‘El Capital’ de Marx, 150 años después

14 Sep 2017
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Andrés de Francisco
Doctor en Filosofía y profesor titular en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM

El Capital es una rigurosa, genuina e impresionante obra de ciencia social y Marx no se cansó de reivindicarla como tal “investigación científica libre”. Pero no fue solo eso. Fue además una herramienta de trabajo en el proceso de toma de conciencia del proletariado como clase: “La rápida comprensión con que amplios círculos de la clase obrera alemana recibieron El Capital es la mejor recompensa a mi trabajo”, escribe en el epílogo a la segunda edición. Esta obra enseñó a sucesivas generaciones de trabajadores y líderes obreros la íntima relación entre explotación del trabajo y capitalismo, entre alineación y valorización del capital. Y enseñó que la contradicción fundamental entre capital y trabajo era resultado de la historia y, por lo tanto, susceptible de ser superada históricamente mediante la acción y la lucha de clases. Es casi seguro que sin El capital, como obra de auto-educación del movimiento obrero, no habría habido marxismo. Y sería interesante saber qué dirección habría tomado la lucha de clases sin él durante los siglos XIX y XX.

Hoy, sin embargo, a 150 años de su publicación,  ya nadie lee El capital y apenas se cita, como tantas veces, sin haberlo leído. Ignorado en las facultades de economía, de sociología y de historia, tampoco es ya instrumento de lucha política de ninguna clase obrera. Esa misma clase obrera anda más bien en proceso de descomposición y degradación en un precariado informe sin dirección política ni armazón intelectual. Y la socialdemocracia a la que inspiró durante décadas, hace tiempo que renunció abiertamente al marxismo.

El capitalismo, sin embargo, sigue ahí, arrogantemente vivo,  y El capital –se lea o no- sigue siendo una genuina y rigurosa obra científica que ha penetrado como ninguna otra en la esencia de este sistema económico. Es pues de obligada lectura para quien quiera entenderlo, también el capitalismo del siglo XXI, pese a la hiperfinanciarización que ha sufrido y que Marx jamás predijo. Como científico estándar, Marx construye un gran modelo teórico donde el capital consuma un ciclo de reproducción en el que constantemente se valoriza. Y aislando la esfera de la circulación, descubre que la producción de mercancías es a la vez producción de plusvalor porque -y sólo si- hay explotación del trabajador, esto es, transferencia de trabajo impago. Explicar cómo se produce esa transferencia es el principal cometido teórico de la obra y la respuesta es sencilla: la relación capital/trabajo es una relación política en la que una parte –la propietaria- ejerce asimétricamente poder sobre la parte más vulnerable, el trabajador. El capitalismo es pues un sistema despótico de dominación del mundo del trabajo. La alienación del trabajo está inscrita en la naturaleza misma del capital.

Este descubrimiento teórico, con toda su riqueza conceptual, ya habría valido para convertir El capital en un clásico de la economía política. Pero la aportación de Marx va más allá. Como buen discípulo de Hegel, entiende el capitalismo como un totalidad concreta que no sólo posee una lógica interna sino una génesis histórica. Este enfoque dialéctico le permite a Marx hacer otro gran descubrimiento: que la relación capital/trabajo no es algo natural sino el resultado de una durísima lucha de clases en la que tuvo lugar la llamada acumulación originaria, es decir, el gran proceso histórico de concentración de la riqueza en manos privadas  a base de desposeer a sangre y fuego a las clases trabajadoras, destruir su “economía moral” comunitaria,  y proletarizarlas. Esta acumulación por desposesión, huelga decirlo, no es una particularidad del pasado inglés. Es un proceso activo en muchas zonas del mundo donde todavía hay pequeños propietarios independientes a los que convertir –expropiándolos- en “trabajadores libres como el aire”.

No menos dialécticamente, otra gran aportación de Marx es que el capitalismo oculta sus contradicciones bajo un velo de falsas apariencias y que lo hace de forma necesaria. Desvelar esa autoocultación es fundamental no sólo para la teoría crítica sino sobre todo para la praxis, porque es la raíz de la falsa conciencia que sufre la misma clase trabajadora. Una de esas falsas apariencias es la de la libertad del trabajo. Nadie obliga al trabajador a aceptar un trabajo asalariado. Muy al contrario, el trabajador es formalmente libre y puede rescindir su contrato laboral cuando quiera. Sin embargo el trabajador no es realmente libre, sufre la “coerción sorda de las relaciones económicas”, y no le queda otra –si quiere sobrevivir- que someterse “libremente” a la jurisdicción del capital. Así pues, la alineación del trabajo se manifiesta en el capitalismo bajo la falsa apariencia de la libertad. Otro tanto ocurre con el llamado fetichismo, otra forma en que la esencia contradictoria del capitalismo se oculta bajo un velo de falsas apariencias. En el fetichismo de la mercancía lo que se esfuma es la estela de trabajo objetivado en el producto transmutándolo en una falsa propiedad  –el valor de cambio- de la propia mercancía. La relación social del proceso de trabajo que permitiría el mutuo reconocimiento de los trabajadores como productores queda oculta y cosificada en la mercancía.  Algo similar ocurre con el fetichismo del capital: su productividad se manifiesta falsamente como una productividad autónoma, inherente al capital mismo, cuando en realidad es una propiedad derivada de la productividad del trabajo. En ambos casos, los fetiches impiden la comprensión por parte de los trabajadores de su propia realidad social.

Ahora bien, estas falsas apariencias no se desvanecen con descubrirlas. Son intrínsecas al sistema, dadas sus contradicciones. La ciencia puede descubrirlas pero no las elimina. Con todo, su descubrimiento permite abrir camino y marcar un rumbo, a saber: la recuperación de la racionalidad y la transparencia de la producción social de la vida material. Este proceso de producción –escribe Marx- “sólo perderá su místico velo neblinoso cuando, como producto de hombres libremente asociados, estos la hayan sometido a su control planificado y consciente”. En el capitalismo ocurre todo lo contrario: un proceso opaco y mixtificado de producción controla y somete a los hombres.

Marx pensaba –también dialécticamente- que ese futuro de emancipación se consumaría necesariamente como resultado de la misma ley de desarrollo del capital. Pero aquí Marx se equivocaba. La historia de la humanidad es un proceso único al igual que el capitalismo es una totalidad concreta con una única historia. Se puede explicar su génesis, pero no predecir su evolución. Como demostró Karl Popper en La miseria del historicismo, no hay leyes históricas deterministas sino a lo sumo tendencias, que son cosas bien distintas. Las leyes son irreversibles, las tendencias pueden cambiar. No sabemos pues qué capitalismo tendremos en el futuro, ni si sonará su “hora postrera” como se atreve a vaticinar Marx. Ningún ascenso de lo abstracto a lo concreto, ningún análisis de las mediaciones que conforman la totalidad concreta del capitalismo, nos permitirán destilar en el alambique dialéctico una ley de desarrollo del capitalismo en su conjunto.

Pero bien venido sea ese error de Marx. Porque quiere decir que la historia está abierta, que es contingente, que la hacemos los seres humanos, sujetos intencionales con conciencia moral y voluntad política. A la praxis humana que aspira a impulsar esa historia abierta por el camino de la emancipación social le interesa mucho la teoría marxiana del capital,  y sus múltiples enseñanzas. Sobre todo ésta que podría resumir a las demás: no habrá verdadera emancipación de la humanidad sin emancipación del mundo del trabajo.  Y ello, bien lo sabía Marx, pasa necesariamente por una profunda redistribución igualitarista de la riqueza y la propiedad.


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