Opinion · Tierra de nadie

Es bueno que los Borbones se expliquen bien

Por distintas razones, viene siendo difícil que los miembros de la Casa Real se expliquen. Ayer causaba gran conmoción que, por momentos, el rey se pusiera a imitar al fallecido Antonio Ozores, confundiera palabras y leyera algunos párrafos de su discurso de la Pascua militar saltándose las líneas pares, de manera que no quedó claro si los esfuerzos que alababa los había hecho la milicia, su familia o el que le pasó el photoshop a su último reportaje en  el Hola.

El decrépito estado del jefe del Ídem provocó notable desconcierto, ya que la información oficial transmitida operación tras operación describía a un atleta que, nada más recibir sus implantes de cadera, se aventuraba por el pasillo a la carrera haciendo eslalon con los goteros de otros pacientes y preguntaba a Rajoy por sus viajes, especialmente por el de Kazajistán, que es un país hermano al que siempre le gusta referirse con orgullo y satisfacción.

Mayor perplejidad aún que los lapsus de este “anciano caballero que lucha por su salud” -dicho sea a la manera de Corinna zu Sayn-Wittgenstein, que ese sí que es un nombre a la medida de Ozores – han causado los desaforados intentos de la Agencia Tributaria, la Audiencia de Palma, la fiscalía anticorrupción, el abogado del Estado, el de Urdangarín y el suyo propio para que Cristina de Borbón no explique al juez Castro su relación con Aizoon, la empresa de la que es propietaria al 50% y a la que se derivaban las mordidas de su marido a las administraciones públicas y de cuyos fondos ha dispuesto hasta para pagar el sushi que comía en Pedralbes.

Que los Borbones se expliquen adecuadamente es casi un imperativo nacional, sobre todo ahora que somos tan mirados con la Marca España, una especie de certificado de calidad ISO que nos impide que se quede a medias un discurso, un Canal de Panamá o una investigación judicial en la que se ventila si nos han robado por encima de nuestras posibilidades o sólo lo justo.

La nueva imputación de Cristina y su futura deposición ante el juez Castro debería aliviar la desazón en la que vive el país. ¿Habremos dado a la infanta los estudios suficientes para que sepa que el dinero no crece en las macetas de Zarzuela o nos habremos quedado cortos? ¿Será contagioso el síndrome de Ana Mato, aquel por el que una persona sana aunque exageradamente bronceada deja de ver de repente un Jaguar en el garaje o la reforma de un palacete? ¿Pensará la hija pequeña del rey que Hacienda somos todos o únicamente nosotros?

Evitar que la infanta comparezca el 8 de marzo y se explique se entendería peor que el último discurso de su padre, quién en su afán por mostrarse plenamente recuperado ya debe de estar ensayando el trabalenguas: la infanta vuelve a estar imputada, quién la desimputará, el desimputador que la desimpute buen desimputador será. Pero tampoco vayamos a dramatizar. Lo que perdiera la Justicia lo ganaría la logopedia.