Opinion · La verdad es siempre revolucionaria

Navidad perfecta

Como me sucede a menudo, mi anterior artículo Navidad, dulce Navidad, ha suscitado más comentarios que otros que tratan de temas políticos.  Se podría deducir de este fenómeno que son muchas las personas que necesitan explicar sus problemas personales, el devenir de su vida cotidiana, hundida en las frustraciones.

Aparte de aquellos que me han aplaudido, otro sector me reprocha que no haya tenido en cuenta a las feministas que estamos cambiando la forma y el contenido de estas fiestas navideñas mientras “dejo muy fuera de juego a tantos hombres que han trabajado y trabajan por cambios estructurales hacia la igualdad”.

Ciertamente mi artículo no incluía las alternativas que me demandan mis comunicantes. Pretendía retratar la penosa situación de millones de mujeres, de profesión ama de casa, lo que supone haber trabajado diez, doce horas diarias, con muy pocas distracciones ni fiestas, durante 30 o 40 años, prácticamente desde la infancia, en el cuidado de las personas de la familia y la limpieza del hogar. Y que la Navidad para ellas significa más que la alegría y la felicidad que sus publicistas afirman, en más trabajo, más cansancio, más frustraciones y un sin fin de disgustos.

Sin duda, los hombres que nos acompañan en esta dura travesía del feminismo están haciendo grandes esfuerzos y grandes progresos. Yo he tenido siempre la fortuna de compartir mi vida con compañeros que participaban casi al 50% de las tareas domésticas y mientras estuvimos juntos me apoyaron incondicionalmente. También he observado a otros, sobre todo en los tiempos presentes, que siguen el mismo camino. Pero de más está destacar que no son la mayoría. De idéntica manera que las militantes del feminismo tampoco pueden imponer los cambios sociales que transformen la familia patriarcal.

Pero no es ese el enfoque fundamental del tema. No se trata de embellecer la Navidad hasta hacerla perfecta. No pretendo defender unas fiestas de raíz religiosa  para un pueblo descreído. Ni convertir en laico lo que era católico. Ni feminista ni laica ni subversiva. Basta de Navidad.

Yendo a la raíz, el problema es la propia estructura de la familia. Es una institución concebida para reproducir la especie y sostenerla económica, social y culturalmente. Mientras las tribus se instalaban en los territorios y se desarrollaban, la supervivencia se logró mediante la dedicación de las hembras que se reproducían y cuidaban de la progenie, bajo el dominio del macho.

Por supuesto hoy no es la misma institución que se había perpetuado a lo largo de un millón de años, y sin duda ha experimentado algunos cambios, producto del desarrollo de la civilización, pero aún no la hemos transformado definitivamente. La demanda de acabar con la familia que comenzaron los socialistas utópicos y fue mantenida por las anarquistas, las comunas, los kibutzs, los hippies y diversas experiencias colectivas que vuelven a implantarse, no se ha hecho realidad.

Porque la familia, aparte de ser el lugar donde nacen todas las opresiones de las mujeres, es también el soporte de la tradición. Esa tradición de las generaciones muertas que oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos, según la conocida frase de Marx. Y la tradición es por definición reaccionaria. Manteniendo las tradiciones, cuanto más antiguas peor, el sistema se perpetúa.

No es banal que se mantenga la tradición de las fiestas navideñas. La vuelta a casa por Navidad, según el conocido eslogan publicitario, significa reafirmar el lazo que mantiene a los que viven fuera del hogar paterno, unidos al tronco común. Significa recordar que por más que las querellas intestinas de los miembros les hallan separado, incluso enemistado, durante todo el año, estas fechas de reencuentro y felicidad mantienen el yugo ancestral. Al padre no le gusta cómo se comporta su hijo y éste detesta a su padre. Las hermanas se envidian y los hermanos pleitean por la herencia. Los cuñados se ridiculizan y desprecian entre sí. Pero todos se reúnen por Navidad para reafirmar su voluntad de mantener la institución familiar.

La familia es además una unidad de consumo en lo universal. La abolición de las fiestas daría lugar a una conmoción económica. Sin la necesidad de comer y comer y beber y beber y regalar sería preciso cambiar totalmente los ciclos de producción, publicidad y venta. El comercio internacional se tambalearía, y también la educación de los niños, a los que se enseña prontamente que los adultos les engañan con esas fábulas de Papá Noel y los Reyes Magos.

Se mantiene también la familia como productora de servicios. Es imposible para el Estado actual sufragar jardines de infancia de 0 a 3 años, geriátricos y residencias de mayores, en buenas condiciones, lavanderías y comedores populares. En los hogares están las mujeres, y ahora muchos abuelos, que cuidan a los hijos y a los nietos, a los viejos y a los enfermos, que preparan las comidas y mantienen la limpieza.

La familia es también el sostén de los desvalidos. Se ha repetido estos años de crisis  que en España no ha habido graves conflictos sociales a pesar del brutal y vertiginoso descenso del nivel de vida y el terrible aumento del desempleo, gracias al apoyo de la familia. Cuando los hijos quedan en paro los padres los acogen, cuando les desahucian regresan al hogar paterno, de la pensión de los viejos viven los jóvenes.

La familia es también, y no menos importante, el cultivo profundo del individualismo y la insolidaridad. Precisamente por la solidez de los vínculos que unen a sus miembros se crea un núcleo humano que resiste los embates de los enemigos, entre los que se cuentan todos los demás. La defensa de la familia es uno de los grandes principios de la derecha, porque la opone a todas las demás instituciones colectivas: las comunas, los sindicatos, las cooperativas, los movimientos sociales, los partidos políticos. Lean a José Antonio Primo de Rivera. Defendiendo a los tuyos que forman parte del clan: padres, hijos, sobrinos, nietos, te enfrentas a los de otros clanes. Defiendo a mi hijo y odio a los hijos de todos los demás. Nosotros contra ellos. Es muy útil para crear y mantener la xenofobia y el racismo.

La unión de la ciudadanía en un frente común contra el poder depredador no conviene ni al Capital ni al Patriarcado. La difusión de los principios de solidaridad e igualdad son contrarios a la división sexual del trabajo. Lo comunitario es lo contrario a lo individual, el amor, la confianza, la amistad, son antagónicos a la posesión de bienes y de personas. Por eso hay que potenciar la familia, la sumisión de la mujer y el imperio del patriarca. Y la propiedad privada y las herencias, sustento fundamental de la familia.

Mientras la primera célula de organización social sea la familia es imposible acabar ni con la Navidad ni con las demás tradiciones que nos oprimen como una pesadilla. Los pequeños experimentos de comunas varias en las que algunos ponen su esperanza de transformación social son tan insignificantes que ni siquiera el capital se molesta en acabar con ellos.

Hay que hacer la revolución. Pero la revolución no sólo implica la socialización de los medios de producción sino también de la familia y del trabajo doméstico como pedían Alejandra Kollöntai y Regina de Lamo hace más de un siglo.