El dedo en la llaga

Haciendo cuentas

Si sumamos los sufragios obtenidos por Barack Obama y John McCain, obtenemos que el 4-N votaron por el uno o por el otro algo así como 120 millones de estadounidenses. Ahora bien, según los datos oficiales, referidos a 2006, los EEUU cuentan con más de 300 millones de habitantes. Cierto es que una parte de ellos están privados del derecho de voto, sea porque no han alcanzado la mayoría de edad, porque se encuentran en situación legal irregular o porque han sido privados de ese derecho por sentencia judicial (los presos no votan). ¿Cuántos pueden sumar todos ellos, en total? ¿60 millones, tal vez?

Concluyo de ello que en las elecciones del pasado día 4 participó algo más de la mitad de la población estadounidense con derecho de voto. Pero menos del 50% de la población afectada por el resultado de los comicios.

Sigo con mis cálculos. Barack Obama obtuvo algo más de 63 millones de votos. Eso equivale, grosso modo, al 25% del conjunto de los estadounidenses que habrían podido votarle. McCain logró 56 millones de votos, lo que viene a representar un 23% del mismo conjunto. La distancia dista de ser tajante: el 53% contra el 47% sobre los sufragios emitidos. Sin embargo, esa diferencia se ha traducido en un abismo insondable al ser traducida a los llamados "votos electorales": 349 para Obama, 162 para McCain. ¡Más del doble!

Es absurdo tomar ese resultado, realmente apabullante, como si se tratara de un fenómeno de masas histórico, maravilloso, cuando lo cierto es que ha sido provocado no por las urnas, sino por el más que exótico sistema electoral de los EEUU.
La épica simpatizante es libre. Los datos, en cambio, son los que son.