Dominio público

Querido mundo, enfréntate a EEUU

NAOMI WOLF

08-05.jpgEs posible desenamorarse del propio país? Durante dos años me dediqué a documentar, exponer y alertar de la criminalidad de la Administración Bush y de sus ataques a la Constitución. Estaba segura de que cuando los ciudadanos norteamericanos supieran lo que se estaba haciendo en su nombre reaccionarían con horror y furia.

Hace tres meses, la Administración Bush seguía aferrada al mismo discurso que ha mantenido durante los últimos años: "No torturamos". Ahora, un informe de Médicos Sin Fronteras saca a la luz los traumas de los detenidos en manos norteamericanas; un informe de la Cruz Roja confirma tortura y crímenes de guerra; el libro The Dark Side, una impecable investigación de Jane Mayer, expone conclusiones contundentes: tortura pergeñada y orquestada desde arriba; The Washington Post ofrece a sus lectores un vídeo del interrogatorio abusivo de un menor canadiense, Omar Khadr, a quien se puede ver mostrando sus heridas abdominales todavía sangrantes, llorando y suplicando a sus captores.

De manera que la verdad ha salido a la luz y está a disposición de todos. Pero Estados Unidos sigue durmiendo, preocupada únicamente por su peso y paseándose por el centro comercial. Estaba segura de que, después de tantas pruebas, miles de norteamericanos estarían organizando vigilias en Capitol Hill, los líderes religiosos estarían pidiendo el perdón de Dios y que surgiría un sentimiento popular de repulsión. Y, sin embargo, nada de esto ha ocurrido. Un contacto en el mundo religioso me explicó: "A las iglesias tradicionales no les importa, porque son republicanas. Y a las sinagogas tampoco, porque los prisioneros son árabes". Supe entonces que ya no podía seguir enamorada de mi país. Si esto es lo que somos, no merecemos nuestra Constitución ni nuestro estatuto de derechos.

Ni siquiera el sistema judicial, tan elogiado en EEUU, ha logrado refrenar los abusos. Una corte federal dictaminó que el sistema de tribunales militares –Cámaras Judiciales injustas donde la evidencia obtenida a partir de la tortura se utiliza contra el acusado– puede proseguir. Otra corte ha dictaminado recientemente que el presidente puede considerar "combatiente enemigo" a cualquiera en cualquier lugar y detenerlo indefinidamente.

De modo que los norteamericanos están cooperando con un régimen criminal. Nos hemos convertido en una nación fuera de la ley –un claro peligro para el derecho internacional y la estabilidad global– entre países civilizados que han sido nuestros aliados. También figuramos –con justa razón– en la lista de Canadá de países criminales que torturan.

Europa sigue excitada con la reciente visita de Barack Obama. También muchos norteamericanos esperan que su victoria en noviembre haga desaparecer esta pesadilla. Pero no el es momento de ceder a falsas ilusiones. Si gana las elecciones, Obama será un presidente debilitado: la Administración Bush ha creado un aparato transnacional que Obama, sin una intervención global, no podrá controlar ni mucho menos desmantelar.

Las empresas de seguridad privada –como Blackwater, por ejemplo– seguirán operando, sin ser responsables ante el presidente o ante el Congreso y sin estar comprometidas por tratados internacionales. Con toda seguridad, los fabricantes de armas, la industria de las telecomunicaciones y el mercado de vigilancia global, que mueven miles de millones para mantener la "guerra contra el terrorismo", desplegarán un ejército de lobbies profusamente financiado para defender sus intereses.

Es más, si resulta elegido, Obama se verá limitado incluso por su propio partido. En EEUU, los partidos guardan una escasa semejanza con las disciplinadas organizaciones en las democracias parlamentarias de dentro y de fuera de Europa. Y los demócratas estarán aún más divididos si, como muchos esperan, los miembros conservadores derrotan a los republicanos afectados por su asociación con Bush.

Recientemente, algunos demócratas lanzaron audiencias parlamentarias sobre los abusos de poder de la Administración Bush. Desafortunadamente, casi sin cobertura mediática, existe escasa presión para ampliar las investigaciones oficiales y asegurar una responsabilidad auténtica.

Sin embargo, mientras que la presión popular no ha funcionado, el dinero sigue mandando. Necesitamos sanciones de países civilizados dirigidas contra EEUU, lo que incluye una retirada de capital internacional. Muchos estudios han demostrado que vincular la inversión extranjera a la democracia y a la reforma de los derechos humanos resulta efectivo, y no existe ninguna razón para que no pueda ser efectivo contra la superpotencia del mundo.

También necesitamos una estrategia coordinada internacionalmente para procesar a los criminales de guerra en toda la cadena de mando –por ejemplo, con países que presenten cargos individualmente, como hicieron Italia y Francia–. Si bien EEUU no ha firmado el estatuto que estableció la Corte Penal Internacional, las violaciones del Artículo 3 de la Convención de Ginebra hablan de crímenes de guerra por los que cualquier persona –y potencialmente incluso el presidente norteamericano– puede ser juzgado en cualquiera de los otros 193 países que forman parte de la convención. Todo el mundo puede cazar a estos criminales.

Un EEUU al margen de la ley es un problema global que amenaza al resto de la comunidad internacional. Si este régimen sigue desobedeciendo el derecho internacional, ¿qué va a impedir que la próxima administración –o esta misma, bajo su plan secreto de sucesión en el caso de emergencia– siga adelante y ponga en la mira a sus opositores políticos?

En este momento, los norteamericanos somos incapaces para ayudarnos a nosotros mismos. Al igual que los drogadictos o los enfermos mentales que se niegan a recibir tratamiento, necesitamos que intervengan nuestros amigos. Así que recordemos cómo éramos en nuestros mejores momentos y hagamos algo para salvarnos –y salvar al mundo– de nosotros mismos.

Tal vez entonces pueda volver a enamorarme de mi país.

Naomi Wolf es cofundadora de American Freedom Campaign 

Copyright: Project Syndicate, 2008

www.project-syndicate.org

Traducción de Claudia Martínez

Ilustración de Javier Olivares