Opinion · Otras miradas

‘El Capital’ de Marx y el capitalismo actual: 150 años más cerca

Diego Guerrero

Profesor titular del departamento de Economía Aplicada V De la Universidad Complutense de Madrid y autor de ‘Un resumen completo de ‘El capital’ de Marx’ (Madrid: Maia, 2008)

Diego Guerrero
Profesor titular del departamento de Economía Aplicada V De la Universidad Complutense de Madrid y autor de ‘Un resumen completo de ‘El capital’ de Marx’ (Madrid: Maia, 2008)

El pasado jueves, el día en que se cumplían 150 años de la publicación del primer volumen de El Capital de Marx, el diario Público tuvo el acierto de reunir varios interesantísimos artículos sobre el tema, a saber: 1) Juan Losa: La profecía de Marx cumple 150 años; 2) Andrés de Francisco: ‘El Capital’ de Marx, 150 años después; 3) Alberto Garzón: ‘El Capital’ habla del capitalismo de hoy; y 4) Eddy Sánchez: Marx y ‘El Capital’ en el Siglo XXI. Son artículos llenos de suculentas reflexiones sobre la actualidad de El Capital, de los que pretendemos hacer aquí una especie de reseña conjunta; pero no debe interpretarse lo que sigue como una crítica sistemática de dicho material, imposible además por falta de espacio, ni tampoco como una exposición ex novo del punto de vista del autor.

Aclaremos, en primer lugar, nuestro punto de vista: Karl Marx, filósofo de profesión, se convirtió en científico como una de las maneras (quizás la principal) en que quiso contribuir a la revolución, que fue la pasión y el objetivo central de su vida: luchar para contribuir a sustituir colectivamente el modo de producción capitalista por lo que Paresh Chattopadhyay ha llamado, basándose en el propio Marx, “el modo de producción asociado”, un tipo de sociedad organizada por “hombres libremente asociados” (De Francisco).

Pero su lucha revolucionaria no impidió que Marx se tomara la ciencia muy en serio. Tan en serio que en cada libro que leía, en cada investigación que llevaba a cabo, en cada cuaderno que llenaba de notas y apuntes, en cada nueva redacción de una obra en curso y en cada libro que publicó (o dejó inacabado) –es decir, siempre– su trabajo fue puramente científico (lo que no quiere decir necesariamente “verdadero”) e independiente de sus convicciones y su actividad política. Esto no significa que su obra fuera “neutra” política o ideológicamente, algo que sólo cabe calificar de absurdo, sino que, como ha escrito el filósofo español Felipe Martínez Marzoa, dicha obra no estaba “al servicio” de ninguna otra cosa que no fuera la propia filosofía y la propia ciencia de Marx. Coincidimos con De Francisco en que “El Capital es una rigurosa, genuina e impresionante obra de ciencia social y Marx no se cansó de reivindicarla como tal ‘investigación científica libre’”; y también con su conclusión de que “a la praxis humana que aspira a impulsar esa historia abierta por el camino de la emancipación social le interesa mucho la teoría marxiana del capital, y sus múltiples enseñanzas”.

Obsérvese que De Francisco dice “marxiana”, de Marx, no de los marxistas. Y esta distinción, que es de importancia fundamental, se oscurece si se incurre en la extendida práctica de confundir a Marx con el marxismo, cosa que no ocurre en el artículo de De Francisco pero que sí está presente en los casos de Alberto Garzón y de Eddy Sánchez. De Karl Marx tenemos ya un corpus literal extenso (aún incompleto, pero en cada momento “dado”), del que sin duda se pueden hacer lecturas muy diversas; sin embargo, no es posible identificar “el marxismo”, dado que “hay tanta diferencia entre ciertos marxistas como la que hay entre uno que lo es y otro que no lo es” (Lamo de Espinosa). Puede que acierte Eddy Sánchez –siempre que no esté hablando de Marx– al escribir que en el marxismo “lo científico [es] lo instrumental a lo sustancial, que es el objeto político”, pero esto no ocurre con el Marx de carne y hueso que hace ciencia, para quien lo sustancial y lo instrumental se identifican en su propia obra teórica. Las conocidas alabanzas de Marx al Ricardo científico, que antepone la búsqueda de la verdad a sus intereses de capitalista y terrateniente a la vez, son buena muestra del desprecio que, sensu contrario, sentiría Marx por sí mismo si sus intereses revolucionarios interfirieran en su actividad investigadora y científica. Y es que “Marx no pretende que tesis alguna le sea concedida en razón de otras exigencias que las del libre pensamiento, exactamente tal y como lo hacen Kant, Hegel y Nietzsche” (Marzoa).

Concluimos, pues, que hay que “rescatar a Marx del marxismo” (Fernández Liria y Alegre) porque Marx fue un “crítico del marxismo” (Fernández Buey, siguiendo a Rubel), y rechazamos la inveterada costumbre de interpretar a Marx “a través de ‘los marxistas’ o de Engels, o incluso de ‘realidades’ político-estatales y/o político-partidarias” (Marzoa), por ser algo “absolutamente opuesto” a lo que se haría con cualquier otro filósofo o científico, y por ello injustificado.

