Opinion · Tierra de nadie

El hechicero hace campaña

A veces con razón y otras sin ella, tendemos a menospreciar a los políticos y a reducirlos a la condición de marionetas con escasa autonomía personal y capacidad de decisión. Al serles negada la consciencia sobre sus actos, estos suelen atribuirse a oscuros poderes en la sombra o a sus validos, una especie singular a la que antes se les llamaba asesores y ahora ‘spin doctors’, porque el gremio se ha hecho muy pijo y ha visto muchas series estadounidenses de alas oeste y de castillos de naipes donde los fontaneros del poder son los que cortan el bacalao.

Ocurrió en la etapa del PP con Pedro Arriola, un señor que durante décadas vivió como un pachá a costa del partido y al que se atribuían todas las paternidades imaginables, desde el “váyase señor González” de Aznar a la niña de Rajoy, pasando por la propia estrategia dontancrediana de este último en relación a Cataluña o a la corrupción. Es verdad que el marido de Celia Villalobos contaba con tal confianza entre sus clientes que llegó a ser uno de los enviados del Gobierno en sus conversaciones con ETA, aunque posiblemente su papel fuera más de taquígrafo que de interlocutor. La suya era una función eminentemente psicológica que consistía en decir a cada uno lo que quería oír o, en su defecto, dorarles la píldora, porque lo de leer cartillas se paga fatal y habría hecho imposible su longevidad en el cargo.

El nuevo Arriola se llama Iván Redondo, un tipo que aspiraba a sucederle en el PP pero que, al no encontrar la sede vacante, se buscó plaza en el negociado de enfrente. Entre los méritos de este vendedor de crecepelo se encuentran, como es sabido, el haber convertido a García Albiol en el mayor xenófobo del reino o haber transformado a Monago en un fantoche, al que un día vestía de bombero, al siguiente de ciclista y el resto con polos de Carolina Herrera, que era el uniforme escogido para taparle el pelo de la dehesa y meterle en el papel de barón rojo de los azules. Redondo, tal y como se decía en Extremadura, es de los que ven venir a los tontos de lejos y tuvo la habilidad suficiente como para arrogarse el éxito de que Monago fuera presidente, algo que jamás se hubiera producido sin la colaboración impredecible de IU por su reconcentrado odio al PSOE regional.

De aquella etapa ya se han contado aquí algunas andanzas del pretendido gurú. Lo esencial es que, tras un período con despacho oficial sin cargo, logró ser nombrado consejero (de ocurrencias) para que fueran los extremeños y no el partido los que le pagaran la nómina. Allí se rodeó de un nutrido grupo de asesores y empezó a ejercer como virrey, con facultades para nombrar y destituir, insultar a cargos públicos que contradecían sus instrucciones y presionar hasta el chantaje a la prensa local. Era, si cabe, más detestado en el PP que en el PSOE, donde Guillermo Fernández Vara no debe haber olvidado que intentara sacarle trapos sucios para desacreditarle.

Sobre cómo conoció a Pedro Sánchez y se hizo director de su gabinete hay literatura bastante. Hay que reconocerle el mérito de haber perfeccionado sus destrezas para arrogarse triunfos que, simplemente, caían del cielo por su propio peso y situarse de perfil ante las cagadas, responsabilidad siempre del muñeco al que ponía palabras en su boca. De esto último estamos siendo testigos directísimos ya que, tras una primera oleada de críticas en la que se le responsabilizaba del empeño presidencial en repetir las elecciones y del subsiguiente fiasco, asistimos ahora a una rehabilitación de su nombre por tierra, mar y aire. En definitiva, contemplamos una campaña que no parece serle ajena, en el que distintos medios de comunicación ofrecen la versión coincidente de que el bueno de Redondo habría aconsejado desde el principio la coalición con Unidas Podemos, que fue Sánchez quien se obcecó en ir a las urnas y que, gracias a su magia sigilosa y a sus dotes negociadoras, se ha alcanzado en 24 horas y con gran discreción lo que fue imposible en medio año.

Por resumir todo lo que el ‘spin doctor’ ha logrado colar sucesivamente en la opinión pública, es a él y no a su patrocinado al que habría que colgar las siguientes medallas: la del retorno de Sánchez a la secretaría general, la de su conversión en presidente gracias a una moción de censura que sólo estaba en la portentosa mente del asesor, la de la formación de un primer Gobierno chiripitifláutico, y, finalmente, la del acuerdo de coalición con los de Pablo Iglesias con el que el señorito en funciones ha salvado la cara y hasta los muebles. En definitiva, todo es obra y gracia de este Fouché de medio pelo, a cuyo paso los mentecatos socialistas tendrían que extender pétalos de rosa y no los improperios que le dirigen.

No es que haya que tenerle gato a los vendedores ambulantes de jarabe para la tos y a los embaucadores en general. Lo que sí conviene es destacar los peligros de quien, al margen de que recete sus pócimas a diestro y siniestro, que es algo legítimo en el libre comercio, le ha cogido el gusto a atravesar la puerta giratoria que comunica su empresa con las distintas administraciones públicas. Estamos ante un personaje que, de asesor externo, pasó a ser consejero del PP; que tras cerrar allí la persiana abrió la de su firma de consultoría; que volvió a entornar aquella puerta para colarse en el despacho contiguo al del presidente del Gobierno; y que cuando concluya esta etapa retomará su actividad como genio de la asesoría, recogiendo la cosecha que ha ido sembrando a costa del contribuyente.

Redondo se resiste a ser un simple fontanero y aspira a pasar a la historia como el alquimista de la piedra filosofal, capaz de convertir el plomo -llámese Albiol, Monago o Sánchez-, en oro y piedras preciosas. Que le venda a otro la manta porque aquí usamos edredón nórdico y no cuela.