Dominio público

Vuelven los sujetos sociales

Antonio Antón

Profesor honorario de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid, y autor del libro Ciudadanía activa

Antonio Antón
Profesor honorario de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid, y autor del libro Ciudadanía activa

Los sujetos sociales nunca se habían ido; aparte del movimiento sindical, ampliamente representativo, existía un extenso tejido asociativo, una gran parte de carácter solidario. Las clases sociales tampoco se habían ido. Han sido la referencia principal para interpretar las sociedades desarrolladas en estas últimas décadas. La existencia de las clases medias siempre ha estado presente en el ámbito político y mediático.

No obstante, se habían difuminado, por un lado, los movimientos sociales y la existencia de las clases trabajadoras, con su fragmentación y pasividad, y por otro lado, la de las élites dominantes que aparecían, sobre todo, como la representación de la voluntad popular o las portadoras del interés general. Parecía que el sistema político-electoral era el cauce fundamental y casi exclusivo para expresar las demandas populares.

Sin embargo, desde hace ya varios años, asistimos a un cambio profundo del papel de los sujetos sociales y su impacto sociopolítico (desde el movimiento 15-M, las mareas ciudadanas o la Plataforma contra los desahucios, hasta el movimiento sindical, el feminista, el ecologista o el vecinal), con cierta disociación entre ciudadanía (indignada o crítica) y clase gobernante, gestora de la austeridad. Es necesaria una nueva interpretación para ver las dinámicas de fondo del cambio social y político.

Con la crisis económica y las políticas liberal-conservadoras de la élite gobernante, con el incumplimiento de sus compromisos democráticos y sociales, emerge nuevamente entre la opinión ciudadana la existencia de un grupo de poder, financiero e institucional, que practica una ofensiva regresiva. Se visualiza una clase dominante con un carácter oligárquico, antisocial y autoritario confrontada con los intereses y demandas de la mayoría de la sociedad.

A su vez, se ha generado un nuevo ciclo de la protesta social progresista, una nueva dinámica sociopolítica, tal como explico en el libro Ciudadanía activa. Opciones sociopolíticas frente a la crisis sistémica (ed. Sequitur). Expresa la existencia de una corriente social indignada de carácter democrático. Una ciudadanía activa, basada en capas sociales descontentas y subordinadas, pugna contra la involución social y democrática. Tienen una base social popular, es decir, interclasista de clases medias y trabajadoras, incluyendo sectores precarios y desempleados.

Además, se ha producido una polarización con el poder económico, financiero y gubernamental. En la agenda sociopolítica ha reaparecido un amplio y prolongado conflicto social. Es distinto a los procesos de la etapa anterior. Es la suma y convergencia de movilizaciones y grupos sociales pero, sobre todo, es la superación de cierta fragmentación representativa y expresiva, con una mayor dimensión, duración y polarización sociopolítica. Se va configurando una identificación del adversario común, así como una conciencia emergente de un bloque social alternativo y democrático en defensa de la mayoría social que padece el paro masivo, la austeridad y los recortes sociolaborales y de derechos, con una gestión política regresiva, aspectos que aparecen como el blanco de las movilizaciones y la deslegitimación del poder financiero e institucional, incluido el europeo.

Se reconfiguran las clases sociales en su dimensión de actores y vuelven al espacio público sujetos sociales con una dinámica de empoderamiento ciudadano frente a los poderosos. Se reafirma una cultura cívica de justicia social, se conforman nuevos y renovados sujetos colectivos con fuerte impacto sociopolítico, con un laborioso proceso, lleno de altibajos y vacilaciones, de conformación de una representación social, unitaria y arraigada en un amplio tejido asociativo. Ha empezado a tener repercusión en el ámbito electoral y la incógnita y la expectativa pública es en qué medida se va a expresar en los próximos procesos electorales, cómo se va a articular su representación política, hasta dónde va a influir en la renovación y reequilibrio entre las izquierdas y en el cambio político e institucional.

