Opinion · Tierra de nadie

Casado es un zombi con fecha de caducidad

El nuevo PP sin complejos –y con bastante poco pudor- ha determinado tras una exhaustiva autocrítica que la responsabilidad de la hecatombe electoral de este pasado domingo no es de Pablo Casado -que, según parece, pasaba por ahí cuando le cayó encima el piano-, ni de su tórrido romance con la extrema derecha, ni de sus purgas internas, ni siquiera de sus fichajes histriónicos con grandeza de España. La culpa de la tragedia es de Rajoy en primer lugar y también de los votantes, a quienes el kiosco de Aznar ya acusó en caliente de “ignorancia temeraria”.

En defensa de esta tesis, y en ausencia del estadista al que nadie llama cobarde y sobrevive para contarlo, ha salido Esperanza Aguirre, que para algo es la madrina de la criatura y tiene con ella esos lazos inextinguibles de cuando la mandaba a Cuba a llevar ibuprofeno a los opositores al castrismo. La reina de las ranas ha llegado a precisar el momento exacto en el que empezaron a perderse las elecciones, que no es otro que cuando Rajoy, en referencia a ella misma, pidió a quienes se quisieran ir que lo hicieran, y muchos le hicieron caso y tomaron las de Villadiego. Aguirre, en cambio, se quedó para llevarle la contraria.

Para alguien como Casado, capaz de hacer un master en un fin de semana, no ha sido difícil aprenderse la lección. Este jueves, liberado del uniforme de enterrador con el que se le vio en la noche de autos, se dedicó a repetir como un papagayo el argumento: la pérdida de votos se inició en tiempos del registrador de la propiedad debido al efecto combinado de una triple C muy puñetera, tal que la crisis económica, la corrupción y Cataluña. Por si alguien echara en falta otra C en la ecuación, la del propio Casado y sus coqueteos flamígeros con la ultraderecha, el presunto líder del PP levantó anclas de ese puerto para poner rumbo al centro del que, si se desvió, fue por un problema en la brújula de Maroto, al que se le ha dado el pasaporte, y del que también es completamente inocente.

Así que tras acusar a Abascal de vivir del PP en los chiringuitos y mamandurrias que le proporcionó la señora de la charca, cuyo trasero no es del todo insensible y reaccionó ante la patada, Casado pidió a los llamados a las urnas este mes de mayo que vuelvan a subir al barco porque ya tiene a la vista ese territorio tan legendario como Eldorado llamado centro. Para que no quedaran dudas ofreció las coordenadas exactas: el centro está entre Abascal, que es la extrema derecha aunque antes no lo supiera, y Rivera, que decía que era liberal pero que, en realidad, es un socialista disfrazado. Se trata del mayor avistamiento desde que Rodrigo de Triana se subió al palo mayor de la Pinta y gritó tierra.

Está por ver que la nueva dirección calme los intentos de motín que, ante la proximidad de las autonómicas y municipales, ya se viven a bordo de modos muy diferentes. Unos han optado directamente por suprimir de sus campañas las siglas del partido; otros han arremetido contra los bandazos del capitán, al que aconsejan humildad y tirar a la papelera las cartas de navegación ultramontanas que Aznar y FAES le habían proporcionado.

La prueba del algodón de que el escoramiento a la ultraderecha había sido exagerado es que hasta García Albiol se ha mareado, y se ha puesto a vomitar por la borda que acercarse a los planteamientos de Vox es traicionar a los votantes del PP y dejar campar a sus anchas a Ciudadanos. Albiol, que debe de estar en tratamiento contra su xenofobia crónica y que intenta repetir como alcalde de Badalona sin pedir tan a las claras que a los inmigrantes se les pase por la quilla, ha sido de los primeros en renegar de las dos ‘pes’. Lo mismo ha hecho Borja Semper en San Sebastián, aunque el vasco es de los que en el PP pasan por bolchevique.

Por cosmética, la trasluchada de Casado no ha contentado a nadie. Los que, como en Castilla y León, le advirtieron de que se rodeara más de Herrera y de Feijóo que de Aznar y de FAES, le responsabilizan directamente de la derrota. Y desde Andalucía, donde el PP gobierna gracias a Vox, no saben cómo contentar a la bestia para que no se tome a pecho los desaires y les apruebe los Presupuestos.

El supuesto giro tiene graves contraindicaciones para los futuros e inevitables pactos locales. Casado repudia a Vox para ganar tiempo pero necesitará de su apoyo para conservar el poder territorial que ahora está en el alero. Su dilema es irresoluble: necesita desdeñar a Abascal para sobrevivir y someterse a su yugo –y a sus flechas- para no morir en las municipales y autonómicas. De ahí que su viaje al centro sea tan falso como un billete de siete euros. Culpar a Rajoy de su incompetencia es una cataplasma que le durará unas semanas. El zombi tiene fecha de caducidad.