Opinion · Otras miradas

Podredumbre en las vallas fronterizas

Javier López Astilleros

Analista político

Es comprensible que la policía te pare por la calle por algún motivo justificado, aunque inusual. De lo contrario, es la ideología personal del funcionario la que se manifiesta.

Pedir la documentación-por ejemplo-a una persona por tener un coche mal aparcado en un lugar “sensible” es fácil de entender, aunque toda acción de estas características implica cierto grado de subjetividad. La clave está en la confianza y la buena voluntad que nos inspiren las fuerzas del orden.

Hace tan solo unas semanas que la policía pidió la documentación a un señor-de origen magrebí- mientras compraba en el centro de Madrid. Resultó ser alcalde de la ciudad de Arnhem, en Holanda. No debe de ser fácil para un padre dar explicaciones a los niños sobre los motivos de esta solicitud. Ni como reaccionarán sus hijos cuando recuerden o les cuenten incidentes de parecida índole.

Situaciones así se pueden contar por cientos cada día en nuestro país. Son micro racismos. En la ventana de una administración. En la parada de un autobús- fuimos testigos de ello- una mujer se limpiaba la hombrera tras sentir la mano de un bebé magrebí. Por supuesto que hay actos loables, como la reacción ciudadana contra una mujer que negaba el asiento en el Metro a una joven con ‘apariencia de extranjera’.

Pero los españoles, por lo general, callamos cuando algunos británicos vienen a practicar el turismo de borrachera, e inundan las calles de orín, peleas y cánticos. En estos casos, la simbiosis con la lengua española es repugnante: balconing, vending y mamading. No hay gota fría que acabe con este fenómeno.

El gasto lo disculpa todo. Es extraordinaria la apatía con la que las autoridades locales se toman el asunto. El turismo aporta un 11% al PIB español.

Algunos señalan que es un motivo suficiente para tolerarlo, pero lo cierto es que también se puede razonar de otro modo: puede ser un lastre para nuestra economía. Fomenta el trabajo precario y temporal, y en algunos casos difunde conductas carentes de civismo. También multiplican los pisos ofrecidos por Airbnb. Toleramos estas prácticas porque en apariencia hay un rédito económico.

La cosa cambia cuando aparecen los africanos en las costas de nuestro país. Es difícil de aceptar y asumir la necesidad ajena y la pobreza aparente. Es natural cuando el ídolo es la máscara que ofrece el dinero. La pobreza puede ser honorable, y la riqueza indigna. Por eso es ridículo observar a un corrupto con ínfulas. Todos los sabemos. La dignidad de un pobre que acaba de arribar a las costas andaluzas puede resultar admirable, aunque nuestra percepción se complica cuando la cal viva aparece por Ceuta. ¡Cuántos huesos rotos y abusos para convertirse luego en sombras ante la mirada de los otros!. También la pasividad de una enorme valla es brutal. Las fronteras del Estado nación ya no se defienden de invasiones armadas, sino de pobres y desesperados.

Tenemos inmigrantes, invasiones y turistas. Y la vara de medir es el intercambio material que obtenemos. Pero es una cuenta grosera, porque toda sociedad próspera se erige sobre el río que las diferencias aportan. Ya nos enseñaron que África no es un país. Sabemos muy poco de este continente, incluso de nuestros países vecinos, porque hemos construido una historia de contrarios basada en desprecios centenarios.

La realidad de los africanos debe de ser compleja. El fracaso no parte de que seamos capaces de aceptar más o menos inmigrantes, sino de lo poco que sabemos de ellos. Estamos acostumbrados a pensar fuera de contexto, de tal manera que tenemos la sensación de que todo africano procede de un lugar oscuro, incomprensible y caótico.

La gradación de la pobreza y la calidad humana tiene un cariz latitudinal, mientras que el eje longitudinal arranca con las libertades de Greenwich. El este se asimila a la tiranía y al crimen. El sur es temor, rechazo y desinterés.

Queremos el maná del visitante a tiempo parcial

Los turistas son inmigrantes respetados según su poder de compra. Un turista es un individuo que visita los lugares comunes, se lleva lo mejor del lugar, colecciona una serie de monumentos, y planea su próxima conquista anual.

Un inmigrante africano es una persona que lo abandona todo por un destino dudoso y lleno de ansiedad. Un individuo que decide renunciar a su familia, su espacio vital. Acepta comenzar en Europa una vida sin condiciones previas, ante los ojos de la indiferencia. Su recorrido ha sido una auténtica aventura, y su experiencia, un tesoro. En muchos casos será expulsado, pero una vez iniciado el camino, lo volverá a intentar. ¿Un plan Marshall para África?. Es peregrino, porque hay muchas Áfricas, y ni siquiera tenemos presencia en muchos países africanos.

Las dos figuras-la del turista y el inmigrante- parecen antagónicas, pero en realidad están condicionadas por su realidad material. 

Podemos hablar de un fenómeno económico. En realidad va mucho más allá. Porque toda prosperidad se fundamenta sobre la originalidad de otras formas de vida, y de hecho, es lo que mantiene viva y atractiva a cualquier sociedad. El éxito consiste en conciliar y sintetizar la sociedad del país con todo lo extranjero. No se mide en términos del PIB, aunque termine por beneficiarlo.

El turismo de borrachera es un tumor que daña el hígado y la economía, perjudica el comercio, y desmantela las comunidades locales.

 Hay que discernir.