Gustavo Petro, la Colombia que quiere ser un pueblo

Bogotá, como Colombia, tiene pegados el cielo y el infierno. En Chapinero, en el nororiente de la capital, está una ciudad del ocio que harían las delicias de las Kardashian, con edificios enteros remozados con luces de neón y dedicados a todas las músicas imaginables, restaurantes de cada rincón del planeta acompañados de lujosos decorados y caros coches que conducen cachorros de empresa que mueven la mandíbula; interrumpiendo el paisaje, esquinas con perros calientes y pinchos morunos para que maten el hambre los que se gastaron todo en las caras copas. Tras el humo de esos chiringuitos de lata se ven en penumbra, manchados de la noche, los recogedores de latas, plásticos y cartones que intentan sobrevivir arrumbando la miseria que los demás tiran, perfil que recorta a la gente guapa y a los caros modelos que desfilan entre suplicantes mendigos con las manos llenas de monedas que no llegan a 500 pesos. Sentados en el suelo se confunden los adolescentes que vomitan la cerveza y el Jaggermeister y los desahuciados de un gobierno al que nunca ha parecido interesarle mucho su pueblo.

En Colombia hay elecciones hoy, domingo 29 de mayo. Más de 400 observadores internacionales están en el país. Decía Perón que el ser humano es bueno, pero que si lo vigilas, es mejor. Le ocurre igual a la democracia colombiana: si la vigilas quizá sea mejor. Aunque hay zonas donde no llegan los ojos de nadie. Los paramilitares controlan zonas del país donde matan a quienes no les obedecen. Es el sitio de América Latina donde el voto puede costarte más caro. EEUU nunca ha criticado a Colombia.

En verdad, en cuanto a las ventajas de la vigilancia, a cualquier democracia le pasa igual. Ahora mismo, una de las democracias más podridas del mundo occidental es la norteamericana. La que va vigilando democracias por el mundo y repartiendo carnets de buen demócrata. Suele entregarlos si les acompañas en sus invasiones. El Presidente colombiano saliente, Iván Duque, pertenecía al Grupo de Lima, donde también estaba la OEA en uno de sus peores momentos, bajo el mandato del corrupto y justificador de golpes de Estado, Luis Almagro. El Grupo de Lima callaba cuando sus miembros disparaban contra su pueblo, por ejemplo en el Chile de Piñera o en la Colombia de Duque, pero intentaron una invasión de Venezuela, junto con los EEUU y avalada por el único Presidente del mundo que se ha autoproclamado en una plaza, Juan Guaidó. Ya no pueden ni llamarse Grupo de Lima porque la izquierda ganó las elecciones en Perú.


La derecha siempre juega con las cartas marcadas. Pero en Colombia siempre han exagerado. No en vano, Álvaro Uribe prometió a los EEUU convertir a su país en la "Israel latinoamericana", con cinco bases militares, solo superado por los países centroamericanos (9 bases en Honduras, 8 en Guatemala, 8 en Belice, 6 en Panamá). Colombia ha sido durante mucho tiempo un narcoestado, con un Presidente, Uribe (2002-2010), vinculado al paramilitarismo y a las drogas, que ha visto como buena parte de sus colaboradores han ido entrando en la cárcel por sus relaciones con los cárteles de la droga. Su padre ya aparecía en los listados norteamericanos de narcotraficantes y bajo su gobierno se dieron, además de numerosas matanzas, el caso de los "falsos positivos", campesinos, gente pobre y líderes sociales asesinados por el ejército y presentados como guerrilleros para cobrar la recompensa. Uribe siempre ha luchado contra la paz.

La observación internacional busca "vigilar" las elecciones del domingo donde todas las encuestas dan como rotundo ganador a Gustavo Petro, candidato del Pacto Histórico "Colombia Puede" –aunque todo el mundo se refiere a esta agrupación como Pacto Histórico-. Se trata de un frente amplio de partidos y organizaciones sociales y comunitarias, entre las que están Colombia Humana, el partido de Gustavo Petro, la Unión Patriótica-Partido Comunista, el Polo Democrático Alternativo de Francia Márquez (activista social, feminista y ecologista afrodescendiente que acompaña como número dos a la candidatura), el Movimiento Alternativo Indígena y Social, y el Partido del Trabajo de Colombia entre otros.

Conviene vigilar las elecciones colombianas porque, sin ir más lejos, en las elecciones legislativas de marzo de 2022 se repitieron tres de los comportamientos repetidos en las elecciones de Colombia desde que asesinaron en 1948 al candidato de la izquierda Jorge Eliecer Gaitán, un hombre que decía que no era un hombre sino un pueblo. Expresión del deseo de superar uno de los principales problemas de Colombia, las desigualdades, y con capacidad de movilización popular a la búsqueda de la reforma agraria. Por eso le pegaron cuatro tiros en la carrera séptima con la Avenida Jiménez. Su muerte echó al pueblo a la calle en lo que se conoce como el Bogotazo. De aquella represión brutal nacería la guerrilla. En Colombia, los líderes de la izquierda van con escoltas para que no les maten. Es duro ver a gente en España, cuando nos visitan, hacer vida tranquila, y verles aquí en Colombia bajo la amenaza permanente de las balas del poder. Me recuerda momentos terribles de nuestra historia. Gente como la Senadora María José Pizarro, del Pacto Histórico, hija de un líder asesinado, son heroínas y héroes. Como toda la gente anónima que sostiene lo que hay de democracia en Colombia.


