A contracorriente

¿Vivimos ya en un mundo multipolar?

El más grande viraje de la historia contemporánea fue el propiciado por el desenlace de la guerra fría, momento en que uno de los campos de la era bipolar desapareció, abriendo camino hacia un mundo unipolar, bajo la hegemonía imperial norteamericana.

De inmediato, los EEUU pasaron a valerse de su incuestionable superioridad, buscando transferir los conflictos hacia el enfrentamiento militar. El vértice de esa política de militarización de los conflictos se dio en Afganistán, Irak y Libia. Aunque bajo formas relativamente distintas, el desenlace de los conflictos se dio por la vía militar:  invasión, ocupación, bombardeo, derrumbamiento de los gobiernos.

Aún con desgastes, esa vía se imponía sin que aparecieran obstáculos para que la dominación norteamericana se desplegara con fuerza. Hasta que el conflicto con Siria, que se encaminaba hacia un bombardeo del territorio de ese país, tuvo un viraje inesperado, con una propuesta de acuerdo formulada por el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, aceptada por EEUU.

Ocurría que los desgastes de las operaciones anteriores empezaban a mermar la capacidad hegemónica de EEUU. Fue muy significativo que el primer rechazo de participar en el bombardeo viniera del más grande aliado estratégico de EEUU – desde Gran Bretaña -, con la negativa del Parlamento a acompañar a EEUU en una nueva aventura, consecuencia directa de los desgastes de la invasión de Irak, de la que el ex primer ministro Tony Blair salió muy desgastado por haber jugado su prestigio, por una versión que se mostró falsa.

Obama tuvo que aceptar la oferta rusa porque, además, no logró apoyo de la opinión publica de su país, sin ganas de meterse en una nueva guerra, con consecuencias imprevisibles, como tampoco de los militares, a quien la idea de un bombardeo quirúrgico no convenció. Y, como remató Obama, ni de su familia logró el apoyo.

El paso a un clima de acuerdo sobre Siria se extendió a Irán, incluso por los vínculos directos que tienen los dos conflictos. En ambos casos, aun con dificultades hay avances, proyectando a Rusia como nuevo gran protagonista de la negociación de los conflictos contemporáneos. Por primera vez, desde el final de la guerra fría, EEUU tuvo que limitar su accionar basado en la fuerza, para aceptar términos políticos de acuerdos negociados entre gobiernos.

Lo de Ucrania, aun con rasgos distintos, confirma esa nueva tendencia. Con el final de la guerra fría y la desaparición del campo socialista, las potencias occidentales han avanzado con gran codicia sobre los países hasta ahora participantes de ese campo, incorporándolos a la Unión Europea e incluso a la OTAN.

Ucrania es un caso especial, porque se ubica ya en la frontera de Rusia y porque Crimea es un puerto esencial para el país, en términos comerciales y militares. La forma violenta con que las fuerzas pro Unión Europea han actuado –decretando incluso la prohibición del ruso– solo hizo debilitar su capacidad de consolidar la unificación de un país con enormes diferencias regionales.

Lo cierto es que se desató una dinámica centrífuga, donde las potencias occidentales denuncian la acción de Rusia como fuerza que estaría empujando y actuando hacia el desmembramiento de Ucrania. Conforme aumenta la ira de la comunidad occidental, se ven confrontados con la imposibilidad de EEUU de intervenir, generándose una situación de más límites a la acción norteamericana.

Conforme las potencias occidentales se veían limitadas a medidas inocuas de castigo a Rusia, Putin se reunía con Xi Jinping para cerrar un gran a acuerdo energético, así como una estrategia de desdolarización del comercio entre los dos países. En todos sus aspectos los acuerdos contribuyen a configurar campos propios de acción, en oposición al bloque dirigido por EEUU. Ya en el conflicto ucraniano, mientras EEUU cuentan con sus aliados europeos –con distintos grados de coincidencia-, Rusia cuenta con los países de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica).

Los acuerdos entre China y Rusia, el fortalecimiento de los BRICS y los procesos de integración regional en América Latina y el Caribe son eslabones de lo que puede llegar a ser un mundo multipolar. Los próximos años confirmaran o no esta perspectiva.