De una parte, las clases dominantes, con ocasión de la crisis económica han iniciado una fuerte ofensiva contra las condiciones y los derechos sociales, económicos y laborales, con una dinámica impositiva y autoritaria y sin respecto a sus compromisos sociales y electorales. No se ve la regeneración democrática ni la recuperación económica para ciudadanos y ciudadanas. Las clases dirigentes, el poder financiero e institucional, están imponiendo un retroceso social y económico, una situación de paro masivo y prolongado, un deterioro de las condiciones materiales de la mayoría de la población, una mayor incertidumbre vital y un debilitamiento de la calidad democrática de los sistemas políticos. Se visualiza de forma amplia que no defienden el ‘interés general’ sino, sobre todo, sus propios intereses de élite dominante, y la mayoría de la sociedad desconfía de ella.

De otra parte, se ha producido un nuevo ciclo de la protesta social progresista, de carácter popular. Particularmente en España, desde el año 2010, estamos en una etapa sociopolítica distinta, con una corriente social indignada muy amplia frente a las graves consecuencias de la crisis y la gestión política dominante de austeridad y recortes sociales y por la democratización del sistema político. Se ha ido configurando una ciudadanía activa, con diversos movimientos sociales y procesos masivos de opinión crítica, acción popular o resistencia colectiva, enfrentada con las políticas antisociales y sus responsables económicos y políticos y con gran legitimidad entre la mayoría de la sociedad.

Se han ido conformando dos campos sociopolíticos, por un lado, los ricos y poderosos y, por otro lado, las capas populares, representadas socialmente por distintos movimientos y grupos progresistas, que no se resignan a la involución social y política. En medio, sectores más o menos confusos, temerosos, adaptativos o ambivalentes. Se visualiza más y mejor el polo del poder o la dominación, aunque sus contornos sean imprecisos y su denominación diversa. En todo caso, se piensa en una minoría elitista, compuesta por ricos y gobernantes (los de arriba).

Al mismo tiempo, persiste y se reafirma una amplia actitud cívica diferenciada de los poderosos, con un comportamiento sociopolítico enfrentado a su gestión económica e institucional impopular, que permite la emergencia de una identificación de carácter popular. No es una conciencia pura, de clase trabajadora o de clase media; en ese sentido se puede decir que es ‘interclasista’. Se trata de una percepción de no pertenencia a las élites o grupos dominantes, de ver sus intereses y demandas como distintos y confrontados con ellos y sentirse subordinados, perdedores o en desventaja (los de abajo).

Esa conciencia popular está asentada en una cultura cívica de justicia social y defensa de los derechos sociales y democráticos. Se ha reafirmado frente al embate recibido por el reparto desigual y regresivo de los costes de la crisis y la política de austeridad dominante, superando la completa resignación y el fatalismo que promovía el poder y su aparato mediático. Esa actitud crítica es suficientemente consistente y persistente como para vaticinar su continuidad inmediata y mantener una fuerte legitimidad social. Se ha ido generalizando en una base social diversa de capas trabajadoras, más o menos cualificadas y con una situación laboral más o menos precaria, así como de capas medias, bloqueadas, descendentes o con incertidumbre, especialmente en los ámbitos de aplicación de profundos recortes (enseñanza, sanidad...).

Por tanto, se puede hablar de una diferenciación y una pugna entre clases populares, representadas por distintos agentes sociopolíticos, y élites dominantes, reflejadas en el poder financiero, económico e institucional, junto con sectores significativos más indecisos, con retraimiento cívico o solo con procesos individuales adaptativos.

La desafección hacia la cúpula socialista y sus dificultades para recuperar la credibilidad social y electoral perdida, manifiestan que la brecha social y de desconfianza de una parte de su anterior base social ha sido muy fuerte, que los intentos de dar una imagen de renovación son insuficientes y que sigue sin poder representar adecuadamente esa corriente popular indignada. El bipartidismo pierde apoyos ciudadanos, por sus responsabilidades en la gestión antisocial y poco democrática de la crisis. No obstante, la dimensión y el ritmo de la evolución del campo social y el campo político-electoral e institucional son desiguales y obedecen a mediaciones y mecanismos distintos.

La doble dinámica, de continuidad de la protesta social progresista y la consolidación de sus agentes, junto con el mayor o menor acierto de las izquierdas políticas, definirá el proceso de derrota de las derechas y sus políticas regresivas, así como el avance hacia una Europa más social, democrática y solidaria.