El fin de la clase media… y el arranque de Podemos

Víctor Sampedro
Catedrático de Comunicación Política de la URJC

Los libros de gestión empresarial y de autoayuda se apilan en los quioscos de los aeropuertos y otros “no-lugares”. Lecturas para gentes (¿personajes?) que, como en la película, Up in the air de G. Clooney “están en aire”: en tránsito, sin suelo firme, ni quizá un hogar digno de llamarse así. Usted – que hace tiempo que se siente en caída libre y sin red – ahórrese una pasta comprando el último libro de Esteban Hernández. El fin de la clase media, que así se titula, sostiene que la franja social mayoritaria a la que usted creía pertenecer y que era la base del capitalismo y el Estado de Bienestar, se hunde. Su universo de valores ha perdido sentido. La fidelidad, el esfuerzo y el compromiso ya no encajan en las trayectorias de éxito laboral… tampoco en el plano familiar o afectivo. Y para acabar, en medio del cabreo y para rematar el despropósito, sopesa votar a Podemos. Pero eso lo dejaremos para el final.

El desplazamiento de la clase media en el orden socio-económico; también lo es en el plano moral y el cultural. Leyendo a E. Hernández se evitará un montón de otras lecturas. Porque tiene el mérito de haber recogido los Estudios Críticos de la Gestión – que describen a los ejecutivos y controladores de recursos humanos – y completarlos con los Estudios Culturales – que se ocupan de “la producción” de consumidores. Por si fuera poco, este repaso de teorías sociales se conjuga con referencias al psicoanálisis. El tránsito del puesto de trabajo al diván del psicoanalista resulta natural. Y, ofreciendo bonus track, pistas gratis, mientras el autor nos habla de economía política, ejerce de pincha discos, ofreciéndonos la banda sonora de nuestras biografías.

Porque el libro es también una historia del rock. La música popular ha constituido la despensa emocional de las resistencias de la clase media a ser formateada para la cadena de montaje o de despiece, de consumo o de compraventa de su fuerza de trabajo. Canciones que componen también un álbum sonoro y familiar de renuncias y derrotas, asumidas con nihilismo o cinismo. Y podrán ustedes constatar que en el Reino Unido Sid Vicious y la Dama de Hierro acabaron dándose la mano… como aquí (añado) Ramoncín y el felipismo, Mecano y Ana Botella.

Por si fuera poco, el excelente periodista que firma este tremendo ensayo ofrece un relato colectivo. Para ello recurre al estilo etnográfico de la sociología más audaz; por ejemplo del último R. Sennet. E. Hernández trufa tesis académicas bien explicadas y mejor ilustradas aún con las crónicas de sus (des)encuentros con emprendedores, directivos, precarios y desahuciados de toda ralea. Al final, compone una crónica viviente de nuestra época. Las tramas personales forman un retrato coral de vidas cruzadas, dibujadas con el realismo sucio que practicaría un R. Carver amable, empático con los entrevistados. El periodista examina las maltrechas subjetividades de la burguesía y de las clases bajas que creyeron alcanzar las cumbres más altas para acabar sumidas en la debacle. Y también ejerce de (psico)analista social: desvela la maraña de deseos que les movían en aquel ascenso social ilusorio y el abismo del miedo que ahora les inmoviliza.

El fin de la clase media es un libro de ráfagas de no más de cinco páginas, que sumadas componen ofrecen sucesivas catas de realidad. Acumula capas de lectura, con el estilo compositivo de sus admirados Vibracathedral Orchestra o No-Neck Blues Band. El autor charla con los líderes de estas bandas, re-mezclándolos como un DJ con otros relatos de profesionales liberales en crisis. Así desvela las conexiones y capilaridades entre lo macro y lo micro. Cambios estructurales de enorme calado – p.e. el paso de la economía productiva a la financiera o de las redes clientelares a las digitales – se ponen en relación con el disciplinamiento de los ciudadanos, como trabajadores y consumidores. La angustia ante el empobrecimiento y la precarización, la insostenible llamada a la innovación permanente y la obsolescencia de los valores tradicionales encajan en un sistema de producción basado en la supervisión y el control. Las burocracias empresariales monitorizan y gestionan recursos humanos, considerados más como recursos que como humanos. Un entorno de competencia feroz e inseguridad impera en los mercados de trabajo marginales. Precarios, autónomos auto-explotados, exiliados económicos, empleados por debajo de sus posibilidades, pymes en banca rota… componen una cada vez más famélica legión. Y parecen dispuestos a engrosar las filas del autoritarismo nacionalista o xenófobo y otras formas de populismo.

