La revancha de las víctimas del ‘corralito’

La noche de la usina, del argentino Eduardo Sacheri, ganadora del último premio Alfaguara de novela pretende ser un homenaje sentimental, casi en clave de comedia, a las víctimas del corralito que, a finales de 2001, bloqueó en el país más importante del Cono Sur latinoamericano los ahorros de todos los que no fueron lo suficientemente vivos para mantenerlos a buen recaudo y en dólares.

Fue una época turbulenta en la que, como el propio Sacheri recuerda, hubo saqueos, represión, muertos, ruptura de la sacrosanta paridad dólar/peso e incontables ruinas de las pequeñas economías. Un desmadre cuyos ecos resuenan aún. Y todo ello, en medio de una acefalia en la que el poder máximo quemaba hasta tal punto que un jefe de Estado abandonó la Casa Rosada en helicóptero, le sucedió en precario el presidente del Senado hasta la rápida elección de otro mandatario que duró siete días en el cargo, y fue relevado con carácter provisional casi antes de saber dónde estaba su sillón por el presidente de la Cámara de diputados, hasta que se cerró el ciclo con el nombramiento de Eduardo Duhalde. El que abrió esta caótica cadena de llamaba Fernando de la Rúa, de infausta memoria.

Si aquellos acontecimientos dramáticos son relevantes en La noche de la usina, no es tanto por las consecuencias que tuvieron sobre los protagonistas –vecinos de un pueblo de la provincia de Buenos Aires arrasado ya por la desindustrialización- como porque fueron el detonante de una estafa que les dejó sin posibilidad de acometer el proyecto común en el que habían comprometido sus ahorros.

Esa frustración alimentó su afán de revancha con el objetivo inicial de recuperar lo perdido y resucitar su proyecto, pero también de hacérselas pagar al individuo que, con malas artes, les había dejado en la ruina y psicológicamente hundidos. Para ellos urden y ponen en práctica un plan que coloca el libro al nivel de las clásicas películas de robos ingeniosos y espectaculares, desde La cuadrilla de los once a Cómo robar un millón y…, con un reconocimiento expreso a la trama de esta última y con homenaje incluido a Audrey Hepburn, la única mujer por la que el principal estratega, mitómano inveterado, asegura que estaría dispuesto a abandonar a su amada esposa.

La noche de la usina dedica quizá demasiado esfuerzo y paginación a los detalles de la conjura y a la ejecución del plan. Se diría que Sacheri, autor de El secreto de sus ojos y coguionista de su oscarizada versión cinematográfica, ha escrito esta novela pensando sobre todo en una futura película, que jugaría a dos bandas: comedia y thriller.

En el bando de los ‘buenos’, hay un puñado de personajes sin demasiado recorrido, pero simpáticos y bien caracterizados; en el de los ‘malos’, un corrupto director de sucursal bancaria y un empresario, villano de libro, al que no habrá lector que no desee ver derrotado, humillado y mordiendo el polvo. Y también: un robo casi imposible pero cuya preparación y ejecución avanza hasta explotar en una apoteosis final; una poco elaborada peripecia sentimental, por aquello de que siempre viene bien algún personaje femenino. Lo único que sobra: una tragedia personal que, sin aportar gran cosa, que queda un tanto fuera de contexto.

A falta de ver si cuaja el proyecto cinematográfico, a Sacheri no le pueden ir saliendo mejor las cosas. De momento, se ha hecho con uno de los grandes premios literarios en castellano, imponiéndose a otros 706 originales y embolsándose la suculenta cantidad de 175.000 dólares.

La noche de la usina no tiene grandes pretensiones ni afán de trascendencia, pero está narrada con habilidad y eficacia. Sorprende un poco que haya ganado un premio de los grandes, y es probable que no deje una huella profunda en el lector, aunque sí un poso agradable. Es más de lo que puede hallarse en tantas novelas infumables porque se pasan de pomposas y experimentales.

Pero, y es un pero importante, es de lamentar que Sacheri no haya ido más allá, que no haya sacado más jugo al trasfondo del corralito, que haya dado prioridad al retrato de personajes y al argumento de acción. La mejor literatura se enriquece con el reflejo los problemas y tensiones sociales de la época por la que transitan los personajes, sobre todo cuando tienen un perfil tan dramático como los sufridos por los argentinos. La noche de la usina podría haber sido más ambiciosa. Sorprende que Sacheri, que tan bien lo entendió en El secreto de sus ojos, se haya limitado en esta ocasión a un divertimento que, como novela sobre el corralito, se queda corta.