Tierra de nadie

El neoliberalismo resucitará

La gran víctima del coronavirus ha sido el neoliberalismo y sus afligidos deudos están llevando el luto muy malamente. Se preguntan perplejos cómo es posible que estando en la flor de la vida, con una salud de hierro forjado y con un esplendoroso futuro de recortes y reformas estructurales por delante nos haya dejado así, de sopetón, sin siquiera haber tenido tiempo de exponer ante notario sus últimas voluntades. La vida es así de dura: hoy doctrina económica imbatible y mañana ‘estauta’. Siempre se van los mejores. Tanta paz lleve como descanso deja.

Los seguidores del difunto están muy desconcertados porque el mundo en el que creían se viene abajo. Ahora que el Estado estaba acorralado y la única duda era conocer el momento exacto de su rendición, el leviatán ha resurgido y ha empezado a zamparse dogmas y a hacer avioncitos de papel con la deuda y el déficit público, animado además por algunos conversos que se han pasado al enemigo sin derramar una sola lágrima y recomiendan gastar como si no hubiera un mañana. Es el fin de los días, el del libre mercado, de los cinturones apretaditos, el de los impuestos bajos que tanto bien hacían a los que ignoraban lo que era la Sanidad pública porque hasta para extirparse un grano en el culo viajaban a Houston en jet privado y el de esa salvífica austeridad que propugnaban los que en una hora ganaban más que todos sus empleados juntos en un mes.

El primer signo del Apocalipsis, la primera de sus trompetas, ha sonado al ritmo del ingreso mínimo vital que se dispone a aprobar el Gobierno para que los muertos de hambre o, mejor dicho, los que no tienen dónde caerse muertos, disfruten de una pequeña porción de la sopa boba que ingerían algunos parados y esos pensionistas que por el simple hecho de haber cotizado durante cuarenta años se creían con derecho a seguir cobrando hasta hacerse nonagenarios sin dar un palo al agua. ¿Dónde quedó aquello de que para contratar más había que despedir barato? ¿Qué fue de lo de trabajar más por menos dinero? ¿Por qué se han olvidado tan pronto las nefastas consecuencias de vivir por encima de nuestras posibilidades, con lo  que costó inculcarlo mientras se refundaba el capitalismo? ¿Nadie es consciente de que en una sociedad moderna, aunque con guantes y mascarillas, no hay lugar para tanto ocioso?

Viendo que era imposible luchar contra los elementos porque la tormenta tiene muy desguazado el velamen, los que aún guardan la llama neoliberal como si se tratara de la antorcha olímpica se han aplicado a desacreditar la iniciativa por el único flanco en el que veían posible arañar el muro: la división en el Ejecutivo sobre el momento de poner en práctica esta renta mínima. Así han concluido que habiéndose impuesto los partidarios de acelerar su aprobación, es decir Iglesias y los suyos, o, lo que es lo mismo, los populistas bolivarianos, estamos necesariamente ante una medida totalitaria y comunista que, para colmo, no se asienta sobre una caridad temporal sino que aspira a institucionalizarse como un derecho. Así de perverso es este tipo de comunismo.

Desolados como están por la terrible pérdida, los neoliberales mantienen todavía alguna esperanza en la resurrección de su pensamiento, sino es al tercer día quizás al tercer año, y el ingreso mínimo les subleva. ¿Cómo vamos a bajar los impuestos en el futuro si hay que mantener a la actual pandilla de indigentes y los que se vayan sumando a ella? Y lo que es más grave aún: ¿quién se atrevería, si no es el mismismo Aznar con su pelazo sin canas, a quitar el caramelo al niño una vez que lo tenga en la boca?

Como todo en la vida tiene su némesis y el comunismo es altamente infeccioso, hay quienes opinan que la renta mínima no puede demorarse, y que mayo, como parece estar previsto en el BOE, pero que será junio o julio en la vida real, queda demasiado lejos por eso de que las neveras no se rellenan por arte de magia y solemos tener la mala costumbre, incluso estos contemplativos vividores, de hacer alguna comida al día. Y aunque ya sea una costumbre que el ministro Escrivá se entere por la prensa de determinadas cosas, una que tendría que grabarse a fuego es que no hay paciencia que contenga los retortijones de estómago. No es este un capítulo más de la emergencia sanitaria; es una urgencia vital que siempre ha estado ahí pese a que miráramos hacia otro lado.

Es el momento de apuntalar a toda prisa el nuevo Estado del Bienestar porque no es descabellado que cuando la barra libre del gasto se acabe, que lo hará más temprano que tarde, el neoliberalismo apartará la tierra que ahora le cubre y echará a correr como Lázaro en busca de algo que llevarse a la boca. Embestirá sin piedad contra todo aquello que no esté suficientemente cimentado porque el dinero es el lobo feroz del cuento que derriba las casas de paja y madera de todos los cerditos que malviven de la protección oficial. Cuando vuelvan los defensores de la anorexia del Estado y este sea de nuevo el reino de los que encalan sus capitales en paraísos fiscales nos arrepentiremos de todo lo que pudimos hacer y no hicimos. Pongámonos manos a la obra cuanto antes.