Opinion · Dominio público

Las olimpiadas del despilfarro

Lidia Falcón

Abogada y escritora. Presidenta del Partido Feminista de España

Lidia Falcón
Abogada y escritora. Presidenta del Partido Feminista de España

En el barrio de La Latina, en el centro de Madrid, existía un centro deportivo antiguo, desportillado e incompleto, porque era el primero que se había construido en la ciudad, pero que tenía piscina cubierta, gimnasio, sala de musculación y duchas, insuficiente para abastecer a los cientos de miles de vecinos de los distritos Centro, Latina y Lavapiés, mas siempre mejor que la nada.

Hace cinco años, cuando el alcalde de la ciudad Alberto Ruiz Gallardón se endiosaba en las fastuosas obras que nos han arruinado, hizo el pomposo anuncio de que iba a construir un enorme centro deportivo en el lugar que ocupaba el viejo y desvencijado, al que se añadirían, ¡como no! unas instalaciones comerciales de super lujo. El proyecto incluía diseños de gran categoría, no sé si dirigidos por los arquitectos que se han hecho millonarios gracias a los megapalacios que nuestros delirantes gobernantes han construido en toda España, y a las maquetas sin construir también, y que iba a lograr el auge de un barrio depauperado y antiquísimo, cuyos habitantes en un gran número son mayores de 60 años y viven de jubilaciones escasas.

Como los negocios solo son rentables si se ponen en marcha enseguida, los bulldozers todoterreno demolieron en un abrir y cerrar de ojos el viejo centro deportivo y dejaron en su lugar un enorme solar triste y desolado. Y en eso llegó la crisis y, como cuando llegó Fidel, se acabaron los proyectos, los fastos y los gastos. Y el alcalde no tuvo el menor empacho en volver a salir a lucirse ante los micrófonos para decir esta vez que de momento no se podía construir otro centro deportivo, ni de lujo ni siquiera modesto. Y ahí tenemos ese barbecho, donde de noche retozan las ratas, en vez de una piscina y un gimnasio que los vecinos utilizábamos a falta de instalaciones mejores, que cada vez somos más viejos y estamos más cansados para trasladarnos a distancias mayores teniendo que utilizar metro o autobuses.

Pero el alcalde que arrasa edificios y no los sustituye no abandonó su delirante empeño de celebrar unas olimpiadas en la ciudad. Él mismo informó de que únicamente en la propaganda y los viajes que se realizaron para intentar la aprobación del comité Olímpico Internacional para Madrid 2016, se gastaron 600 millones de euros.

Pues bien, Gallardón ascendió hasta un ministerio y nos colaron a una alcaldesa que jamás hubiera debido serlo. Y a pesar de la crisis, de las obras inacabadas, de las grúas abandonadas en todos los arrabales de las ciudades y pueblos de la comunidad, la señora Botella vuelve a la carga con la candidatura olímpica Madrid 2020. Y con la imperturbabilidad que caracteriza a nuestros gobernantes, tanto ella como Rajoy aseguran que el 80% de las obras necesarias están realizadas. Y no les conmueve un ápice que se hagan públicas las carencias que están todavía sin cubrir, y que por mor de la brevedad solo relacionaré:

El estadio olímpico de la Peineta lleva en obras desde hace cinco años sin que concluyan ni se prosigan con un enorme solar con encofrados abandonados, cuyo coste nadie conoce.Hay que construir cuatro instalaciones deportivas nuevas: el canal de aguas bravas de La Gavia, para las pruebas de piragüismo, el centro de tiro de Paracuellos del Jarama, el pabellón de gimnasia y el canal de remo. Hay que reformar el Hipódromo de la Zarzuela, evidentemente envejecido.

Los presupuestos, absolutamente infiables y con toda seguridad inferiores a lo que serán los gastos definitivos, van sumando millones. Cuentan que los juegos costarían 2.419 millones de euros, y aunque aseguran que se pagarán con la venta de entradas y patrocinadores privados, si no se cubren gastos tendrán que hacerlo las administraciones.

Para terminar el centro acuático, urbanizar los terrenos y el anillo olímpico se precisan 368,6 millones. La villa Olímpica costará 576,3 millones. 77,9 para prolongar la línea de metro, la nueva estación de la villa y las conexiones sur y norte. Sumado al fondo de contingencias, las garantías locales ascienden a 490,5 millones. Hay que añadir que preparar Madrid para la cita, con seguridad, transportes, servicios médicos, infraestructuras, etc., costará 1.668 millones. Y todo esto en una ciudad que tiene una deuda de 7.430 millones de euros heredada de los delirantes proyectos de su más celebrado alcalde.

Creo que no son solo estas las infraestructuras que faltan, pero da lo mismo que se añadan 500 o 600 millones más por las conexiones entre estaciones de metro y centros deportivos. Las cifras marean en un contexto de aumento de la miseria en la capital de España. Cifras estratosféricas para construir instalaciones que solo se utilizarán durante quince días y que permanecerán más tarde abandonadas y deterioradas como todas las instalaciones olímpicas de todas las ciudades que las han organizado y que siempre perdieron dinero.

Pero es de suponer que nuestros políticos encuentran beneficios en semejante proyecto ya que lo apoyan entusiásticamente, como explicaba siempre la prensa franquista que era el modo en que los procuradores en Cortes de la dictadura recibían los proyectos del caudillo. Me gustaría que el señor Lissavetzky, conspicuo representante del PSOE en el Ayuntamiento me explicara cuáles van a ser los beneficios que va a obtener el pueblo de Madrid de semejante mega plan, ya que lo promueve sin condiciones. Y también me gustaría que IU nos hiciera el honor de contarnos por qué motivo, aunque diciendo que no está de acuerdo, afirma que “nunca pondrá palos en las ruedas” para la celebración de las olimpiadas. Porque si no está de acuerdo será también por algún motivo que muchos de los ciudadanos de Madrid, y especialmente a los que votaron esa formación política, desearíamos conocer, y si sus objeciones son reales y de peso, no cabe duda de que hay que poner todos los palos en las ruedas que se pueda para impedir que este nuevo delirio de nuestros gobernantes se haga realidad.

Delirio, que como en Atenas, nos hará mucho más pobres y nos añadirá una humillación más: la de comprobar que además somos mucho más tontos por permitir que nuevamente los gobernantes nos endeuden para llevar adelante sus carísimos delirios de grandeza. Aunque sospecho que para ellos, y sus socios y familiares y amigos, no se tratará sólo de obtener satisfacciones morales y estéticas, mientras las facturas las pagamos los ciudadanos que no disponemos ni de una modesta piscina.