Una consideración general y sorprendente que se aplica a nuestros cuatro autores de Público es que todos consiguen escribir sus artículos –lo que sin duda no es ajeno a la costumbre que acabamos de criticar– sin mencionar una sola vez la principal aportación de Marx al mundo de las ideas teóricas: su teoría laboral del valor (TLV). Todos insisten, en cambio, en la importancia de la explicación que ofrece Marx del plusvalor y de la explotación del trabajo por el capital, algo que nadie puede negar; pero olvidan dos cosas: 1) que el propio Marx consideraba su TLV como su aportación teórica fundamental, y 2) que la teoría de la explotación no basada en el valor es tan anterior a Marx, y tan reconocida por este como tal, que en su propia obra –más concretamente, en el manuscrito publicado por Kautsky como Teorías sobre la plusvalía– se dedica durante cientos de páginas a repasar y criticar sistemáticamente lo que han dicho durante varios siglos docenas de autores sobre el plusvalor (es decir, sobre la explotación). Por esa misma razón, un revolucionario del círculo de Marx, hoy olvidado, criticaba a este como ejemplo de intelectual sabihondo que necesitaba escribir todo ese tocho para mostrar lo que al citado revolucionario le parecía evidente: que los trabajadores están explotados.

Alberto Garzón empieza su artículo hablando de El Capital pero, imperceptiblemente, termina hablando de marxismo(s), como si ambos fueran la misma cosa. Tras recordar que el libro de Marx es “una obra densa y difícil”, la afirmación de Garzón de que esa obra presenta “un alto nivel de abstracción teórica que dificulta mucho la lectura” le sirve para justificar, quizás inconscientemente, la labor de Kautsky por ser “el primero en sintetizar en un buen libro las ideas principales de El Capital”. Dejando de lado que hubo resúmenes del libro I de El Capital anteriores al más completo de Kautsky –varios de ellos, por cierto, realizados con el consentimiento de Marx por anarquistas in nuce como Johann Most, Carlo Cafiero y Domela Nieuwenhuis; y otro, el de Gabriel Deville, con tanta y tan engañosa fortuna editorial que lleva vendiéndose desde 1883 como si fuera el auténtico El Capital de Marx–, nos llama la atención que Garzón reconozca que la “visión ortodoxa del marxismo” que ofrece Kautsky (incluidas supuestamente sus ideas sobre El Capital) convirtió, durante la II y III Internacionales, “en mera caricatura la riqueza del trabajo original marxista”. Como Garzón es crítico del marxismo kautskiano pero no de otros marxismos, sin duda está pensando en estos cuando considera “al marxismo más que como una, la más fértil tradición política y de investigación”; sin embargo, bien pudiera ocurrir que sea el marxismo en su conjunto (versus Marx) el responsable de la caricaturización de este.

Está claro que hay numerosas lecturas posibles de Marx, pero también hay “lecturas imposibles, o, para ser exactos, presuntas lecturas que no son lecturas” (Marzoa). No es este el caso de Garzón, pero sin duda discrepamos de su lectura en puntos importantes. Según él, “en algún momento Marx sí creyó haber descubierto las leyes de la historia”, pero sólo aduce para ello el discurso de Engels ante la tumba de Marx y una carta de este a Lassalle que, según las palabras que recoge Garzón, nada dice sobre la cuestión. Preferimos pensar que para Marx no existen esas leyes de la historia que se le atribuyen, aunque sí sea “posible encontrar leyes en la historia”: Fernández Liria pone como ejemplo de estas últimas “la ley fundamental de una determinada sociedad histórica”, al igual que ocurre con la física, que “h[a] podido encontrar leyes de la velocidad o de la electricidad, pero nunca una ley de la naturaleza”.

Garzón admite que Marx no creía en la década de 1870 en leyes ni en teorías “de la historia”, y se apoya para ello en la afirmación de Marx sobre que, si se busca en serio la clave de algún fenómeno histórico, “nunca se llegará a ello mediante el pasaporte universal de una teoría histórico-filosófica general cuya suprema virtud consiste en ser suprahistórica”. Y, sin embargo, por increíble que parezca, Garzón concluye que esta última frase ¡es una “enmienda a la totalidad a su [de Marx] antigua concepción de la historia o, cuando menos, a la versión que Engels había sistematizado como materialismo histórico”! Lo que llama la atención no es que Garzón crea en una rectificación por parte de Marx, cosa que es lógica según su punto de vista, sino que no distinga entre Marx y Engels, ¡como si todo lo que ambos escribieron fuera obra de la misma persona! Preferimos pensar que también fuera del campo de la filosofía “el resultado (las obras de Engels antes citadas) presenta tal falta de rigor que no tiene sentido ocuparse de él en un trabajo de filosofía”, y, sin embargo, “tal resultado es el origen de todo el aparato pseudofilosófico conocido como ‘materialismo histórico’ y ‘materialismo dialéctico’, el cual pretende constituir la parte ‘general’ y ‘filosófica’ de lo que se llama ‘marxismo’” (Marzoa).

