López Aranguren, Aguilar Navarro, Enrique Tierno Galván y Agustín García Calvo, se dirigían agrupados y en silencio hacia el edificio del rectorado ubicado en las cercanías del barrio de Moncloa, para entregar un escrito en el que reclamaban libertades. Los profesores se adelantaron para explicar el objeto de aquella marcha pacífica. La respuesta fue una carga (decir brutal sería una redundancia) y un afanoso despliegue de los coches manguera antidisturbios que en aquel momento y de este modo hacían su entrada en la iconografía de la época.

Mayo del 68 acabó exactamente el 25 de noviembre de 1975. El fallecimiento tuvo lugar en los cuarteles de la ciudad de Lisboa, donde un golpe de fuerza de los militares contrarrevolucionarios desalojaron del poder al coronel Vasco Gonçalvez.
En el entretanto, la creación del clandestino Sindicato Democrático de Estudiantes Universitarios, el Mayo del 68 en París, el asesinato de Martin Luther King, la matanza de estudiantes mejicanos en la plaza de Tatlelolco, la declaración del Estado de Excepción por el gobierno franquista en enero de 1969, el asesinato de Enrique Ruano, el juicio de Burgos, el subidón de Carrero Blanco, el golpe de Estado contra Chávez (perdón, Allende) que el diario El País (perdón, ABC) había venido jaleando con premura, el juicio contra Marcelino Camacho y otros dirigentes de CCOO, el paso de cientos (pero menos) de universitarios y universitarias por los Tribunales de Orden Público, la flebitis de Franco, el acercamiento del PCE hacia la democracia cristiana de Ruiz Jiménez, la resurrección alemana del PSOE de Felipe González, la muerte de Moncho Reboiras en las calles de El Ferrol.

Si alguien confunde Mayo del 68 con las revueltas en París de mayo del 68 es que no sabe mirar o que el árbol quemado no le deja ver el bosque talado y vendido. También puede ser que su cerebro esté programado por el disco duro de un pensamiento (¿) periodístico que sólo obedece a la lógica de premios, aniversarios de cifra redonda, partidos del siglo, funerales, limpiar el culo del amo y espejuelos para repartir los fines de semana.
Del árbol caído
A su sombra y entre sus ramas, muchos se hicieron cabañas, cabañitas, chalets, urbanizaciones, OTAN de entrada no y carteles con obreretes en plan dibujos animados. Que se lo digan a la tropa de psiquiatras que, de no quitarse la antisiquiatría de la boca, pasó a asegurarse nóminas y plazas como jefes de servicio en los viejos y nuevos centros de salud. Que se lo digan a los arquitectos que, crecidos bajo el paraguas de las Asociaciones de Vecinos, entraron a saco y bolsa en los planes de remodelación mientras diseñaban el futuro de sus talleres de urbanismo. Que se lo digan a los abogados laboralistas que, después de apoyar los pactos de la Moncloa, pasaron a perpetrar las reconversiones industriales, desmontaron las empresas públicas y negociaron su venta a las empresas privadas. O a los profesores y penenes que, después de despotricar de los cargos vitalicios, accedieron a cátedras y prebendas por la vía de la famosa idoneidad. A los periodistas que, luego de escribir contra el amo, se pusieron a estrechar con prisa la mano que les daba de comer en los restaurantes de moda. A las decenas de lectores del Libro Rojo de Mao que se fueron a Ferraz para comprar el libro rosa del antes socialista que marxista. A las decenas de cuadros sindicalistas que estrenaron sede, sillón, catadura y primera residencia en algún adosado de Majadahonda. A las decenas de cuadros leninistas de las periferias nacionalistas que descubrieron lo importante que era dejar de tener razón en el momento oportuno. A las decenas de escritores que ganaron amañados planetas, plazas o nadales exhibiendo ante papá Mercado los sufrimientos y horrores padecidos durante sus engañadas militancias comunistas. Novelas de perdedores para disfrutar en el salón de la casa rehabilitada o en el singular caserón rural reconstruido con el sudor de la frente ajena.

Que se lo digan. No creo que les moleste. La guerra fría la tienen bien guardada en la nevera. Quizá sonrían paternales mientras se preparan a alcanzar, si el colesterol y la crisis inmobiliaria se lo permiten, el paraíso prometido de la jubilación bien planificada: debajo del capitalismo estaba la playa del Inserso. Que se lo digan, pero quién, si los derrotados fueron convencidos de que estaban equivocados, si Xirinachs, como ejemplo, murió solo, triste, acallado y final.

No perdieron el tiempo. Fueron realistas y canjearon lo imposible por los posibles. Gentes con posibles que se decía por antaño. Pronto descubrieron que aquello de la lucha de clases era el mal sueño de una noche de mayo. No, no hicieron leña del árbol caído. Ya antes habían arramplado con todas las ramas, todas las hojas, todas la raíces, y subastado las semillas.

Con aquel capital simbólico, cruzaron las puertas del capitalismo. Si miran para atrás, ven su propio fantasma.
–Había algo que sonaba a broma en su discurso, que parecía el de alguien que se burlaba un poco de su propio pasado.

–Amigo, no te equivoques, se reía de vuestro futuro.
Constantino Bértolo es editor

Ilustración de Patrick Thomas