Tierra de nadie

España se rompe por enésima vez

Aunque no lo parezca, la reacción de la derecha al anuncio de que el Gobierno se dispone a tramitar los indultos a los condenados en el juicio del 1-O –algo a lo que, por otra parte, está obligado al margen de cuál sea el desenlace- está siendo mucho más moderada de lo que se esperaba. Bueno, es verdad que ha salido Pablo Casado diciendo que es inmoral, que el Gobierno pretende liquidar las instituciones y que la democracia está al límite de lo que puede soportar; que Vox ha anunciado que los recurrirá mientras su líder campeador se refería a de "un Gobierno en manos de las mafias golpistas"; y que en Ciudadanos se han indignado mucho pero siguen dispuestos a negociar los Presupuestos. También es cierto que la prensa conservadora se ha quedado sin calificativos y ha tenido que definir el asunto como una nueva claudicación, sin especificar cuántas llevamos ya. Tantas veces se ha roto España que el ruido del estropicio ya no despierta al vecindario.

Como se decía, cabe describir la reacción de moderada porque allá por el mes de diciembre, en el umbral de la investidura, de lo que se hablaba era de alta traición, se exigía la aplicación del artículo 102 de la Constitución para poner a Sánchez los grilletes bien apretados y se alentaba a los poderes del Estado, es decir al Ejército, a impedirla por lo militar ya que por lo civil no se podía, ante la supuesta negociación con el independentismo de una reforma del Estado que iba a quebrar el orden constitucional. Algo se ha avanzado desde entonces.

Es indudable que, siendo inminente la presentación de los Presupuestos, anunciar que los indultos serán tramitados y que, en paralelo, está en estudio la reforma del delito de sedición, constituye toda una invitación a que los partidos independentistas los negocien. ¿Que esto es un cambalache y destila cierto aroma a chantaje? Pues seguramente se aprovecha el curso del Pisuerga, pero en algún momento habrá que poner el cascabel al gato catalán, que fue para lo que muchos votaron a los partidos que forman la coalición de Gobierno. Ahí no hubo engaños. Se les votó porque prometieron una nueva estrategia e intentar algo parecido a una reconciliación, no ya con los encarcelados, sino con esos dos millones de personas que, en su vida cotidiana y por la vía de los hechos, hace tiempo que se independizaron de España y son indiferentes u hostiles, según el caso, a todo lo que les llega desde la meseta. Se les votó, entre otras cosas, para buscar solución a un problema enquistado.

A esa derecha que se escandaliza mucho con los indultos a los que llama golpistas, no se le escuchó un reproche cuando el indultado fue el general Armada, quizás porque siempre les fueron simpáticos los elefantes blancos. Nadie en su filas movió una pestaña ni pensó que era una traición y una intolerable cesión al nacionalismo que apoyó su investidura, cuando el propio Aznar, nada más instalarse en Moncloa, firmó esta medida de gracia para 15 ex miembros de Terra Lliure. ¿Acaso se puede indultar a políticos, a corruptos, a políticos corruptos, a ex terroristas, a banqueros o a kamikazes defendidos por diputados del PP y no a dirigentes independentistas? Es más, ¿indultar a cascoporro con informes desfavorables de la Fiscalía y los tribunales sentenciadores solo es posible si es el PP quien gobierna?

En determinadas circunstancias, los indultos ni siquiera han de ser justos para ser necesarios. Es imposible asentar la convivencia en la derrota humillante del contrario, algo que según parece es el único plan, por llamarlo de alguna manera, de quienes ven una perfidia cada gesto, cada paso para tratar de salir del laberinto. Es necesario repetir hasta el hartazgo que el diálogo o la negociación –allá cada uno- entre Cataluña y España no es una cesión al independentismo sino la única manera sensata de asegurar la supervivencia del propio Estado.

Esto es así porque no hay Estado capaz de sostenerse mucho tiempo en pie sin establecer un proyecto común que pueda ser aceptado por la inmensa mayoría. La convivencia no consiste en el mero ejercicio de estar juntos en una habitación sin partirnos la crisma los unos a los otros cuando nos falte el aire. La convivencia no es estar juntos sino hacer algo entre todos. La verdadera traición es negar esta evidencia, no reconocer que este dinosaurio no va a irse a ninguna parte y, para disimular, tratar de ocultarlo bajo la alfombra. ¿Indultos? Y hasta la amnistía si fuera preciso.