Tierra de nadie

Con las orejas en la masa

Se ha sabido ayer que con un programa israelí llamado Pegasus que solo puede ser adquirido por Gobiernos y cuerpos de seguridad estatales, y aprovechando un fallo de seguridad de WhatsApp, fueron pinchados y monitorizados entre abril y mayo de 2019 unos 1.400 móviles de todo el mundo, entre ellos los del presidente del Parlament de Catalunya, Roger Torrent, el del exconseller Ernest Maragall, y los de otros dirigentes independentistas. Pillados con las orejas en la masa, todos los posibles responsables del hackeo, desde Interior a la Policía y la Guardia Civil, pasando por el CNI, se han llamado a andana. Torrent, con la inocencia que le faltaba al capitán Renault en Casablanca, denunció el escándalo de que aquí se juegue, y que el juego consista precisamente en espiarle a él y a otros adversarios políticos.

Sin ánimo de prejuzgar, parece obvio que si lo que se mueve como un pato, tiene patas y pico de pato y nada y grazna como un pato, va a resultar que es un pato. En definitiva, que si existe un programa de espionaje sólo al alcance de Gobiernos y los aparatos del Estado que ha sido utilizado para hocicar en la intimidad de varios dirigentes independentistas sería una sorpresa que el responsable del ataque fuera una congregación de monjas del Sagrado Corazón. Verde y con asas, alcarraza.

Estamos, según parece, ante la versión primigenia de las cloacas del Estado, que en el pasado reciente tendían a confundirse con las alcantarillas del Gobierno y sus poceros villarejos. No se trata de un trabajito de mercenarios con placa reclutados para hacer la guerra sucia a la oposición y enterrar los escándalos del partido en el poder sino de la misión tradicional de los servicios de inteligencia, que siempre han catalogado al secesionismo como un amenaza a la seguridad nacional y obran en consecuencia. Actúan así con cualquier Gobierno, sea del PP o del PSOE y Unidas Podemos, en el entendimiento de que nadie preguntará con el dossier en la mano cómo se ha obtenido la información que se le facilita.

¿Que es un vergüenza intolerable y un ilegalidad manifiesta someter a vigilancia a los políticos independentistas? Sin duda. ¿Que si te pillan con el carrito del helado alguien debe rendir cuentas y asumir la responsabilidad de estos actos? Por supuesto. Pero sería de una candidez inimaginable pensar que una estructura dedicada a obtener información al precio que sea vaya a someterse a los métodos ordinarios por mucho control de legalidad que se invoque. En definitiva, que si se sufragan los servicios de inteligencia es porque se ha llegado a la conclusión de que alguien ha de hacer cosas ilegales con todas las de la ley. Es el Estado, amigo.

Que no conste aún que las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado sean clientes de NSO, la compañía israelí propietaria de Pegasus, significa solo eso: que no consta. De lo que sí hay certeza es que, al menos hasta 2015, se recurrió a los oficios de su competidora italiana, Hacking Team, cuyo nombre ya lo dice todo, y no precisamente para recopilar recetas de cocina. Se ha espiado, se espía y se espiará. Lo hizo en su día el CESID (antecesor del CNI) con el rey mucho antes de ser emérito, y almacenó una colección de cintas de audio de sus conversaciones con amigos y amigas, así como del presidente Suárez, de diversos políticos, empresarios y de periodistas, todas ellas etiquetadas convenientemente. A falta de un Pegasus del que echar mano, se creó un gabinete de escuchas, el llamado Centro de Vigilancia del Espacio Radioeléctrico, para la grabación de frecuencias de teléfonos móviles. El escándalo fue de tal calibre que se llevó por delante al jefe de los servicios secretos, al ministro de Defensa y al vicepresidente del Gobierno, y forzó una investigación de la Fiscalía y una investigación judicial que desembocó años después en una condena de cuatro meses contra el jefe de operaciones de la Casa, el famoso Juan Alberto Perote.

Nueve partidos pidieron ayer en el Congreso la creación de una comisión de investigación sobre las cloacas del Estado y exigir que se depuren responsabilidades sobre el espionaje. En efecto, alguien ha de asumir en primera persona las consecuencias del espectáculo dantesco de haber quedado con el culo al aire, alguien debe pagar el pato del fisgoneo para que quien le sustituya pueda dedicarse a hacer exactamente lo mismo pero con más discreción. Todo ha de cambiar para que todo siga como está.