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Cuando un techo no es suficiente

Hace una semana que con motivo del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza conocíamos el escalofriante dato: Hay más de 12 millones de personas pobres en España, habiéndose incrementado la privación material severa. Eso supone más de una cuarta parte de la población (26,1%).

Los datos facilitados en el Senado por la Red Nacional de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social (EAPN) revelaban que hay 2,5 millones de personas en España que no pueden permitirse una comida de carne, pollo o pescado al menos cada dos días; tampoco mantener la vivienda con una temperatura adecuada y mucho menos tener capacidad para gastos imprevistos.

En el último año, al mismo tiempo que crecía el número de millonarios en España –se ha quintuplicado en nueve años– se incrementaba el número de personas que vive en el límite de sus posibilidades, superando a la mitad de la población española (55,3%). Según la Red Europea Contra la Pobreza (EAPN), a este ritmo, España tardaría 215 años en erradicar la pobreza.

Uno de las consecuencias directas de esta situación es que se está incrementando a pasos agigantados el número de personas sin hogar. Aunque la falta de vivienda está inherentemente asociada con la exclusión social, históricamente las personas sin hogar rara vez han sido incluidas en los estudios convencionales sobre exclusión social. Tampoco podemos hablar de estudio masivo de la salud mental de quienes no tienen techo. En este sentido, la mayor parte de la literatura sobre salud mental y falta de vivienda se ha enfocado en otros factores de riesgo para estas personas cuando, en realidad, la falta de vivienda es en sí mismo un factor de riesgo para el trastorno emocional.

En Holanda, hace tres años, un grupo de investigadores publicó los resultados de un estudio realizado entre personas sin hogar, haciéndoles seguimiento durante dos años y medio. En total, 513 participantes sin techo, con 410 mayores de 23 años y 103 entre 18 y 22 años, repartidos en cuatro ciudades holandesas. Casi tres cuartas partes de la muestra eran hombres, con un 30% de nivel educativo bajo.

En aquel estudio siempre se tuvo muy presente que la relación entre la exclusión social y la salud mental es compleja, dado que muchos de los elementos de la exclusión social (bajos ingresos, falta de apoyos sociales, desempleo) pueden llegar a ser tanto factores causales como consecuencias de problemas de salud mental. Pero también se subrayó la necesidad de que la Administración, instituciones y organismos de ayuda social conozcan la relación entre la salud mental y los indicadores de exclusión social entre las personas sin hogar, para poder obtener mejores resultados a la hora de combatir tal situación. La importancia de ello todavía se amplifica más considerando que el perfil de personas sin hogar ha cambiado sustancialmente en la última década, a medida que la precariedad y la miseria se han cebado con la población, incluida España. Una situación, además, que no apunta mejoría, como se apuntaba al inicio del artículo.

Para realizar tal estudio, partieron del concepto de angustia psicológica, al considerar que éste combina síntomas de depresión y ansiedad que son indicativos de sentimientos de enfermedad emocional. Tras dos años y medio accediendo a las ayudas sociales, esta angustia psicológica se redujo del 39,5% de los participantes al inicio del estudio al 27% al finalizarlo. El dato desalentador es que para la mayoría (73,8%) el nivel de angustia no varió y en un 6,8% de los casos se incrementó.

¿Entre quienes sí se redujo? En aquellas personas que revelaron tener menos necesidades de atención insatisfechas, cuya cobertura sanitaria era menor y que contaban con mayor apoyo social por parte de la familia. Paradójicamente, entre quienes aumentó la angustia se encontraba quienes disfrutaban de una mayor cobertura sanitaria.

Uno de los hallazgos del estudio fue que el indicador ‘vivienda estable’ no estuvo asociado a una disminución de la angustia psicológica, lo que sugiere que la vivienda en sí misma no es suficiente para mejorar la salud mental de las personas sin hogar. Ya existían estudios previos en los que se demostraba que alojar a personas sin hogar no conduce automáticamente a su integración social. Para alcanzar una mejoría significativa, es preciso sumar un fortalecimiento del apoyo social, más allá de la socialización que en ocasiones quienes no tienen techo realizan con personas en la misma situación.

En este sentido, los servicios a la población sin hogar con trastornos mentales deberían ser integrales y coordinados, no sólo proporcionando un techo en el que vivir, sino cubriendo otras necesidades de salud y apoyo.