Opinion · La realidad y el deseo

Yo quiero ser conflictivo

El pacto en España tiene mucho prestigio precisamente porque no sabemos pactar. Si una negociación sirviese para cambiar algo, añadir un matiz, restar un daño, habría que mirar con buenos ojos la palabra pacto. Pero no es el caso. Aquí el pacto sirve para que el poder imponga sus intereses como si se tratara de un bien común y para que las víctimas sonrían mientras sienten que la hoja del puñal entra por el costado.

La verdad es la verdad,  digala  Agamenón o su porquero. Así inicia Antonio Machado los consejos, sentencias y donaires de Juan de Mairena. Pero tarda muy poco en matizar. Agamenón está conforme. Al porquero no le convence esa unanimidad. Es lógico, la verdad establecida y los pactos se inclinan casi siempre hacia los intereses del poder. Consagran con un halo de objetividad las intenciones primeras del ordeno y mando.

El PSOE se ofreció a participar en un pacto por el bien del país. La forma en la que el presidente del Gobierno recibió ese ofrecimiento dejó al descubierto sus ideas sobre el significado del acuerdo. Declaró que no creía posible un pacto porque la oposición no estaba dispuesta a asumir parte de la factura política que acarreaban sus recortes y sus reformas. Es decir, no pensó ni por un momento que se pudiera cambiar de política, negociar un rumbo. La hoja de ruta está clara, la obediencia a los poderes financieros está fuera de duda. Ni existe ni se espera la posibilidad de dar un puñetazo en la mesa de Europa para decir que se quiere un Estado europeo de verdad, con un Banco Central de verdad y un discurso político de verdad que defienda los intereses de los ciudadanos. El Gobierno empobrece a España de un modo vertiginoso, su política asfixia la economía y el único pacto del que está dispuesto a hablar es el acuerdo de compartir el desgaste. Pues no, mejor será que se ahogue solo y para siempre. Yo quiero ser conflictivo, no pactar con Agamenón.

La cúpula del PP se escuda en una estrategia de silencio, declaraciones contradictorias y confusiones. Por muy ingeniosa que nos pueda parecer esta estrategia, por ingeniosos que nos parezcan algunos análisis, será mejor no engañarse: la estrategia del PP no está dando resultado. Su desprestigio popular es vertiginoso. El descrédito del presidente de Gobierno es irremediable. Los tiempos en política suelen correr a favor del poder porque los ciudadanos tardan en tomar conciencia de los efectos negativos de las reformas. Pero este no ha sido el caso de España. Hoy nadie puede tomarse en serio una mentira del señor Rajoy. Después de anunciar que con él llegaría la salvación, después de adelantar varias veces el final del túnel, ahora todo el mundo sabe que sus palabras están huecas, son soplos de humo que lo empeoran todo. Y la gente, además, se ha dado cuenta enseguida del asalto a sus derechos, a su sanidad y su educación pública, a su dignidad laboral. Ya sea viajando al extranjero, ya sea paseando por la plaza del pueblo, se oye siempre el mismo estribillo: la marca España es un estercolero de corrupciones e inutilidades.

Los sindicatos mayoritarios han celebrado el 1 de mayo con la consigna de que luchemos por nuestros derechos. En esta ocasión, me gusta mucho más la lucha que el pacto. Quiero ser conflictivo, afirmar que nada tengo que hablar con los que convierten la sanidad pública en un negocio privado, los que destruyen la educación pública, los que ponen en peligro las pensiones, los que favorecen un desempleo aterrador con leyes laborales suicidas y los que tratan a los ciudadanos como seres idiotas o peligrosos que deben ser engañados todos los días.

La política española se parece mucho a un laboratorio en el que se experimenta con el abuso metódico. ¿Cuánto puede resistir un ciudadano? Yo no resisto más. El único pacto que entiendo ya es el de toda la gente de buena voluntad dispuesta a unirse para exigir la dimisión de este Gobierno y para configurar una nueva mayoría capaz de poner en marcha otra política, otras reglas económicas, otra España y otra Europa. La democracia tiene recursos suficientes para decirle no a Agamenón. Todo lo demás será una vez más sonreír mientras nos clavan su hoja de acero en el costado.