Porque sí (y no podía ser de otra forma) este libro también trata de Podemos. Y de una crisis que ha sido provocada por “gentes que arriesgaban sabiendo que nunca perderían”. Instalados en la cúspide de la pirámide socio-laboral, desde sus negocios piramidales, la casta ejecutiva (líderes, ejecutores y supervisores) es la única que importa salvar. “Demasiado importantes para caer”. Mientras, que la base laboral – precarizada, descualificada y deslocalizada – es intercambiable. “Que se jodan”. En consecuencia, cunde la indignación con dos vías de escape y otras tantas traducciones electorales. El miedo, que conduce al autoritarismo, o la ilusión, que imprime cambios en el tablero de juego, las estrategias y los posibles ganadores.

Una salida electoral a la indignación la constituye el paternalismo. “Refugiarse en lo sólido” (argumenta E. Hernández glosando a R. Bauman) frente a la insoportable levedad de nuestra fluidez (por añadirle a M. Kundera). En países de nuestro entorno florecen partidos que se ofrecen a ejercer de padres rigurosos. Como en la metáfora de G. Lakoff, son los padres de la patria, cirujanos de hierro dispuestos a aplicar mano dura a “los de afuera” (xenofobia) y a “los de dentro” (más recortes). Menos mal que Podemos se los ha llevado por delante; con la que podrían haber armado con la excusa de “lo de Catalunya”.

La salida alternativa es la esperanza en la probabilidad del triunfo de una fuerza política que, asumiendo el pragmatismo al que obligan las tareas de gobierno, ofrezca un “poder no dañino”. E. Hernández critica el management, pero también defiende invertir sus objetivos: emancipación en lugar del control. Aquí cobra sentido una vanguardia política que no quiere ser marginal, si no representar la exclusión y abrir camino en lugar de determinar su trazado y punto final. “Autorreflexión, organización y reorganización” es el mantra de quienes van a por quienes están disponibles y nadie reclama. Ahora se trata de crear escenarios, no llenarlos con obras cerradas y encerradas con cuatro paredes. Se trata, en fin (y en el mejor de los futuros posibles), de “escalar” el 15-M, darle una escala adecuada para que, por fin, cambie las instituciones. De raíz.

Una izquierda que no se declara como tal, pero tampoco se avergüenza de serlo o parecerlo. Y, sobre todo, que no resulta vergonzante, en comparación con sus adversarios. Un partido-movimiento que ayudase a consensuar y cooperar, desarrollando lo mucho que viene emergiendo desde tiempo. Y, por ahora, poco más. Porque la mayoría social sólo va a aceptar una propuesta de resistencia y rebeldía concreta, después de “encontrar el compás propio y construir lugares donde ser capaces de marcar el ritmo”. Así es como E. Hernández define las aspiraciones de sus músicos más amados. Descuiden, que nadie es tan imbécil como para considerar que todo discurso de Podemos es música celestial. O por ignorar que son muchos los riesgos de dar al traste por escaso fundamento, incapacidad para integrar disidencias internas y, sobre todo, mucha, demasiada celeridad.

Resultará insuficiente para la militancia más aguerrida, pero lo que Podemos puede en el ámbito electoral (que es el que priman sus dirigentes) no es mucho más: ruptura del bipartidismo. Ojalá también ponga de nuevo en marcha a una sociedad que la casta quiso estancada en los abrevaderos y establos clientelares. Un país que (parodiando el libro comentado) en los años 80 montó la Movida, para acabar siendo un país de parados.
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