Tierra de nadie

A los del centroderecha no les salen las cuentas

Fue primero Aznar quien con su entrenado ojo clínico detectó el problema. Lo que entendía como centroderecha –o centrodecha, dicho así de corrido, como a él le gusta llamarlo- estaba fragmentado y el desfragmentador que lo desfragmentara buen desfragmentador sería. La misión era histórica, solo al alcance de los grandes líderes, y él en su modestia y desde su posición –que era y sigue siendo la de empleado de cualquier multinacional que le ponga a sueldo- se ofrecía a unir los añicos en plan arqueólogo egipcio para que los españoles pudieran tener garantías "de un proyecto de futuro". La precisión era importante porque Rajoy había hecho mutis después del estropicio con la porcelana, estaba vacante el trono de hierro y la desinteresada proposición podría entenderse como el temido retorno del Jedi.

El reto pasó a Pablo Casado, al que entonces se refería el insigne estadista como la encarnación de la "continuidad histórica" que el PP necesitaba y su gran esperanza, blanca blanquísima como es natural. El nuevo líder recogió obedientemente el guante y garabateó en la pizarra la fórmula mágica para lograrlo sin concesiones a la trigonometría. Nada de senos, cosenos y tangentes; se imponía la simple adición y fue así como nació su España Suma, que parecía de Catón y con la que fue tirando hasta que resultó evidente que fallaban las cuentas.

Repasando los deberes del niño como el padre solícito que es, Aznar se percató de que lo de Casado no eran las matemáticas sino quizás la lengua, por eso de su piquito de oro, y ante el cálculo fallido de su pupilo volvió a advertir de que "la fragmentación nos conduce inexorablemente a la derrota", algo bastante parecido a lo de "ustedes no volverán a formar parte del Consejo de Ministros" que dijo Pablo Iglesias y por lo que se armó una zapatiesta del quince porque sonaba muy bolivariano.

En vista de que la cosa sigue igual, con la vasija en pedazos sobre la mesa, esta misma semana ha llegado Esperanza Aguirre con el super glue en la mano para intentar recomponer el puzzle. Ni corta ni perezosa, que lo de ser reina de las ranas es un esfuerzo constante, Aguirre se ha erigido en mediadora entre el PP y Vox para confirmar que lo que Dios ha unido no puede separarlo un hombre, Abascal en concreto, al que se disponía a llamar de inmediato para hacerle entrar en razón. Al niño Casado le ha vuelto a poner tarea, más sencilla que la de Aznar porque ya no son tres sumandos en la ecuación, que es un lío, sino únicamente dos: ""Lo que tiene que unir Pablo es el centro y la derecha. Más a la izquierda está Ciudadanos, nosotros más en el centro y Vox más a la derecha", le explicaba la profe Aguirre. De Barrio Sésamo, vaya.

Se ignora cuánto tiempo se ha concedido a Casado para pasar el examen, pero no debe de ser mucho en vista del cuestionamiento al que empieza a ser sometido por los custodios del partido, afincados en Faes y convencidos de que ni con pandemia ni sin pandemia tienen remedio los males del PP, congelado o, más bien, derretido en las últimas encuestas, y con la amenaza de afrontar el debate de la moción de censura de Vox no ya licuado sino en plena vaporización.

Nadie parece tener en cuenta que el asunto va más allá de una simple suma, algo que el integrismo católico de Ana Botella ya detectó en su día a cuenta del matrimonio homosexual. ¿Son Vox y el PP dos manzanas o son una manzana y una pera? Porque si son dos manzanas podrían sumar fácilmente pero si fueran una manzana y una pera a lo más que alcanzarían es a poner una frutería sin muchas pretensiones. El consenso general en ese mundo es que son la misma cosa, sangre de su misma sangre, astillas del mismo palo y, en consecuencia, de la misma manera que Vox es de centro, el PP puede ser de ultraderecha, que no nos vamos a poner tiquismiquis con la ideología. Ahora bien, ¿qué ocurriría si realmente fueran una manzana y una pera y la pera se hubiera pasado estos años con el disfraz de manzana puesto haciendo el más espantoso de los ridículos? ¿Y qué pasa si a las manzanas lo que les pide el cuerpo es partir peras y hacer un zumo?

Luego, claro, está el problema de la pera en sí, cuyo agusanamiento hace imposible sacarle brillo en el escaparate. Tenemos una pera podrida, implicada en asuntos tales como el latrocinio de fondos públicos, la conspiración contra adversarios políticos, el uso indecente de fondos reservados y el chantaje mafioso. ¿Está en disposición Pablo Casado de colocar su mercancía, no ya a los paladares más exigentes, sino a los que confían en no vomitar al primer mordisco?

La cuestión por tanto no se reduce a una suma sino a una complicada ecuación que ha comenzado con un ajuste de cuentas y me llevo una (por delante), tal ha sido el caso de Cayetana Álvarez de Toledo, que de azote del socialcomunismo ha sido reducida a la condición de instagrammer. El descubrimiento de que la pretendida suma ha empezado con una resta tiene descompuestos a los admiradores de la marquesa de Casa Fuerte, Aznar y Aguirre entre ellos, que empiezan a plantearse si con este chico se puede hacer carrera siendo como es un negado para los números.

Curiosamente, lo único que sostiene ahora a Casado son las frágiles alianzas que mantiene con Ciudadanos, al que con mucho engreimiento más que sumar se quería absorber que ni es lo mismo ni es igual. Vive este hombre pendiente de una veleta –"tengo la promesa de Inés"- y entregado a la defensa de la presidenta chiripitifláutica de Madrid, que de sumas va justita, especialmente en lo que se refiere a contagiados en su comunidad.

¿Culpable de que el llamado centroderecha no sea capaz de esa adición en torno al PP que prometía Casado? Pues la izquierda, que para mantenerse en el poder a toda costa, lo que está muy feo si no es la derecha quien lo ocupa, está intentando dividir y así no hay quien sume. Aznar, que ya no admite excusas, ha sido tajante: "Ganarse los galones es responsabilidad de cada uno". O dicho de otra manera: son las matemáticas, amigo.