Tierra de nadie

El chivo expiatorio

Los antiguos judíos fueron los que patentaron la expresión ‘chivo expiatorio’ cuando Dios era un ser supremo con un carácter muy pendenciero y no el blandito compasivo en el que se convirtió luego en el Nuevo Testamento. El rabino imponía las manos sobre el pobre animal y hacía recaer sobre él los pecados del pueblo elegido antes de abandonarlo en el desierto en medio de una lluvia de pedruscos. En la ceremonia había otro chivo que recibía los honores destinados a Yahveh, aunque su suerte no es que fuera envidiable porque se le daba matarile y se rociaba con su sangre el arca de la alianza que muchos siglos más tarde traería de cabeza a Indiana Jones.

Como lo de los chivos empezó a estar muy mal visto, por no hablar de que se ponía todo perdido, evolucionó la costumbre para que fuera una persona la que expiara las supuestas culpas de otros, y así hemos llegado a la declaración judicial de ayer del delegado del Gobierno en Madrid, José Manuel Franco, al que una jueza quiere responsabilizar de que nadie prohibiera las manifestaciones del 8 de marzo, foco morado y principalísimo para nuestra derecha de la crisis coronavírica que nos asola. Y sí, el feminismo es contagioso, pero de otra manera.

A Franco le ha tocado la china, dicho sea sin segundas intenciones, porque si no resulta inexplicable que en una querella dirigida en origen contra Pedro Sánchez y todos los delegados de Gobierno del país sea el único que esté pasando el vía crucis. Debe de ser porque el resto de delegados no se apellidan Franco, que siempre es un aliciente, o porque en otras provincias la gente se manifestó en fila y a dos metros de distancia unos de otros. O porque el ejercicio de los derechos fundamentales tiene en Madrid unas características especiales y las atribuciones del delegado en cuestión son distintas a la de sus pares.

El caso es que ante la imposibilidad competencial de emprenderla contra el presidente del Gobierno y contra su legión de delegados, la jueza ha convertido a este gallego de Lugo en el Azazel de la pandemia, que así llamaban al chivo expiatorio en tiempos del maná, y más que investigar una presunta conducta delictiva por su parte, esté tratando de cincelarla en colaboración con unos escultores bastante chapuceros de la Guardia Civil a los que les das la figura completa, perfecta y hermosa de una mujer alada y te hacen la Victoria de Samotracia con el escoplo.

Franco declaraba ayer varias cosas de cajón. La primera, y fundamental, que sin motivos concretos de los que solo a posteriori se tuvo conocimiento, él no era nadie, por muy delegado del Gobierno que fuese, para impedir un derecho como el de  reunión, ya que de haberlo hecho sí que hubiera cometido la prevaricación de la que se le acusa. Y la segunda, que también parece de sentido común, que nadie que no esté trastornado permitiría que se celebrase un acto que pusiera en peligro la vida de miles de personas, además de la suya propia y la de su familia, asistentes también a la concentración feminista.

Con algunas instrucciones nunca se puede estar seguro de nada porque a la venda de la Justicia le pasa lo que a las mascarillas, que no paran de moverse y lo que debería ser ceguera se transforma por arte de magia en una mira telescópica, pero no parece que Franco deba preocuparse en exceso. Pese a que, cargado con el fardo de las culpas, se le haya abandonado en el desierto y le estén cayendo piedras, no es el verdadero objetivo de la lapidación.

El curso de los acontecimientos sigue para muchos un cauce prefijado, que no sería otro que acumular razones o sinrazones, aunque sea a martillazos primero y con calzador después, para dar el pase de la causa al Supremo y que sea este tribunal el que se vea en la disyuntiva de proceder o no contra el Gobierno sin delegados de por medio. No es lo mismo pronunciarse acerca de denuncias particulares, donde la admisión a trámite es poco menos que imposible, que hacerlo sobre una instrucción de miles de folios, por mucho que estos contengan errores, bulos y alguna manipulación que otra. Ya no estaríamos hablando de un pobre chivo sino de buey de Kobe. O de caza mayor y ríos de adrenalina.