Opinion · La verdad es siempre revolucionaria

Hombres valientes

Una de mis confidentes amigas me explica que estuvo enamorada de un mierda, como todos. Así, con este soez pero definitorio calificativo englobaba a la totalidad de los hombres. Estaba en un país lejano a donde había ido a parar para encontrar trabajo después haber cursado con brillantes notas una carrera técnica, y que en España no le ofrecían. Se encontraba sola en un entorno absolutamente extraño y diferente al de su país. Sin familiares ni amigas, rodeada de hombres por la especialidad del proyecto. Y se encontró al galán. Ni inteligente, ni atractivo, me enseñó la foto, ni bueno. Pero era lo que había. Ella valía mucho más que él, incluso profesionalmente, pero él la rechazó.

En su entorno había otras mujeres con las que coqueteaba y presumía de su éxito. No estableció relaciones formales con ninguna, prefería recibir el halago y las atenciones de todas o de muchas y tratar con desdén a mi amiga. Éste fracaso no fue banal para ella como lo prueba que más de un año después me lo contara con bastante emoción. Las preguntas que le hice y que me sigo haciendo tienen relación con el deseo de comprender las extrañas relaciones amorosas que mantienen los jóvenes de hoy.

Diferentes a las que condicionaron mi juventud, regidas por la vigilancia de los mayores, por la ignorancia que sobre todo las mujeres teníamos de nuestra sexualidad y por las consecuencias sociales que podía acarrearnos la intimidad con un varón sin estar bendecida por el paso por la Iglesia. Ninguna de estas condiciones se dan en el día de hoy, en que después de medio siglo de luchas feministas las mujeres han conseguido abrirse un hueco en el disfrute de las libertades personales y colectivas.

Sin embargo, el drama de una pulsión amorosa no correspondida sigue estando de actualidad porque sigue siendo eterno. Pero, ¿lo viven del mismo modo los hombres y las mujeres? Ciertamente el ejemplo de mi amiga no puede constituir una estadística, pero no sólo ella me confiesa sus vacilaciones, sus angustias, su necesidad de afecto, buscada muchas veces en personajes que no se lo merecen.

He consultado algunas de las publicaciones de lo que antes llamábamos novelas rosa que se venden semanalmente en los quioscos de prensa. Constituyen el pasto intelectual de miles de mujeres de mediana cultura. Otras obras con la pretensión de pertenecer a la alta literatura, también se han puesto de moda para el consumo femenino y contienen los mismos estereotipos y argumentos. Todas adoptan clichés milenarios en la descripción de los tipos femenino y masculino. Los galanes son guapos, elegantes, inteligentes, fuertes y muy astutos. Ellas, muy hermosas, no son ya las jovencitas inocentes encerradas en el hogar de las novelas rosa de los años 50. Son profesionales, trabajan,  ganan dinero y se abren paso en ámbitos de negocios antes reservados a los hombres. Pero siguen pendientes de la aprobación del galán. En diálogos interminables, con muchos dimes y diretes muy aburridos, se produce un continuo desafío entre ambos,  del que siempre sale vencedor él, porque ella, al principio, se resiste a aceptar los requerimientos del galán. Pero a pesar de su cursilería utiliza un lenguaje sin eufemismos ni encubrimientos, el término orgasmo aparece en la cuarta página, y se repiten las referencias explícitas a actividades sexuales

Ella, tan segura en su labor profesional, tiembla cuando le ve, se estremece ante su mirada, la confunden sus frases de doble sentido. Cuando la toca, aunque sea levemente, una corriente eléctrica la recorre, y cae rendida ante su encanto cuando la besa. El mismo esquema que los cuentos centenarios de la Bella Durmiente o Blancanieves. Este argumento se repite una y otra vez en todos los libros de diversas colecciones dedicados a las mujeres.

Ciertamente no podemos decir que la profesional actual sea la que describen esas obras. Al menos aparentemente, a las universitarias y tituladas en diversas carreras técnicas se las ve seguras, impuestas de su responsabilidad y como ha desvelado la última encuesta del CIS, la mitad de ellas confiesa que no piensa tener hijos porque prefiere dedicarse a su profesión. Pero esos libros se venden semanalmente y algunas los deben leer, de otro modo no los publicarían.

