Opinion · Tierra de nadie

Encuentros en alguna fase

Empieza a ser normal que todo lo relacionado con el conflicto catalán sea bastante rarito, y la reunión entre Sánchez y Torra de este jueves no podía ser una excepción. Poco antes de que se estrecharan las manos en señal de saludo, que educados son un rato, seguía sin estar claro si ambos se verían a solas, si lo harían con los ministros y consellers de los que iban a hacerse acompañar, si éstos se lo montarían juntos o por parejas, o si, finalmente, podría llamarse a aquello cumbre, como quería el Govern, o collado, tal y como pretendía el Gobierno, que no es un sitio tan alto y marea bastante menos. Todo en esta cita a ciegas ha sido bastante extraterrestre por decirlo de alguna manera.

Lo único claro de la convocatoria era el marco, el Palacio de Pedralbes, un lugar tan polivalente que sirvió de residencia a reyes y a presidentes de la República como Negrín, por no hablar de al mismísimo Franco antes de ser una momia, que le cogió gusto a sus dependencias y a la fuente de Gaudí, y que se hospedaba en él en sus numerosas visitas a Barcelona sin que nadie entonces le torciera el gesto, le montara algaradas en la calle salvo para vitorearle, o le hiciera mociones para tildar de antidemocrático el Fuero de los Españoles.

A tenor de lo anunciado por unos y otros, la reunión o las reuniones deben seguir, sin apartarse un ápice, el famoso esquema hispano del qué hora es manzanas traigo. Torra tendría que hablar, a la manera de Ortega, de lo delenda que está la monarquía, de la “represión judicial” a los presos, de la repulsa del 155 y, sobre todo, de la legítima aspiración a un referéndum de autodeterminación. Y Sánchez tendrá que contestarle con su propio orden del día, que va desde la subida del salario mínimo a la recuperación del subsidio para los parados mayores de 52 años, amén de las inversiones previstas para Catalunya en sus inciertos Presupuestos Generales del Estado para 2019. En definitiva, lo que viene siendo un diálogo eficaz y constructivo.

No obstante, siempre habrá quienes crean que el guion no está del todo escrito y que sería del género tonto no aprovechar la oportunidad para tocar otros temas relacionados con la nueva situación creada por la irrupción de Vox y lo inconveniente que sería para todos una convocatoria anticipada de elecciones generales que abriera el paso a un hipotético tripartito de derechas a la manera andaluza. Así que, sin renunciar a lo divino, es también probable que se atienda a lo humano, que siempre es más urgente e inmediato.

¿Está dispuesto el independentismo a mantenerse en el cuanto peor mejor, o las recientes circunstancias aconsejan un cambio de actitud que pasaría por recuperar el bloque de la moción de censura? ¿Es preferible sostener a Pedro Sánchez o facilitar una nueva mayoría cuya primera medida sería intervenir la Generalitat de manera indefinida? ¿Debería asumir el presidente del Gobierno el desgaste de un diálogo estéril con Torra a beneficio de inventario o sumarse a las voces de sus baroncitos que le piden leña al mono hasta que baile flamenco? He ahí un buen tema de conversación antes de la cena de la patronal Fomento a la que ambos presidentes están invitados.

Los últimos días han sido especialmente vertiginosos. La vía eslovena abrazada por el vicario de Puigdemont en las tierras al norte del Ebro y su aliento a los CDR tuvo como respuesta la amenaza por carta desde Moncloa de tomar el control de la seguridad en Catalunya y varios mensajes de Sánchez dirigidos al independentismo como si el espíritu de Pablo Casado hubiera tomado posesión de su 1,90 de altura. De ahí se ha pasado a que los posconvergentes voten a favor del techo de gasto del Ejecutivo y parezcan dispuestos a comulgar con los Presupuestos del Estado.

Los de hoy son unos encuentros en alguna fase, quizás la tercera. Diálogo habrá aunque sea el de las cinco repetitivas notas de la película de Spielberg, que es el lenguaje de los marcianos y de los extraterrestres en general. Con el dolor de cabeza que ha dado su preparación se entiende eso de la política ibuprofeno, que es como se ha bautizado la relación del Gobierno con el independentismo catalán. A partir de este viernes, cuando haya pasado el Consejo y se haya puesto a prueba el blindaje policial de mossos y piolines, habrá doctores que dictaminen si sus propiedades antiinflamatorias eran ciertas o se trataba de simple propaganda farmacéutica.