Opinion · Dominio público

Rebelión democrática; Europa tendrá que ser el principio

Antonio José Antón

 , Jorge García Castaño, José Manuel Martín Medem, Israel Mogrovejo, Manolo Monereo  y Tania Sánchez

 Antonio José Antón, Jorge García Castaño, José Manuel Martín Medem, Israel Mogrovejo, Manolo Monereo  y Tania Sánchez

Las políticas de austeridad, machaconamente presentadas como  “las necesarias medidas para la salida de la crisis”, han situado a amplios sectores de la sociedad en condiciones materiales cada vez más incompatibles con el ejercicio efectivo de los derechos formalmente reconocidos en la Constitución del 78.

Además de ello, los sucesivos escándalos de corrupción, no sólo del bipartidismo sino del conjunto de las élites económicas, políticas  e institucionales (con la monarquía a la cabeza), han dejado a la vista el saqueo al que las clases dirigentes han sometido al país. Una minoría privilegiada que ha puesto sus propios intereses por encima de las necesidades de la gran mayoría, empobreciendo brutalmente a la gente común e hipotecando su futuro por muchos años.

Europa remata estas condiciones de crisis de régimen, entendida ésta como la ruptura del viejo pacto social y político, y el inicio de un periodo conflictivo de transición.

El sueño idealizado que nos garantizaba, mediante la integración Europa, nuestra conversión en la sociedad democrática, moderna y desarrollada que aspirábamos a ser, se ha transformado en la pesadilla de un poder supranacional que anula los supuestos de soberanía nacional-popular, nos impone un duro presente y augura un nada alentador futuro.

En estas condiciones las encuestas, interpretadas como tendencias más que como previsiones cerradas,  señalan un clima social proclive a un cambio de modelo y, sobre todo, muestran un comportamiento electoral que apunta a un cambio profundo en la manera de entender el  juego político. El eje izquierda-derecha explica muchas cosas, sobre todo en Europa, pero según avanza la crisis vemos como cada vez adquiere mayor relevancia, en la percepción subjetiva de cada proyecto político, la posición que ocupamos en relación con el  dentro-fuera del poder político heredado de la Transición.

A nuestro juicio, el desplome del bipartidismo, la subida de las opciones hasta ahora minoritarias y el altísimo porcentaje de abstencionistas, nos sitúan en un nuevo escenario de percepción en el que se da una tríada entre; quienes siguen confiando en los representantes del modelo actualmente en crisis, quienes buscan una alternativa a ese modelo y un amplio bloque de desafectos o sin voluntad de tomar partido.

Desde esta percepción del escenario, es importante seguir erosionando el apoyo al bipartidismo, y ser parte de una alternativa clara,  pero lo es más llegar a esa parte cada vez más importante de la población que aparece (por ahora) alejada de cualquier opción electoral.

IU ha venido reclamando y lanzando, como eje central de su discurso, una apuesta inequívoca por una rebelión democrática que señala con claridad el carácter sistémico de esta crisis, así como la urgencia de la articulación de un contrapoder popular que permita  resistir los ataques contra los derechos sociales y avanzar hacia un nuevo escenario en el que el poder constituyente sea el protagonista de la construcción de una nueva institucionalidad.

Distintos sectores políticos, movimientos sociales, mareas ciudadanas, y las múltiples iniciativas que están surgiendo en búsqueda de  la convergencia social y política de los actores de la izquierda, coinciden cada vez más con estas posiciones.

Se trata de devolver el poder al pueblo.

La izquierda política tiene que afrontar la próxima cita electoral como lo que es: el inicio de un ciclo que culminará con las elecciones generales y, por tanto, una primera oportunidad para las fuerzas transformadoras que aspiran a convertirse no sólo en una alternativa de gobierno sino a construir con otras una alternativa de poder.

Es tiempo de audacia política, de estar a la altura del momento histórico y de asumir la responsabilidad que nos corresponde. Las elecciones europeas pueden marcar de forma importante el resto del ciclo, son las primeras en las que el bipartidismo puede ser derrotado.

Para ello, será crucial la conformación de una gran alianza en la que Izquierda Unida apueste por el trabajo colectivo y participado desde abajo para  la construcción de la propuesta programática, no sólo de cara a elecciones, sino de cara a crear propuestas de futuro imaginables e ilusionantes.

Esta apuesta programática, para ser una verdadera alternativa, no puede desligarse de la construcción de  candidaturas.  A pesar de las dificultades en la elaboración de una lista electoral, abrirlas a liderazgos sociales que transmitan los valores que queremos proyectar será clave para nuestra credibilidad. Este planteamiento no debe buscar sólo el acuerdo y la comodidad de las fuerzas de la izquierda, sino que sobre todo, debe pensarse para la tarea realmente importante, ilusionar  a la  gente común en un proyecto de cambio posible.

Lo que define el momento político que vivimos es la disputa del respaldo de las mayorías sociales entre el bloque que aspira a algún tipo de restauración de las viejas reglas del juego (al precio social que eso implique) y el bloque, todavía en construcción, que aspira a desbordar y profundizar la democracia actual  en la construcción colectiva de un proyecto de futuro.

Por tanto, el objetivo estratégico para  la superación del bipartidismo, en las urnas y en la sociedad,  es convertir las elecciones europeas en un referéndum contra el tinglado político-institucional y la Troika, en el que predomine una agenda de temas internos cuya resolución se vincula de manera imprescindible con la política europea. Es imprescindible, también, introducir en el debate la necesidad articular una alianza entre los países  del sur europeo, para la transformación de Europa y de sus relaciones centro-periferia, sin olvidarnos que será en los Estados donde verdaderamente se dispute el cambio en la correlación de fuerzas que permita impugnar el viejo marco político.

Por último, hemos de ser muy conscientes que la desafección con el modelo implica también el derrumbe de un sistema de reparto de identidades sociales colectivas. Ante esta identidad colectiva en crisis, la alternativa no romperá la tónica de la desafección reinante mientras no sea capaz de crear referentes subjetivos nuevos. En un marco de colapso económico e institucional, debemos comprender que lo  más importante es la regeneración de un vínculo subjetivo colectivo, y por tanto emocional.

Este es el potencial discursivo de ubicar en el medio plazo un proceso constituyente que diseña y construye un nuevo pacto social, un nuevo proyecto de país, sobre el que volver a trabajar la política al por menor y al que vincular las distintas luchas concretas.

La situación nos obliga a actuar de manera urgente en todos los frentes: las alianzas políticas y sociales en el seno de la izquierda, los espacios de construcción de cotidianidades alternativas y, sobre todo, en la conquista y movilización de los hoy no movilizados, quienes de verdad constituyen la mayoría social.

No son tareas fáciles, pero la principal es asumir definitivamente nuestra vocación de mayoría, obligándonos a  pensar en grande, a trascender las miserias orgánicas cotidianas.

La ventana de oportunidad no estará eternamente abierta, no tenemos todo el tiempo del mundo, hay que ser audaces, y hay que serlo ahora.