En mi artículo anterior hacía referencia a la novela 50 sombras de Grey que fue vendida millonariamente y cuyo éxito ha superado el de grandes obras de la literatura universal. No solamente la leyeron y la aplaudieron mujeres de poca cultura o dedicadas al trabajo del hogar. Universitarias y profesionales fueron también devotas de ella.

Se establece una dicotomía absoluta entre la ambición profesional, el deseo de alcanzar una situación económica desahogada e incluso la vocación por el desarrollo de un arte o  un trabajo creativo y la dependencia afectiva. Las experiencias que me van narrando en estos días amigas y compañeras de diversas edades, en que los temas del amor y la sexualidad se han convertido en protagonistas de mis diálogos y mis comunicaciones por e-mail o Facebook, tienen como problemas repetidos el desengaño amoroso, la falta de correspondencia de los galanes con los que intentan sostener una relación permanente, el desinterés de los varones ante las expectativas que ellas abrigan.

Como si retrocediéramos al siglo XIX las Madame Bovary y las Ana Karenina se multiplican. Ciertamente sin el desenlace fatal que sufrieron estas protagonistas. Pero sí trufado de desencanto, de amargura y de un escepticismo que mantienen las que me lo han contado, que las llevan a calificar a los varones, con una generalización injusta, con los duros términos que lo hacía mi amiga.

Y yo me pregunto, ¿los hombres lo viven de la misma manera? Aquellos que rechazan una relación afectiva sincera para mantener contactos esporádicos con otras diversas mujeres, no deben estar muy afectados por la carencia de esa entrega, de esa comunicación, de esa compañía, que en cambio buscan las mujeres.

Pero sin duda hay otros que quieren una pareja estable, una complicidad más estrecha, como la que se establece cuando dos personas llegan a la más profunda intimidad que constituyen las relaciones sexuales, como se demuestra por el número de matrimonios que se contraen y parejas de hecho que se crean.

De aquellos otros que arrogantes y egoístas se permiten engañar o dar esperanzas a mujeres crédulas o ingenuas o simplemente buenas, sin cumplir ningún compromiso ni promesa, me gustaría saber cuál es su nivel de emoción, de qué  forma viven contentos y quizá hasta felices desdeñando las mieles del amor.

Cuando pregunto a mis confidentes si saben por qué  se comportan de tal forma todas me responden que son unos cobardes. Les da miedo el compromiso, el cambio de vida que podría suponer una relación estable, el esfuerzo que es preciso realizar para adaptarse a la convivencia con otra persona. No quieren el sacrificio de su independencia para corresponder solidariamente a la entrega que le muestra la mujer. Esta, por el contrario, socializada para tener en cuenta las necesidades de los demás y dedicarse a las tareas de cuidado siempre está dispuesta a dar más de lo que recibe. Pero estos varones, que a la manera de los don juanes conocidos sólo quieren pasar por las experiencias sexuales sin profundizar en el afecto, no son capaces de entregar ni siquiera un poco de su amabilidad y afecto.

Hay quienes aseguran que son incapaces de sentir emociones, pero eso ya corresponde al retrato del sociópata y no todos los que se comportan frívola y egoístamente son sociópatas en el sentido médico de la palabra. Están educados como los varones tradicionales de los que tantas obras se han escrito y cuyos estereotipos conocemos por los clásicos. Pero ciertamente en la época actual resultan personajes anticuados si no fuese que son tan numerosos.

¿Cómo quieren entonces las mujeres que sean los hombres actuales para establecer una relación amorosa con ellos? ¿Amables cariñosos, solidarios? Pregunto. Y valientes, me contestan mis amigas, porque lo que demuestra este rechazo al compromiso, este mentirles a todas, esta huida para no cumplir ni las promesas ni las expectativas que un diálogo amoroso implícitamente había abierto, es que son unos cobardes.

Miedo a dejar una vida conocida, miedo a las dificultades que pueda entrañar la convivencia, y ni aún siquiera ésta puesto que muchas de mis amigas no se planteaban vivir habitualmente con el galán, pero si naturalmente confiar en su fidelidad y su ayuda.

El miedo es una compulsión humana necesaria para huir de los peligros. Pero de los verdaderos peligros, uno de los cuales no es precisamente la entrega amorosa.