Tierra de nadie

De la tragedia a la farsa: el PSOE ya no venderá la abstención al PP; tendrá que comprarla

De la derrota de Pedro Sánchez y de la pírrica victoria de la costurera andaluza deberían hablar las crónicas con acento griego, que es la lengua de las tragedias. La del PSOE ha tenido hasta su coro de militantes gritando "traidores" durante toda la representación y un argumento donde el protagonista lucha contra su destino y acaba muriendo joven y dejando un bonito cadáver, que es como los secretarios generales altos y guapos hacen mutis a lo James Dean. Como en toda tragedia de altura, el orden acaba restableciéndose porque los dioses exigen respeto, y aquí había uno, ex consejero de Gas Natural, que se había sentido engañado por Sánchez y, en castigo, había mandado a Eris, la chica de la Discordia, a hacerle la vida imposible. Para alguien capaz de provocar la guerra de Troya con una manzana, dejar el partido como un solar ha sido pan comido.

Se juzgará erróneamente que, al final, sobre el escenario hay vencedores y vencidos, pero los amantes de Shakespeare saben que las venganzas las carga el diablo y, como en Hamlet, lo normal es que muera hasta el apuntador. Como se ha dicho recientemente por estos lares, los verdugos están tan acabados como su víctima, pero aún no lo saben. El PSOE es un montón de cadáveres donde una modista fiambre zurce a destajo y teje bufandas para que nadie en el depósito pase frío.

Sólo una conjura ideada a tres bandas por Eurípides, Sófocles y Esquilo podría haber hecho creíble que un tipo entre normalito y mediocre acabara convertido en un héroe clásico o, cuando menos, en un mártir. A Sánchez le han engrandecido sus adversarios hasta un punto insospechado y, al cortarle todas las salidas posibles, donde le esperaban emboscados con la recortada desenfundada, le han allanado el camino hacia la gloria.

Quizás por descarte, Sánchez eligió la senda correcta. Lo que el PSOE necesitaba era abandonar la ortopedia y el plexiglás y reclamarse como una fuerza de izquierdas autónoma, leal a su militancia por primera vez en décadas, y sorda a las presiones de los poderes fácticos y de sus cebrianes de cabecera, que de algún modo han de justificar que con los 11 millones de euros que se levantan al año son capaces de hundir otras cosas que no sean sus propias empresas.

El ‘no es no’ era la estrategia adecuada por dos razones. De un lado, dejaba sin argumentos a su competencia más directa, a la que podría arrebatar parte de su electorado si, finalmente, se iba a terceras elecciones. Al mismo tiempo presionaba al increíble hombre menguante, es decir a Rivera, cuyo temor a pasar de nuevo por las urnas empezaba a ser visible a una altura predeterminada de sus pantalones. Eran ambos motivos razonables para intentar una alternativa. Incluso era buena para sus críticos, que de haber impuesto su tesis por cauces democráticos en una consulta a la militancia y no por un tejerazo, aún podrían haber vendido la abstención al PP a precio de caviar iraní y no de chancleta del chino. Ni la lacrimógena sultana andaluza ni su jenízara Verónica Pérez, presidenta del comité federal y ‘verúnica’ autoridad del PSOE, estaban interesadas en estos detalles tan nimios.

Llegados a este punto, la tragedia ha virado rápidamente hacia la farsa porque, como resultaba evidente, ni el ánimo de los golpistas era el bien de España, que según decían no se merecía unas terceras elecciones y menos aún en Navidad, que son fechas para discutir en familia, ni al PP le preocupa lo más mínimo volver a las urnas si, como parece, tiene a su alcance el doble objetivo de conseguir una mayoría suficiente y, de paso, reducir a los socialistas a fosfatina.

Así, mientras la gestora del PSOE se reúne para embutir al partido en un solo jersey de punto que, a falta de calcular la sisa de las mangas, ya tiene tejido la costurera Susana, e idear alguna fórmula para que no se piense que la abstención al PP es cosa de los baroncitos, Rajoy ya piensa en esas elecciones que, en opinión de ese Dios salvaje que es Felipe González, iban a ser la quiebra del sistema y la ruina del país. Para evitarlas, lejos de vender su apoyo, los socialistas habrán de pasar por caja, preferiblemente de rodillas y compungidos, y sin hacer mucho ruido si se acercan a Moncloa a la hora de la siesta. Los muertos ya pueden ir preparando la billetera.

Desde el inframundo, el héroe Sánchez podría estar pensando en volver a la vida en unas primarias cuando los que ahora mandan en el partido, que son los de siempre, completen el derribo, aunque lo mejor es que espere tumbado. Lo primero es España y hacer a Rajoy presidente. El resto puede esperar por tiempo indefinido. "El PSOE necesitaba un big bang", que decía Ximo Puig. ¿Y un congreso? Ni hablar del peluquín.