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La ciencia de bautizar aeropuertos

Hay que admitirlo: Ana Botella es rápida cuando quiere. En menos de 24 horas tras el fallecimiento de presidente Suárez, la alcaldesa de Madrid propuso cambiar el nombre del aeropuerto más grande de España, el de Madrid-Barajas. Dicho y hecho, Ana Pastor, la ministra de Fomento daba el visto bueno y ya ha sido renombrado.

El cambio de nombre se ha comparado a los que en su día protagonizaron el Charles de Gaulle francés y el JFK estadounidense. Sin embargo, los españoles nos apuntamos el tanto de ser los más rápidos en tomar la decisión… debe de ser por aquello de llevar mucho tiempo cogiendo carrerilla y no cambiar la ingente cantidad de nombres franquistas que inundan todavía España.

Sea como fuere, si en un día se ha renombrado Barajas, no sucedió lo mismo con los otros dos. Cuando murió De Gaulle, el aeropuerto ni siquiera de había terminado. Sus obras concluirían casi cuatro años después, por lo que hubo tiempo de madurar la decisión. Más rápido fue el cambio del New York International Airport, conocido como Idlewild Airport, por el de John F. Kennedy… concretamente, un mes. Botella, pues, se lleva la palma.

La costumbre de rebautizar aeropuertos con nombres de presidentes está extendida mundialmente, pero EEUU es puntera en la materia, pues ni siquiera espera a que fallezcan. Ejemplo de ello son el George H.W. Bush de Houston (Texas) o el Bill and Hillary Clinton National Airport de Little Rock (Arkansas). 

Pero KⒶosTICa escribe de ciencia y tecnología y, por ello, no podemos dejar de hacer un repaso a los aeropuertos del mundo con nombres de científicos o inventores. Podemos encontrar auténticos clásicos, como el Copérnico de Breslavia (Polonia), el Hipócrates de Kos (Grecia), el Galileo Galilei de Pisa (Italia) y el Leonardo da Vinci de Fiumicino-Roma (Italia). Todo un homenaje a quienes contribuyeron a ampliar el conocimiento y, en suma, el bienestar de la Humanidad con sus descubrimientos.

Los clásicos no son los únicos que han terminado bautizando aeropuertos y, así, también encontramos el internacional Charles Darwin de Casuarina (Australia), el Nikola Tesla de Belgrado (Serbia) o, incluso y mucho más reciente, el David Warren de Canberra (Australia), en homenaje al inventor de la caja negra. 

¿Y España? ¿Ningún aeropuerto bautizado con el nombre de algún ilustre científico español? ¿Alguno con el distintivo de nuestros Premios Nobel Ramón y Cajal o Severo Ochoa? Nada, absolutamente ninguno.

Es más, como muestra del desprecio, la dejadez y el ostracismo institucional al que históricamente es sometida la investigación en nuestro país, adivinen a qué aeropuerto iban a bautizar como Juan de la Cierva, el inventor del autogiro…

Sí, al aeropuerto fantasma de Murcia, el de Corvera, promovido por el popular Ramón Luis Valcárcel y paralizado desde 2012 por su inviabilidad. De hecho, a finales del año pasado el Instituto de Crédito Oficial (ICO) acudió al rescate con 40,61 millones de euros. Tres kilómetros de pista fantasma (con Sacyr de por medio, cómo no) para homenajear al inventor del precursor del actual helicóptero.

Qué gran metáfora del “¡Que inventen ellos!”, del maestro Unamuno.