Tierra de nadie

Fulgor y caída de don Rodrigo 'Rata' y Figaredo

La errata del diario irlandés The Irish Times fue premonitoria. El pasado mes de noviembre el periódico publicó un análisis sobre el fulgor y la caída del "mejor ministro de Economía que ha tenido la democracia en España", dicho sea en palabras del difunto Emilio Botín, a quien para no ser menos se le ha considerado el mejor banquero del mundo. De Dios del FMI a paria: Rodrigo Rata y el estallido de una burbuja se titulaba el reportaje. A la vuelta de un viaje a Ginebra, de donde Rodrigo Rato y Figaredo, de los Rato y Figaredo de toda la vida, posiblemente regresaba de consultar su saldo bancario, pudo comprobar lo popular que se había hecho su nuevo apellido entre quienes le increpaban en el aeropuerto. De esto hace sólo cinco días.

Rato/a ha sido muchas cosas y estaba llamado a ser muchas más, aunque finalmente se haya impuesto su faceta de golfo apandador y esa obsesión por forrarse que le ha perseguido desde que, por motivos nunca revelados, dio la espantada del FMI y se volvió a España a hacer dinero en serio, en cantidades industriales, sin disimulo alguno.

El exdirector gerente del Fondo no perdió el tiempo. Fue pisar Madrid y reclamar los favores que él mismo había dispensado y su grupo de amigos ricos, varios de ellos situados al frente de los monopolios privatizados por don Rodrigo, no le defraudaron. Si en el pasado habían corrido a ayudar al entonces vicepresidente a salvar de la quiebra a su grupo de empresas, ahora le socorrían a él dándole entrada en sus consejos de administración para que el chico de Berkeley hiciera caja a toda prisa.

Consejero de Telefónica, de Criteria (La Caixa), del Santander, de Lazard…, nunca se había visto por estos lares desembarco semejante. Se equivocaban quienes pensaban que Rato había vuelto a salvar a PP del fiasco de Rajoy, entonces en la oposición, o para llevarle el botijo al gallego por si le entraba la sed. Aquel a quien el dedo de la puritana Ana Botella –que no el de Aznar- había apartado de la sucesión en el PP por sus devaneos amorosos -¡cómo perdonar el daño que había causado a su gran amiga Gela reconfortada ahora en la presidencia de Paradores!-, sólo tenía como objetivo enriquecerse.

Llegados a ese punto, fue Rajoy quien hizo el resto promoviéndole a la presidencia de Cajamadrid, donde en ese momento su antecesor Blesa no se descalzaba por menos de tres millones de euros al año. El elefante ya estaba dentro de la cacharrería e hizo de las suyas, empezando por corresponder a sus amigos de Lazard, el banco de inversión que le había metido en el bolsillo 6,2 millones de euros y que recibió de la Caja contratos por importe de más de 16 millones, que para qué sino para gastarla está hecha la pólvora del rey.

Tras apadrinar una insensata fusión con Bancaja y sacar a bolsa a la recién creada Bankia, sólo estaba a la altura del mejor ministro de Economía de la democracia provocar el mayor agujero financiero de la historia, 20.000 millones de euros, una minuta que pagaremos durante años a la salud de este Rodrigo Rato y Figaredo, de los Rato y Figaredo de toda la vida, que en el proceso tiraba de la visa black en clubs y salas de fiesta hasta que el sol salió por Antequera.

Así que el descubrimiento de que Rato/a se acogió a la amnistía fiscal de su amigo Montoro para repatriar fondos no declarados a Hacienda no ha sido una sorpresa. En la misma cloaca por la que habían transitado honradísimos servidores públicos como Bárcenas o Granados, estaba Rodrigo chapoteando hasta que un periódico de Dublín decidió rebautizarle. No fue una errata sino justicia poética.