Dominio público

Repensar Barcelona

ASSUMPTA ROURA

10-30.jpgTreinta años de Gobierno socialista en Barcelona, con o sin mayoría, merecen un repaso, aunque sea de urgencia, para atisbar indicios del futuro inmediato de una ciudad que aspira al reconocimiento mundial.

El pasado fin de semana se celebró el Congreso de los socialistas barceloneses con cambios en la cúpula y el propósito de cerrar una etapa en la que los elegidos fueron los utópicos de antaño. La realidad, por su estrechez, choca con los sueños y dificulta el cálculo de la distancia entre realidad y deseo, aunque deje la herencia nada desdeñable de nombres y propuestas en absoluto anodinos: Narcís Serra, Pascual Maragall y Joan Clos, elegidos democráticamente para conjurar la ciudad de las sombras dictatoriales y llevarla al escaparate del supermercado de una postmodernidad finiquitada con el cierre del siglo XX. Es pronto para enjuiciarles: no hay distancia ni datos suficientes para un mínimo rigor en lugar del prejuicio compulsivo. Tampoco se trata de eludir la crítica.

Tras el largo ensimismamiento olímpico, la autocomplacencia llegó al límite y el lento despertar a la nueva realidad fue duro: el sueño creativo de diseños al por mayor dejó no pocas víctimas por la implantación del nuevo imperio mundial que sustrajo, a su favor, la cultura, el Todo como cultura, para gancho de atracción y souvenir turístico. Barcelona no iba a ser menos: la historia ya contemplaba que la costa catalana fue pionera en la creación de mano de obra precaria al servicio de turistas altos y rubios.

Sin el tejido industrial de antaño y con exceso de incertidumbre, ha sido bienvenido el turismo de masas como fuente de riqueza que emplea, de camareros, a hornadas de licenciados universitarios como nueva mano de obra barata y a una amplia red de trabajadores autónomos con chiringuito-café propios, redefinidos, gracias al imperio de las escuelas de negocios y sus coartadas lingüísticas, como "nuevos emprendedores". El pack de la nueva cultura adjuntó el Fórum de las Culturas al muestrario de una nueva épica para almas ingenuas. Y entonces surgió la cultura de la queja. Te odio Barcelona se titula un libro recién publicado de varios jóvenes escritores que no he leído pero me han contado. Barcelona odiosa por el ruido ensordecedor del tráfico, obras inacabables, turistas de borrachera nocturna promotores de insomnio; Barcelona inventando fiestas populares cual vendedora de felicidad por barrios; deseada por altos ejecutivos con sueldos extranjeros; y en barrios emblemáticos o marginales, familias numerosas de nuevas migraciones hacinadas en pocos metros. La ciudad más cara de España ha despreciado a sus clases medias y estas se lo han pagado con la misma moneda.

El cambio ritualizado el pasado fin de semana era inevitable. Lo comprendió, con eficaz intuición, el hasta ahora secretario general de la Federación socialista de Barcelona, diputado y portavoz adjunto del PSC en el Parlamento catalán, Joan Ferran, al ver que, a veces, la vida se transforma en metáfora viva sin desmejorar su crueldad fantástica cuando el barrio del Carmel, icono de anteriores migraciones, se vino abajo en un derrumbe televisado. "El volcán tiene una gran fuerza pedagógica para quienes viven en sus inmediaciones y conocen su fuerza destructora", escribe el filósofo Rafael Argullol, cita que, consta, anotó Joan Ferran para preparar a una nueva generación acorde con las nuevas exigencias. Sus herederos, Jordi Hereu, actual alcalde de Barcelona, y Carles Martí, primer teniente de acalde, ambos con un discurso que incide en la necesidad de un cambio de rumbo en la huida hacia adelante que había tomado el gobierno de la ciudad.

El poder y quienes lo ostentan, como ocurre en la vida, gasta y desgasta, y se prefieren sus luces a sus sombras. Esta inclinación fieramente humana no justifica que se acomoden en el deslumbramiento mientras el número de votos cae en picado sin que venga empujando el impulso alentador de una fuerza política alternativa, puesto que la ganancia contra todos se la llevó la altísima abstención obtenida y jamás imaginada que puso en escena el mayor esquinazo que los votantes dieron a sus políticos al margen del programa que representaran. La nueva abstención no juega a favor de los conservadores –porque Barcelona no lo es–, pero obedece a políticas de alejamiento social que excluyen el cansancio como respuesta. Si Catalunya se pronunció conservadora –y mantuvo al gobierno de CIU durante más de veinte años en el poder–, su capital apostó por el socialismo. Duro golpe al nacionalismo, cuyo empeño por frenar iniciativas de refuerzo a la capital lograron atrasos aún visibles: metro, trenes, aeropuerto, redes eléctricas y, por qué no, la cultura, enlazan con la fuerza operativa de la endogamia nacionalista más que con controversias internas del Gobierno municipal, aunque no faltaran. La sigilosa implantación del nacionalismo sociológico obligó a la distracción de los problemas reales hacia supuestos de mayor altura.

¡A pisar la calle!, ordenaba el alcalde Jordi Hereu, ya presidente de la renovada federación. Sí: pero con el alma del ciudadano medio actual, frágil por los cambios tecnológicos, mundiales y extremos a los que se resigna, que no en vano también él ha de soportar las inclemencias de permanecer en el escaparate mundial con algo de sus beneficios. Reconducir Barcelona no significa atender la tentación de los conservadores de eliminar su caos, que viene de siglos, sino de otorgarle un sentido coherente, reconocible y visiblemente humano. O, de lo contrario, Dios seguirá jugando a los dados.

Assumpta Roura es escritora e investigadora en Sociología de la Comunicación en la universidad de Montpellier

Ilustración de Mikel Jaso