En las elecciones de hace un par de meses se volvieron a registrar casos de fraude electoral –le robaron escaños al Pacto Histórico, que después recuperó no sin esfuerzo-, volvió a enseñorearse la corrupción, con enormes bolsas de compra de votos, se interrumpieron las votaciones con amenazas y coacciones violentas del paramilitarismo en zonas del país, y se volvieron a asesinar a líderes sociales y políticos y a miembros de la guerrilla desmovilizados por los acuerdos de paz de 2016.

Gustavo Petro también fue guerrillero del M-19, el Movimiento 19 de abril, desmovilizado a finales de los 80. Entró en la guerrilla con 18 años, en un tiempo en el que la derecha asesinaba a los líderes de la izquierda y robaba las elecciones cuando perdía, como le pasó a la ANAPO, la Alianza Nacional Popular en 1970. Luego fue alcalde de Bogotá, y como intentaron hacer con López Obrador con el llamado "desafuero", le aplicaron avant la lettre el lawfare y lograron sacarlo de la alcaldía en 2013 con malas artes. Pero a Petro nunca le han derrotado. Y no odia nada la derecha más que a aquellos que les infligen derrotas  y, encima, no se dejan derrotar ni pierden el ánimo. Ahí están Melenchon, Lula, Maduro. No les odian por las políticas que hacen, sino porque no pueden vencerles. Y aún más cuando hacen cosas que les descolocan. Como cuando en 2014 Petro y su gente pidieron el voto para la reelección de Juan Manuel Santos, el que había sido Ministro de Defensa de Uribe pero había roto con él. El progresismo votando a un candidato de derecha para, precisamente, impedir que ganara el uribismo contrario a la paz que representaba el Centro Democrático. El uribismo está muerto, pero como le pasa al neoliberalismo, se va a despedir matando.

Gustavo Petro es algo más que el representante de una fuerza política. Tiene detrás el estallido social de abril de 2021, el conocido como Paro Nacional –una protesta que tenía como detonante la reforma tributaria pero que, como ocurrió en Chile con la subida del metro, expresaba el agotamiento del régimen-. El estallido dejó en el país, en especial en Cali y Bogotá, decenas de muertos, centenares de heridos, miles de detenidos. Si hubiera ocurrido en Venezuela los EEUU habrían hablado de invadir el país. Pero Colombia es la Israel norteamericana. Quizá por eso, en la víspera de las elecciones, Joe Biden e Iván Duque han firmado un acuerdo que sitúa de facto a Colombia como miembro de la OTAN. Nunca han faltado soldados colombianos en las aventuras imperiales norteamericanas desde la invasión de Irak.


Las elecciones de este domingo en Colombia pueden resolverse con la victoria de Gustavo Petro y Francia Márquez en primera vuelta –se necesitan el 51% de los votos, unos 11 millones de papeletas-. El desafío no es fácil, pero Petro ha logrado las dos cosas que reclama un frente amplio cuando quiere ser expresión de cambio: un liderazgo fuerte y cercano y un modelo de país en donde las mayorías, los más humildes pero también las clases medias, vean una oportunidad de prosperar en un país más decente.

La derecha, que había apostado inicialmente por 'Fico' Gutiérrez –una caricatura de los reductos del uribismo-, ha ido dejando paso a Rodolfo Hernández, un empresario casi octogenario y arrogante que fue, sin pena ni gloria, alcalde de Bucaramanga, y al que refieren como el "Trump criollo", esto es, un tipo faltón y sobrado que expresa el clasismo típico de los ricos colombianos (otra vez un fenotipo que, en realidad, es universal). Hernández, como candidato típico de la crisis del neoliberalismo –un insider que se presenta como un outsider- tiene más posibilidades de sumar a gente despistada que la candidatura derechista de Gutiérrez. Aunque en el fondo, ambos representan lo mismo: inmovilismo. En la crisis del neoliberalismo la derecha contrasta entre los que mienten y maquillan sus intenciones, como Hernández, y los que refuerzan sus contenidos más autoritarios, como Gutiérrez. Aplíquenlo a cualquier país.

El gobierno de López Obrador en México y la augurada victoria de Lula en Brasil (el 2 de octubre de 2022), que acompañan a los triunfos de la izquierda en Bolivia, Chile, Argentina, Honduras o Venezuela, hacen de la victoria de Petro y Márquez en Colombia un punto de inflexión. Colombia puede convertirse en un referente regional por la solidez política de Petro, por su claridad en la catástrofe medioambiental en la que vivimos y por su enorme compromiso con la unidad regional. No es extraño que la derecha le haya obligado a terminar la campaña con chaleco antibalas y escudos en los mítines para evitar a los sicarios. Las oligarquías nunca perdonan a los que les quitan el sueño. Pero Petro sabe que no es culpa del pueblo que sus sueños sean siempre vistos por las élites como pesadillas.