Opinión · Tierra de nadie

El principio de realidad

Una de las mayores aportaciones que Zapatero ha realizado en este debate sobre el Estado de la Nación ha sido su formulación del llamado “principio de realidad”, según el cual es posible ser de izquierdas y hasta aplicar políticas socialdemócratas de gasto para relanzar el crecimiento cuando no hay inversión privada, pero sólo un rato. Luego, hay que variar el rumbo a toda leche para no ser un irresponsable. Decía Keynes que lo importante no es que el Gobierno haga lo que los individuos ya hacen sino que haga lo que ahora no está haciendo nadie. ¿Que quién era Keynes? Un irresponsable.

El principio de realidad es un misil en la línea de flotación de las ideologías. Pulveriza otro principio, el de la izquierda transformadora, y limita la acción política a la mecánica burocrática de un  jefe de negociado. Si desde la política no se puede cambiar la realidad sino someterse a ella, ¿para qué sirve? ¿No sería mejor elegir a un tecnócrata con buenas calificaciones en Harvard?

Según Zapatero, este principio trasciende a la izquierda y a la derecha. “Es sentido común”, dijo. De acuerdo a esto, no hay alternativa posible. Se jactó el presidente de haber repartido equitativamente los costes de la crisis mientras explicaba que con la subida de impuestos a los ricos haya que tener tiento, no vaya a ser que hagan un hatillo con su pasta y tomen las de Villadiego. En definitiva, un trabajador gana al año 40.000 euros y ha de tributar a un tipo medio del 25%; un jugador en Bolsa que pega el pelotazo con sus acciones de un día para otro y obtiene una plusvalía de un millón de euros lo hace al 21%. No vean en ello una injusticia sino simple sentido común.

Lo que se oculta bajo ese principio de realidad es la incapacidad de respuesta de muchos de los que se proclaman de izquierdas. Es una rendición. La derecha y la izquierda no son caminos que conducen por vericuetos distintos a un mismo destino. Su meta y sus intereses son contrapuestos, como lo son los de los ricos y los pobres, o los de los asalariados y los rentistas. El discurso único conduce a un lugar al que la mayoría no quiere ir.