Tierra de nadie

La Justicia impide otra goleada de Florentino al urbanismo... de momento

A veces los reyes del pelotazo tienen contratiempos, y eso es lo que le ha ocurrido a Florentino Pérez tras la decisión del Tribunal Superior de Justicia de Madrid de anular la nueva ampliación del Bernabéu, una operación por la que el genio de ACS pensaba consumar otra goleada al urbanismo similar a la de la vieja Ciudad Deportiva del club, donde hoy se levantan las cuatro torres que sirvieron para sacar al club de la quiebra y financiar sus galácticos a costa de la ciudad.

Como en la mayoría de los grandes negocios de este inconmensurable vendedor de burras metido a constructor, siempre hay de por medio una o varias administraciones públicas, porque la especialidad de este ingeniero no son los caminos, los canales o los puertos sino los concejales de Urbanismo, los alcaldes, los presidentes y hasta los jefes de Estado. Al anterior, cuando divisaba la proa del 'Fortuna' surcando las aguas de la bahía de Palma, le llamaba por el móvil desde su barco, el 'Pitina', para ponerse a los pies de su señora. Que el actual monarca sea del Atlético es otro contratiempo salvable.

Como se ha dicho, para hacer negocios a la sombra del poder hay que estar bien relacionado y en eso Florentino no tiene rival. Para la recalificación de la Ciudad Deportiva se trabajó al alcalde de la época, Álvarez del Manzano -con quien compartía mantel y tertulia mensual en un castizo restaurante de Madrid junto a exconcejales de sus tiempos en la UCD- a los sindicatos, al movimiento vecinal y a IU. A quien no pudo seducir fue a Matilde Fernández, que dirigía el grupo municipal socialista y que por tres veces le dijo que no y hasta le llamó psicópata. Era difícil engatusar a la exministra, porque además de tenerlos bien puestos y resistirse a las presiones ("Zapatero está conmigo y no contigo", llegó a decirle), ni tenía hijos arquitectos a los que dar promociones de viviendas, ni gestionaba cooperativas del marxismo-ladrillismo, y, por si fuera poco, pasaba olímpicamente de tener asiento reservado en el palco del Bernabéu.

Para la frustrada ampliación del estadio le bastaba poco más que su amistad íntima con Ruiz Gallardón, alcalde en aquel momento de la villa y corte, y, a su juicio, el político más brillante, listo, alto y guapo, el que él mismo habría querido ser si la aventura del Partido Reformista no hubiese terminado en un colosal fiasco. Tanto se fiaba de Gallardón que hasta hizo vicepresidente del club a Fernando Fernández Tapias, el naviero asiduo de las revistas del corazón que más de una vez ha presumido en privado y seguramente en broma de ser "el que le hace la hucha a Alberto". La rivalidad entre Gallardón y Esperanza Aguirre, quien desde la Comunidad de Madrid debía rubricar también los acuerdos, nunca se ha interpuesto en los caminos del constructor.

Pues bien, el origen de lo que la Justicia echó por tierra este martes se remontaba a 1998, en concreto a una parcela de 70.000 metros cuadrados en una zona de la periferia de Madrid llamada Las Tablas, que el Ayuntamiento cedió al Real Madrid como parte del canje por unas de las cuatro torres de la ciudad deportiva. El patatal estaba valorado en casi medio millón de euros, pero no podía ser cedido porque tenía carácter deportivo básico y, por tanto, su titularidad era pública.

En 2011 el Ayuntamiento se dispuso a subsanar el error tras multiplicar casi por 50 el valor de los terrenos, revalorizados entre otras cosas por la especulación urbanística en la zona de la que el propio Florentino fue protagonista. Lo que valía 488.000 euros se estimó en casi 23 millones de euros. Gol por la escuadra. Para compensar a Madrid se dispuso un cambalache por el que se le cedieron varias parcelas para chalés, una al lado del aeropuerto y otra junto en el Bernabéu, donde el club ya tenía el derecho de superficie. Gol.

Cuatro meses después de este acuerdo, se firmó otro para modificar el Plan General de Urbanismo y permitir al Real Madrid ampliar el estadio, montar un centro comercial y hotelero del carajo de la vela y construir un aparcamiento de 600 plazas. Gol. A cambio, el club devolvía las parcelas para chalés, pagaba 6,6 millones y se comprometía a convertir el actual y pequeño centro comercial que bordea una esquina del campo de fútbol en un parque público. Idénticos metros cuadrados pero distinto valor. Y más gol.

¿Que cómo justificaba el Ayuntamiento el pelotazo? Pues diciendo que las obras crearían tres mil empleos, que habría más turismo y más ingresos por impuestos. Se sumaba además al viejo argumento florentiniano, según el cual todo lo que beneficie al Real Madrid es bueno para la ciudad y para España entera porque el club sí que es marca España y eso son palabras mayores.

Paralizado judicialmente el enjuague, Pérez el mago tiene varias alternativas. Una, que ya anunciado, es volver a negociar con el Ayuntamiento para encontrar una solución que le satisfaga. La otra sería impugnar el convenio de 1998 y obligar al Consistorio a devolver al Madrid suelo en la zona de las torres, con un coste de cerca de 40 millones de euros para los contribuyentes. O sea, como el Castor pero con rascacielos de por medio. El emperador del pelotazo saca brillo a su corona. ¡Qué arte tiene este tío!