Sociedades crédulas

Hace algo así como diez años, un ministro del PP prometió enviar unos documentos confidenciales al diario para el que yo trabajaba. Como quiera que el motorista encargado de la tarea tuvo algunas dificultades de tránsito, el hombre estuvo colgado del teléfono hasta confirmar que se había realizado su encargo. “¿Ya está? ¿Sí? ¡Ah, bueno!”.

A la mañana siguiente, el ministro en cuestión no perdió ni un minuto en comparecer ante los medios para deplorar, muy compungido, que aquellos documentos hubieran visto la luz.

En otra ocasión, un secretario de Estado nos trajo las pruebas de la corrupción que reinaba en su Ministerio, de la que acabó por demostrarse que participaba como el que más. Cuando salió publicada la noticia, nuestro confidente se dijo escandalizado, afirmó que se trataba de una infamia y nos puso a caldo.

Son sólo un par de ejemplos a los que aludo sin dar nombres (por discreción profesional, no por falta de ganas), pero podría mencionar bastantes más. Hacen legión los responsables políticos, los altos funcionarios, los jueces, los fiscales, los policías, etc., dispuestos a saltarse a la torera su deber de guardar secreto, si creen que les conviene por lo que sea: para zancadillear al uno, para promocionarse ellos mismos, para que se les deba el favor…

La opinión pública mayoritaria prefiere no hacerse preguntas que son de cajón. ¿Cómo cree que la Prensa da cuenta todos los días de papeles oficiales supuestamente reservados, o de documentos que son secreto de sumario, o de conversaciones privadas intervenidas confidencialmente por la Policía por orden judicial y guardadas en teoría bajo siete llaves?

No se lo pregunta. Como tampoco se pregunta –y si se pregunta, no parece que se responda– cómo puede ser que haya tantos detenidos que se declaran culpables de montones de delitos de los que nadie les había acusado hasta entonces.

Los papeles vuelan solos, los secretos se trasmiten por ósmosis, los detenidos confiesan porque les da por ahí… Y la gente no sospecha que haya nada raro en todo ello.

Con sociedades tan crédulas, los masters en manipulación informativa podrían muy bien concederse en la escuela primaria.