Dominio público

Europa, guerra y paz

Toni Ramoneda

Comunicólogo y co-responsable del observatorio de discursos y contra-discursos europeos de la Universidad de Franche-Comté

Toni Ramoneda
Comunicólogo y co-responsable del observatorio de discursos y contra-discursos europeos de la Universidad de Franche-Comté

A finales del siglo XIX el filólogo suizo Ferdinand de Saussure explicó que la lengua es un sistema de signos que funciona por oposiciones binarias: arriba/abajo, blanco/negro, si/no... y que nuestra capacidad para representarnos el mundo y, por lo tanto, nuestra posibilidad de expresarnos, se sustentan en la oposición entre lo que es y lo que no es, porque las cosas o son o no son.

La narración política de la modernidad se ha construido, por decirlo así, según una semiótica saussuriana. Los signos del espacio público son distribuidos de manera binaria y representan polos opuestos que producen sentido mediante procesos de discusión. En las clases de Saussure el ejemplo clásico era el gato: existe una realidad inamovible que todos conocemos (el gato) y un signo lingüístico para representarlo (gato, cat, gat...) Este signo tendrá connotaciones distintas según el adjetivo que lo acompañe (negro, miedoso, pardo...) y las representaciones culturales ligadas al sistema lingüístico que utilicemos. La invención de la política moderna trajo consigo una multitud de realidades parecidas al gato: "el burgués", "el proletario", "el patrón", "la dominación", "la propiedad", "el capital", "el pueblo", "la nación"...Estos vocablos integraron sistemas de representación, adquirieron connotaciones y pasaron a formar parte del discurso político común y de nuestro sistema de oposiciones. En este sistema cada signo requiere de su contrario para existir: sólo puedo ser burgués si no soy proletario y viceversa.

Las cosas o son o no son.

Sin embargo, como el mundo cambia, algunos vocablos desaparecen y otros cambian de sentido. Así, por ejemplo, al patrón se le llama hoy emprendedor. Pero entonces, mientras que a patrón se le opone empleado ¿qué podemos oponer a emprendedor? Desde un punto de vista discursivo, lejos de imponerse, los trabajadores han perdido la batalla y a esto se le llama dominación ideológica: o somos emprendedores o no somos nada.

Las cosas son las que son…

Inventar vocablos, reivindicar oposiciones (seguir luchando) es lo que se espera de los discursos políticos y la ausencia de esta actitud es la critica que más se le hace a la socialdemocracia europea. Y en ese arte de la no lucha, François Hollande es el Rey. Fue elegido en mayo de 2012 con una promesa de cambio pero lo que realmente le permitió ganar las elecciones fue su capacidad de síntesis. Su capacidad para asumir y canalizar las distintas corrientes del PS. Desde el ala más a la izquierda encarnada por Arnaud Montebourg, convertido en ministro para "la productividad" hasta el ala más conservadora de Manuel Valls (ministro del interior), la corriente liberal de Pierre Moscovici (ministro de economía), los ecologistas de Cécile Duflot (Ministra de vivienda) o la radical Christianne Taubira (ministra de justicia). Los signos en el hollandismo los encarnan las funciones y sus portadores y las oposiciones se producen entre ministros: Valls (ministro del interior partidario de la represión) se enzarza en una discusión con Taubira (ministra de la justicia partidaria de la reinserción); Montebourg (ministro encargado de relanzar la productividad del país) se enfrenta a Moscovici (ministro encargado de mantener la austeridad presupuestaria) y así sucesivamente. Los más cínicos hablan de la inteligencia estratégica del Presidente, los críticos lo tachan de blando e indeciso y la oposición de incapaz o incompetente.

Aceptemos, aunque sea por inocencia, que detrás de estas oposiciones personales haya una voluntad de crear discurso: oponer la represión a la reinserción o la productividad a la austeridad en el seno del mismo gobierno sería una forma de obligar por un lado a los ministros a encontrar soluciones más allá de corrientes o postulados ideológicos y por el otro, de crear el lenguaje necesario para explicarlas.

Casi al mismo tiempo que Saussure, un filósofo, en este caso americano, Charles S. Peirce introdujo la posibilidad de una tríada entre lo que es, lo que no es y lo que se interpreta. No negaba que la realidad existiera, simplemente recordaba que el enunciado "las cosas son o no son" responde a una determinada interpretación del mundo. Una interpretación que parte, además, de la distinción teológica entre lo natural (el bien) y lo cultural (el mal). Para Peirce la realidad, su representación y la interpretación que hacemos de ella no pueden considerarse como cuestiones separadas entre sí. De ahí nacería el pragmatismo filosófico.

Las cosas son y no son.

Tomar en serio el pragmatismo puede ser entonces un signo de madurez política e incluso de reivindicación de la laicidad. Y además, esto es Europa. Nos guste o no, Europa es y no es. Europa es Bruselas y sus Estados miembros. Europa es la Troika y sus ciudadanos cada vez más escépticos. Europa es un presidente del Consejo Europeo que dice en St. Petersburgo que la comunidad internacional debe parar el baño de sangre en Siria pero que la fuerza militar no resuelve nada y también es un presidente francés que querría una coalición para intervenir en Siria y el parlamento inglés que rechaza la intervención. Europa es la necesidad para veintisiete países de recuperar influencia en el mundo y su incapacidad para construir una voz común. Europa es hollandista porque se auto-impone la síntesis como ejercicio político. Pero ello implica asumir la incertidumbre hasta sus últimas consecuencias porque nadie, ni siquiera Hollande, sabe lo que esto significa: guerra o paz.

Las cosas como son...