Opinion · La revuelta de las neuronas

La deuda arruina la vida

En 1848, dentro de lo que hoy se llama Alemania, se lanzaba un llamamiento a todas las asociaciones que cubrían la Provincia deuda--644x362Renana, con la intención de impulsar la negativa social a pagar los impuestos. Estamos en medio de una época convulsa, también para la Confederación Germánica, donde al calor de lo que ocurría en París ese mismo febrero, se suceden levantamientos populares contra la nobleza y los privilegios que sacuden los cimientos de su dominio. Karl Marx, que venía de ser expulsado de Bélgica, tomo parte activa en esta revolución, lo que más tarde le costaría la expulsión de Colonia, continuando así su vida nómada de exiliado. Hoy nos puede resultar extraña que una iniciativa como la que Marx apoyó y llamó públicamente  a secundar bajo la consigna, ¡Abajo los impuestos!, adopte una tonalidad progresista y emancipadora. Este hecho histórico puede ayudarnos a situar a día de hoy la deriva que llega a tomar el sentido y el destino de los impuestos.

En nuestro tiempo, quienes abogan por acabar con los impuestos son los ultraliberales que apuestan por “la libertad de disponer de tu dinero”, contra la “represión fiscal”. Con renta disponible en el bolsillo, dicen, aumentará el consumo, pero lo que omiten es que nadie elige ponerse enfermo, educar a sus hijos, hacerse mayor, o perder lo que se tiene y necesitar apoyo. Omiten que tiene derecho a vivir todo el mundo, también los que no tienen “éxito”. Quienes pueden asegurar todo eso sin un servicio público que lo garantice en cualquier situación, son quienes siempre tendrán poder adquisitivo para costearlo, es decir, una minoría que acumula mucha riqueza socialmente creada en pocas manos privadas.

Empero, el debate no se limita a subir o bajar impuestos, o a subir o bajar impuestos a los que más tienen, hay un salto cualitativo que modifica por completo el destino de los impuestos recaudados destrozando por completo la soberanía popular y carcomiendo a la democracia. Al mismo tiempo que los y las españolas tienen cada vez menos ingresos, los precios aumentan y pagan más impuestos. Aún así, gracias al elevado fraude fiscal, a lo poco que pagan las grandes fortunas y empresas o el bajo consumo,en 2012, la presión tributaria en España se situó en el 32,5% del PIB, lo que nos coloca en el puesto 19 entre los 28 Estados miembros de la UE y siete puntos por debajo de la media comunitaria (39,4%).

No para de aumentar el porcentaje de lo recaudado en los impuestos que se destina directamente a costear el pago de la deuda, al mismo tiempo que la deuda no deja de crecer.  La ciudad de Madrid ha destinado en 2014 un 24% del presupuesto total a pagar la deuda e intereses, aun así, terminará el año debiendo la misma cantidad que hace tres años. Si tuviéramos que dividir entre toda la población la deuda pública española que ya supera el 97% del PIB (en 2007 era del 36,3%), tocaríamos a 21.400 euros por persona. Un nivel de endeudamiento tan alto que tiene como consecuencia pagar un 6,6% más de intereses con respecto a 2013. Pero es que el pago de los intereses de la propia deuda, representa la quinta parte del aumento de la misma, unos 97.000 millones desde 2008.

Cuantas más rebajas fiscales y bonificaciones se dan a las empresas para abaratar la contratación, cuanto más se reducen los costes de contratación y de despido, cuanto más bajan los salarios y se precariza el empleo, menos dinero ingresa el Estado, menos capacidad de consumo hay y más se erosiona el Estado de Bienestar. Cuanto menos dinero ingresa el Estado más necesario resulta emitir deuda para poder financiarse, cuanto más crece la deuda en relación al PIB, más ajustes de «responsabilidad» se ejecutan, lo cual incide en menos gasto social, más devaluación salarial, menos consumo interno y por lo tanto, más crece la deuda. Cuanto más crece la deuda más aumentan las exigencias impuestas por los acreedores, más intereses se pagan y por lo tanto, más sectores e instituciones deben sacrificarse a la dinámica propia de la economía de la deuda que reinicia indefinidamente el mismo bucle.

La deuda contraída no va por una parte y la deuda a pagar por otra, ambos momentos forman parte de un mismo modelo económico: Todo ese crédito barato al que la especulación inmobiliaria daba salida y que las obras urbanísticas absorbían el excedente de capital que tenían los bancos, no se puede simplificar con la crítica de la mala gestión de las administraciones (que también). En la economía de la deuda, la propia deuda es el mecanismo central de acumulación de capital en nuestro tiempo contemporáneo. No es una fórmula tangencial, sino que representa la centralidad del capitalismo actual. Crédito y deuda forman parte del mismo entramado, que ahora, a través del reembolso, busca seguir ampliando el beneficio de unos pocos a costa del empobrecimiento de la mayoría.

La extracción de plusvalía ya no se limita al tiempo de la jornada laboral, ahora se catapulta a todos los aspectos vitales cuando toda la sociedad, su producción, sus servicios públicos, su transporte, todo, trabaja para la acumulación del capital financiero a través de la deuda. En este nuevo extractivismo social donde la deuda actúa desde una triple perspectiva, económica (empobreciendo materialmente), psicosocial (culpables por la sensación de deber) y política (la relación entre acreedor y deudor es una forma de gobierno), nada queda fuera de esta aspiradora que parasita a toda la sociedad. Cualquier alternativa vital como sociedad a la servidumbre pasa por cuestionar la economía de la deuda.

Al igual que la “lucha contra el déficit” no busca reducir la deuda, sino que forma parte de la economía de la deuda, los consejos del FMI y las políticas de empobrecimiento no buscan crear empleo. Poco importa apelar a la moral o a querer convencerse de que están equivocados o ciegos. No viven en otra realidad, viven en el extremo opuesto de la misma realidad que sufre la mayoría social. Quieren acondicionar una nueva realidad donde nuestra vida y nuestro imaginario estén colonizados por el miedo, la incertidumbre, la culpa y la sumisión. Quieren una sociedad donde todos y todas nos comportemos como Hediondo en Juego de Tronos, dando gracias a quienes nos arruinan. Si queremos preservar la vida digna tenemos impugnar a la economía de la deuda.