Dominio público

Es el feminismo, estúpido

Ana Pardo de Vera

Se habrán acostumbrado a oírlo: la revolución feminista es el movimiento más importante del siglo XXI, capaz de provocar los más importantes cambios sociales. Ahora están comprobando que la reflexión no va de farol y este viernes caerá un símbolo de la cultura machista inherente al deporte, particularmente, al fútbol: Luis Rubiales, presidente de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF), se ha visto obligado a irse tras agredir sexualmente a Jenni Hermoso, jugadora de la selección femenina y tras una victoria mundial de ésta; lo hizo públicamente, ante las cámaras de todo el mundo, cogiéndole la cabeza y plantándole un ósculo... Y disculpen que no hable de "beso", una palabra de connotaciones positivas en casi todos los contextos y que me repatea asociar a Rubiales y su vejación a Hermoso.

Me consta que más de una (y un) feminista estuvieron brindando el jueves por la salida forzada del casi expresidente de la RFEF, porque su caída de ese pódium de impunidad que se había construido no la han conseguido ni el poder ni las instituciones ni el Gobierno ni la elite del fútbol ni los patrocinadores ni el Papa; esa salida la ha logrado el feminismo unido y compacto detrás de Jenni Hermoso, que metió el gol definitivo al agresor con una acción meditada y muy bien asesorada (benditos sindicatos) pidiendo que se cumplieran los protocolos y la ley contra la violencia machista y el abuso de poder. Nada más.

A la víctima, contrariamente a quienes la reclamaban e incluso le reprochaban mantenerse en un segundo plano, nunca se le presiona; a la víctima se le protege y se le acompaña en todo momento. Si decide hacer algo, bien; si no, también: las feministas, particularmente quienes tienen visibilidad y/o influencia alguna, son las que deben actuar  sin tregua denunciando con contundencia y exigiendo responsabilidades. Siendo incómodas para el agresor, para sus cómplices, para aquellos a los que espanta perder sus privilegios históricos de hombre, para los que se dan por aludidos o para quienes miran para otro lado y callan. ¿Qué ha pasado con la elite del fútbol (masculina, claro) ? ¿Qué ha pasado con los clubes, los futbolistas milmillonarios de euros y seguidores en redes? ¿Les ha dejado mudos y escondidos la ola de calor? Qué papelón...

Rubiales cae por la rebelión pública contra una agresión sexual y habrá que investigar, desde el ámbito que corresponda, qué ha pasado con las presuntas presiones a la jugadora y su familia para hacer un vídeo a mayor gloria del machista o la autenticidad del comunicado de la RFEF con dudosas palabras entrecomilladas de la campeona Hermoso. Rubiales se va, pero el machismo intrínseco al fútbol se queda y ahí es donde hay que entrar: desmontar estructuras masculinas para montarlas igualitarias, como en todas partes. Un trabajo titánico que no puede hacer una jugadora sola, ni siquiera una selección de mujeres tan potente como la española. Hay que entrar hasta el último rincón del complejo y masculinizado mundo del fútbol con ellas para lograr expulsar, no solo a símbolos del machismo más salvaje como Rubiales, sino a todos los rubiales que, con más o menos vulgaridad, controlan un negocio donde los escrúpulos son, como mucho, el último factor a tener en cuenta. Recuérdese la Supercopa en Arabia Saudí.


El feminismo es la revolución del siglo 21 por excelencia y sin ella, ni Gobierno ni federaciones ni la FIFA... habrían actuado. Porque el grito unánime para echar a Rubiales ha convertido la victoria mundial de la selección femenina en un doble triunfo: el del fútbol y el de la igualdad. Marca España, esa sí. Gracias, Jenni y equipo; sigamos celebrando.

Más Noticias