Entre el sillón del psiquiatra y el diván del paciente

Si a algo debe aspirar un director de cine es a forjar un estilo, una seña de identidad única, un universo propio y reconocible que deje su huella con el paso de los años y aspire a convertirse en un clásico. En ese camino se sitúa claramente Cronenberg, con sus filmes más rompedores y perturbadores, los que hacen dudar al espectador entre el sillón del psiquiatra y el diván del paciente, los que exploran las fronteras de la ciencia ficción y los avances tecnológicos y las difusas relaciones entre las patologías físicas y mentales. Incluso en sus trabajos más convencionales, como Promesas del Este o Una historia de violencia se las arregla para dar una vuelta de tuerca a géneros en los que parecía que todo estaba inventado.

Probablemente ha sido la consciencia de su propia importancia, o la idea de que no hay tanta diferencia entre un guion y una novela, lo que ha llevado a Cronenberg a escapar por una vez del cine y aventurarse en el terreno de la literatura con Consumidos, editada en castellano por Anagrama. El resultado no es malo, pero tampoco totalmente satisfactorio. Interesa e inquieta, los atípicos personajes, aunque extraños e improbables, tienen esa verosimilitud que con frecuencia solo se da en la realidad, la descabellada trama es ingeniosa hasta el exceso, y el derroche de erudición tecnológica y patológica (de la mente y el cuerpo) suscita una curiosidad que debe llevar a muchos lectores a búsquedas por Internet que no saben si les conducirán a términos reales o inventados.

Un par de ejemplos, y no de los más extraños: 1) la enfermedad de Peyronie que sufre uno de los personajes, así llamada por un cirujano del Luis XIV del mismo nombre, es el “misterioso crecimiento de una placa fibrosa dura y rígida en un lado del pene, debajo de la piel, que lo dobla de un modo exagerado cuando se pone erecto”. 2) La apotemnofilia es “el trastorno de identidad de los que se mutilan voluntariamente”, en tanto que la acrotomofilia es la atracción sexual por las personas amputadas”.

Cronenberg presenta un menú de anormalidades, como el presunto descuartizamiento y posterior ingestión de una filósofa francesa famosa por su también filósofo y no menos famoso marido (hay cierta analogía con la pareja Sartre-De Beauvoir); la convicción de ella de que uno de sus pechos está repleto de insectos “a los que les gustaría salir, sobre todo a los himenópteros”, lo que le lleva a exigir que se le extirpe “como un carcinoma ductal in situ”; la inyección por un atípico y quizá pervertido médico húngaro en el pecho de una paciente infectado de pequeños tumores de 120 perdigones radiactivos de yodo 125 encerrados en cápsulas de titanio; o la joven que se arranca trozos de carne con un cortaúñas, los pone en platitos infantiles de plástico y se los come con cubiertos de juguete.

En su extraña forma, ésta es una novela negra en la que se investiga un presunto asesinato de gran repercusión mediática. Los detectives son dos ‘paraperiodistas cibercasados’ (siempre con Internet por medio) en los que pocos periodistas reales se reconocerían y que se involucran personalmente en los hechos que investigan. Se ofrece una exhibición desmesurada de artilugios fotográficos e informáticos (“el parasitismo informático global es el nuevo trostkismo”), por no hablar de audífonos en contacto con satélites e impresoras 3D capaces de reproducir el cuerpo humano. Hay una conspiración en la que —¡cómo no!— está involucrado el régimen de Corea del Norte, al que como ya viene siendo casi rutinario se presenta como capaz de los mayores disparates. Por cierto, se acuña un término que merecería hacer fortuna, dado que ya son tres los Kim que se suceden en el llamado ‘reino ermitaño: Kimunismo’.

Muchos lectores pensarán que esto se parece a una película de Cronenberg como una gota de agua a otra. Muy cierto. Si se soporta este derroche de imaginación y erudición tecnológica es porque, más que de estar leyendo, la sensación que se impone es la de estar contemplando, como si el autor no se hubiera percatado de que las leyes de la literatura (incluso cuando se rompen de forma consciente) son diferentes de las del cine, y que fusionarlas con éxito solo está al alcance de los genios. Cronenberg es un gran creador, pero aún no es un genio.

Si practica el arte de la contención y despoja a su obra de gran parte de sus excesos, Consumidos puede convertirse en una gran película, una de las mejores del Cronenberg más perturbador. Pero si lo que pretendía era demostrar que, además de un gran director, es un buen novelista, lo siento, pero no lo ha logrado.