Por otra parte, para Garzón hay un elemento que “es el de la clase social”, que constituye “una laguna en la obra de El Capital”, una “ausencia crucial”, a saber: “Marx nunca elaboró una explicación detallada del concepto de clase”. No cabe duda de que el análisis de Marx al respecto está inacabado (como una gran parte de todo lo que escribió, por cierto), pero, sin necesidad de recordar aquí a Hal Draper ni de mencionar la reciente antología Llamando a las puertas de la revolución (2017), a cargo de Constantino Bértolo, podemos traer a colación el último capítulo (interrumpido tras cinco párrafos) de El Capital, donde se lee algo tan simple y claro como lo siguiente: “Los propietarios de mera fuerza de trabajo, los propietarios de capital y los terratenientes, cuyas respectivas fuentes de ingreso son el salario, la ganancia y la renta de la tierra, esto es, asalariados, capitalistas y terratenientes, forman las tres grandes clases de la sociedad moderna, que se funda en el modo capitalista de producción”. A renglón seguido, Marx comenta que “ni siquiera” en Inglaterra “se destaca con pureza esa articulación de las clases”, y añade: “pero esto resulta indiferente para nuestro análisis”; si Garzón tuviera esto en cuenta, comprendería por qué en El Capital no se encuentra el mismo tipo de análisis de las clases que en el Manifiesto comunista: usando los términos de Manuel Sacristán y del propio De Francisco, diremos que El Capital es un “modelo teórico”, mientras que análisis como el 18 Brumario o los artículos periodísticos de Marx son análisis históricos más concretos que exigen datos de los que se puede prescindir en una teoría más general y abstracta. Garzón cree, sorprendido, que en el análisis de Marx “el capitalismo genera una estructura de huecos en las relaciones de clase que luego son ocupados por personas reales”, de forma que “es como si primero existiera la estructura, creada por el sistema económico, y luego las personas reales”; pero en realidad lo que ocurre es, precisamente, que en El Capital “el único sujeto de la historia es la sociedad en su estructura económica” (Abbagnano), y que, como recuerda Eddy Sánchez citando el prólogo de El Capital, Marx advierte que en este libro “sólo se trata de personas en la medida en que son personificaciones de categorías económicas, portadores de determinadas relaciones e intereses de clase”.

A Garzón parece sorprenderle también que Marx hable de “una creciente polarización” social en el capitalismo, lo que le trae a la mente “la aparición de las llamadas clases medias”. Digamos simplemente que muchas de las tesis de Marx son susceptibles de comprobación empírica; así, sin necesidad de entrar en el largo debate teórico sobre esta cuestión, se puede acudir a los datos que proporciona periódicamente la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sobre el peso (creciente) de los asalariados y parados en el total de la población activa de casi todos los países del mundo (y del mundo en su conjunto). Esta creciente “asalarización” que muestran los datos de la OIT, que no es sino la “proletarización” de la que hablaba Marx, es una muestra indudable de la citada “polarización” social.

No hemos mencionado a De Francisco al hablar de las leyes de la historia, pero digamos que ya Daniel Little respondió a las acusaciones de “historicismo” de Popper a Marx, explicando de paso el concepto marxiano de “ley tendencial”. Por otra parte, la afirmación de De Francisco de que la emancipación de los trabajadores (“autoemancipación”, decía Marx) “pasa necesariamente por una profunda redistribución igualitarista de la riqueza y la propiedad” nos recuerda el importante dilema que planteaba Marx al criticar en esto a Bakunin –a quien, por cierto, envió inmediatamente, en septiembre de 1867, un ejemplar del primer volumen de El Capital, devuelto por Correos con la indicación de “destinatario desconocido”–: que no se trata de “igualar” a las clases sino de “abolirlas”.

Estos cuatro artículos de Público reivindican, de una u otra manera, la actualidad de El Capital siglo y medio después. A quienes hablan de la caducidad de las ideas de este libro habría que recordarles que plantear que alguien de algún siglo anterior no puede decir cosas válidas para el siglo XXI nos llevaría a afirmar que las ideas de Newton o de Einstein tampoco sirven para hoy porque son del siglo XVII-XVIII y del XX, respectivamente; algo tan injustificado como pensar que las obras de Marx y Einstein sólo sirven para Alemania, y las de Newton para Inglaterra, porque fue en ese contexto social donde nacieron esos autores.

No sólo El Capital está plenamente vigente, sino que en general “leer a Marx es una experiencia vital, subjetiva y política en la que el tiempo histórico que está teniendo lugar en el momento de la lectura debe intervenir en esa lectura, confrontando situaciones, preguntas y respuestas” (Bértolo). Ciertamente, como señala Juan Losa, “el impacto de la precariedad como un elemento estructural de nuestro mercado de trabajo ya lo predijo el barbas hace siglo y medio”; sólo que predijo muchas más cosas de decisiva importancia, hasta el punto de que El Capital se parece más al capitalismo actual que al capitalismo del siglo XIX.