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El Rubicón del Gobierno

Si se conviene que parte sustancial del liderazgo consiste en hacerse cargo del estado de ánimo de los demás, José Luis Rodríguez Zapatero ha acertado al situar a los desempleados en el corazón de la agenda política pues no hace falta gastar en encuestas para descubrir que si hay un problema que angustie a la gente es el paro. Y si, después de años en los que ha pesado demasiado el discurso economicista, se conviene que el paro no es un problema estadístico, el presidente del Gobierno atinó al encomendar la tarea a dos personas –Valeriano Gómez, ministro de Trabajo, y María Luz Rodríguez, secretaria de Estado de Empleo– que se aproximan al quebradero con la idea de que la "eficiencia económica" y la "eficiencia social" son los dos platillos de una balanza en la que la aguja del fiel determina la medida del éxito.

El documento sobre la reforma de las políticas activas de empleo entregado el martes a los presidentes autonómicos y secretarios generales del PSOE contiene algunos planteamientos que bien podrían merecer la consideración de revolucionarios; no en otros países, pero sí en España, donde los programas de empleo son los mismos de hace 20 años.

En esa categoría podría enmarcarse la afirmación de que es preciso, "en lo inmediato", reformar el funcionamiento del sistema de formación para los parados, con "una reducción de la actual hipertrofia de contenidos de escaso valor, pero de fácil oferta para los actuales gestores del sistema". Tal "hipertrofia" cuesta cada año a los españoles cerca de 8.000 millones de euros –un billón largo de las antiguas pesetas–, pero aún tiene un mayor coste intangible e incuantificable: el resultante de correr en dirección contraria a la meta, afanándose por la reinserción en un presente que ya hace tiempo se convirtió en pasado.

Una vuelta de calcetín

No es invertir sino dilapidar que, como sigue haciéndose, se gaste el 40% de aquellos fondos en la formación para actividades relacionadas con la economía marrón –la del ladrillo–, cuando todo apunta a que los empleos venideros –y los que ya están aquí– son blancos –cuidado de las personas–, verdes –energías alternativas– y azules –nuevas tecnologías–. Con la trascendencia añadida de que
reorientar la formación laboral en función de ese horizonte ayudará no sólo a reducir el paro, sino también a recuperar el crecimiento y cambiar el modelo económico.

El mencionado documento, que anticipa sólo las líneas generales del plan "crucial" que el presidente del Gobierno expondrá el jueves en el Congreso, contiene una afirmación escalofriante que debería sacudir la conciencia colectiva: "Todos los expertos anuncian que, a medio plazo, el 85% de los puestos de trabajo exigirán una cualificación intermedia o superior y, sin embargo, la mayor parte de nuestros desempleados tienen, cuando más, el título de educación secundaria obligatoria". Hace falta, por tanto, una vuelta completa de calcetín.

El reto que se plantea constituye probablemente la prueba más exigente a que se haya sometido el Estado de las Autonomías puesto que la ejecución y la gestión de esas políticas es competencia de los gobiernos autonómicos, que no podrán buscar la expiación de sus males echándole la culpa al Gobierno central. Pero, sobre todo, es un desafío colectivo porque la disyuntiva última es instalarse en los lunes al sol o ganar el futuro.

Los dirigentes territoriales del PSOE, que desde hace tiempo viven asustados por el trueno de los bombardeos demoscópicos –que, como los de la aviación, tienen sobre todo un impacto psicológico–, se sintieron el martes aliviados. Después de mucho tiempo asistiendo con resignación al desarrollo de un programa sobrevenido, han visto en la "nueva agenda social" la oportunidad de reconciliarse con sus señas de identidad y con su electorado, amén de recuperar un protagonismo perdido. Y, como dijo el manchego José María Barreda, "que los tuyos estén contentos quizá no sea condición suficiente, pero sí imprescindible" para salir a jugar con opciones de ganar. Zapatero, pues, también ha acreditado ante sus barones que atesora la otra cualidad básica del liderazgo: la capacidad de cambiar el estado de ánimo de los demás. Falta por saber si será capaz de acreditarla ante sus votantes.

El documento gubernamental debatido el martes por la cúpula del poder socialista contiene una confesión política en toda regla que, quizá por su palmaria evidencia, ha pasado desapercibida. La confesión de que Zapatero, y con él las huestes socialistas, se apresta a cruzar el jueves su particular Rubicón: "Después de la ruptura del Diálogo Social y de la huelga general del 29 de septiembre, y a las puertas de las elecciones autonómicas y municipales de mayo de 2011, no es necesario resaltar que debemos acertar en la reforma de las políticas activas de empleo porque un éxito político y social en esta materia, y en este concreto momento, sería altamente beneficioso para todos".

Los espejos de Rajoy

Para todos menos uno. Si se conviene que la opinión pública es la reina de la ciclotimia, arriesga mucho Mariano Rajoy fiando su llegada a la Moncloa al principio de la inevitabilidad. La defensa de medidas económicas acompañada del reconocimiento de no haber hecho "los cálculos" de su coste o la de enmiendas presupuestarias que implican un incremento del déficit público que tanto denosta, ha dejado un rastro de indolencia e insolvencia profesional. Y su proclamada admiración hacia los cirujanos de hierro –David Cameron ahora, como antes Nicolas Sarkozy y Angela Merkel, y primero que nadie José María Aznar– siembra la duda de si el líder de la oposición es un arquetipo de la teoría de atracción de los opuestos; es decir, la incógnita de si admira aquellas cualidades de las que carece.

*ILUSTRACIÓN: IKER AYESTARÁN