Opinion · Bocacalle

La agonía del régimen en «24 Horas»

Cumple hoy la Constitución vigente 36 años y aunque es un día festivo, como todos los años, creo que en esta ocasión hay motivos para pensar —más que nunca— que estamos ante su agonía manifiesta. Si para atisbarla había que haber pasado por el 15-M, ese número con inicial al que habría que dar una denominación  más explícita a fin de otorgarle todo el sentido que puede tener en la historia de este país, para certificar esos estertores nada ha sido tan expeditivo como el nacimiento de Podemos y su repercusión en una sociedad harta de un bipartidismo con claros síntomas de descomposición.

Faltaba, sin embargo, para colmar el presentimiento de esa agonía, uno de esos detalles que a veces son tan significativos que casi no merecerían comentarse. Ayer, después de mucho pensarlo y previas e insistentes presiones de los trabajadores de la casa, la televisión pública estatal que pagamos todos los ciudadanos ofreció una entrevista con Pablo Iglesias en el canal 24 Horas, que supongo habrá tenido unos registros de audiencia notables, no por los profesionales que intervienen en el programa, sino por el carisma del líder político invitado.

Con toda seguridad, nunca, en la historia de TVE, se dio tan explícita animadversión por parte de los periodistas concurrentes hacia un una personalidad política. Dejando aparte la insidiosa e intolerable alusión a los presos de ETA por parte del presentador, felicitando a Iglesias por la libertad de los mismos, creo que el espectáculo ofrecido deja a la televisión del régimen a la altura de su propia agonía. Pero lo más grave no es que esa animadversión haya sido tan expresa desde la misma presentación del invitado, sino que quienes la mostraron tampoco fueron inteligentes en sus preguntas, privados acaso de la luz que nunca alumbra a los que así se muestran.

Hubiera sido más presentable, al menos para disimular un mínimo de pluralidad, que uno solo de los presentes se desmarcara del plantel de inquisidores, pero el programa ni siquiera se molestó en ello porque de lo que se trataba era de lo que fue.  ¿Resultado? Más votos para Podemos, más admiración y respeto hacia su líder —que lidió las embestidas con tanta soltura y aplomo como inteligencia resuelta y valiente—, y la certeza de que tanto la Constitución que hoy celebramos como ese periodismo del régimen que la sostiene están enfermos de suma gravedad.