Opinion · Tierra de nadie

La España hiperbólica

La política tremendista escenificó ayer un primer ensayo del Apocalipsis. Sonaron las trompetas, se oscureció el cielo y comenzó a llover granizo y fuego mezclado con sangre. El panorama era dantesco. Pablo Casado, fuera de sí, comenzó a lanzar espumarajos por la boca. Agitadísimo, Albert Rivera convocaba ruedas de prensa urgentes cada media hora. Los baroncitos del PSOE se estremecieron y Alfonso Guerra pidió una grabadora. Los diarios más principales  anticiparon sus editoriales por si el fin del mundo llegaba por la tarde y les pillaba desprevenidos. Uno de ellos, incluso, lanzó una encuesta de urgencia, en la que cerca de un 90% certificaba que la situación era crítica y que había que hacer algo para evitar el Armagedón. Los taxistas, que olfatean las catástrofes, volvieron a circular para hacer sus últimas carreras antes de que la tierra se abriera bajo sus ruedas y les mostrara el camino a los infiernos.

Lo que había pasado justificaba las alarmas. El Gobierno había aceptado que un relator – que, al parecer, no es un mediador o sí y que puede ser un intermediario o no- estuviera presente en la mesa de partidos catalanes que iba a formarse para hablar de Cataluña y levantara acta de las reuniones. Aquello, como explicaba el líder del PP, era lo más grave a lo que se había enfrentado España desde el 23-F, una incalificable felonía de Pedro Sánchez, contra el que estudiaban acciones ante el Tribunal Supremo para acusarle de alta traición y fusilarle al amanecer si se estaba a tiempo.

La realidad es que ayer en Madrid lucía un agradable sol de invierno. La afluencia a las terrazas no presagiaba cataclismos y la vida discurría con su perezosa monotonía habitual. A eso de las 14.30 el mismísimo Albert Rivera había dejado ya de convocar a la prensa al descuido y se disponía a almorzar en un restaurante cercano al Congreso de los Diputados. El exterminio de la civilización que habíamos conocido no le había quitado el apetito. Hasta la España hiperbólica hacía una pausa para comer.

La explicación a lo acontecido en este miércoles espasmódico es bastante simple. El Gobierno trata de que los partidos independentistas le aprueben los Presupuestos porque si no lo hacen se verá obligado a anticipar las elecciones. Eso sería una mala noticia para Pedro Sánchez, que le ha cogido el gusto a hacer de estadista en sus viajes por el mundo, y también para los partidos catalanes, que se arriesgan a perder las inversiones previstas en las cuentas del Estado y a que el trío del 155 llegue a la Moncloa en olor de multitud.

Dar el visto bueno a Sánchez tiene un inconveniente añadido, que es el inicio del juicio en el Tribual Supremo a los líderes del procés. ERC y el PdeCAT temen que los suyos les acusen de traición si se prestan a salvar al Gobierno y plantean condiciones imposibles de aceptar como el reconocimiento del derecho de autodeterminación. Siendo imposible de ganar la batalla del contenido, tratan de moldear un continente favorable. Es decir, que al menos en las formas se aparente una negociación que no puede darse pero que debe parecer que se está dando. Y ahí es donde surge la famosa figura del relator, como si tratara del mediador en un alto el fuego entre dos tribus rivales de la selva de Borneo.

El Gobierno, que quiere seguir a toda costa pero lo tiene entre crudo y poco hecho, está dispuesto a aceptar al notario que se le proponga, siempre que sus apellidos no sean extranjeros por eso del qué dirán. Pero en vez de dejar que sean los partidos de esa mesa aún sin convocar los que acuerden esa figura, lo asume como cosa suya, quizás para que la vicepresidenta Carmen Calvo practique de nuevo una de sus aficiones favoritas: meterse en jardines cada vez más intrincados. Lo de Calvo y sus torpezas merecería una reflexión aparte junto al triste papel de Meritxell Batet, que es ministra por una imposición del PSC y cuya única aspiración en la vida es mantenerse en el Gobierno aunque sea como paragüero.

La posibilidad de que la ficción del relator consiguiera deshacer el nudo gordiano entre el Ejecutivo y el independentismo ha alarmado lógicamente a la oposición de derechas, que, con el viento a favor, se frotaba las manos ante una convocatoria anticipada de elecciones. De ahí que el ‘trifachito’ se haya lanzado en tromba contra esta “cesión inaceptable” y que para teatralizar la hecatombe haya convocado una concentración en defensa de España, de la Constitución y hasta de la tortilla de patatas. Todo por la patria una vez más.

Para hacer creíble su advertencia de que la unidad de la nación está en peligro cuentan con el decidido apoyo de los baroncitos del PSOE, que no es que teman que España se rompa a la altura del Ebro sino que en mayo sus electores se crean el cuento y reaccionen en consecuencia. Así que puestos a elegir entre que el Gobierno se mantenga hasta 2020 o que sean ellos los que tengan que hacer las maletas en mayo, no adivinarían lo que han escogido.

Se llega así a este miércoles de pasión en el que Casado ha batido el récord del mundo de improperios por minuto contra el irresponsable, incapaz, desleal, mentiroso y traidor de Pedro Sánchez. ¿Y si en vez de la manifestación del fin de semana planteamos una moción de censura para salvar a España del mayor felón de la historia por delante incluso de Fernando VII? No, joder, que la perdemos.